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lunes, 13 de mayo de 2013

El sentido de la vida, una experiencia


·        Consumismo, medida del sinsentido de la vida
·        La experiencia de Viktor Emil Frankl
·        El encuentro con Jesucristo: el comienzo
·        Lo único que da sentido a la vida: amar
·        “Para que no vivamos ya para sí”
Actualmente vivimos en una sociedad marcadamente consumista y hedonista, es decir, que solamente se mueve por lo que le place y no por lo verdadero; es una sociedad relativista donde la verdad no existe, donde sólo existe lo útil, lo práctico, lo legal. Paradójicamente es una sociedad que experimenta un profundo vacío existencial, medida de ello es el alto índice de suicidios. Curiosamente los países más prósperos como Dinamarca, Canadá, E.E.U.U., Islandia, Irlanda y Suiza, registran las tasas más altas de suicidios en el mundo. Estos países no sólo son los más prósperos sino donde se exalta una “libertad” que moralmente lo que es en el fondo es un libertinaje en todo sentido. La pregunta sería  ¿Por qué entonces se suicidan? Si la felicidad no está en el poder o en vivir haciendo lo que a uno le place, entonces ¿dónde está? ¿Dónde está el sentido de la vida?
Una ayuda interesante a la pregunta anterior nos la daría el doctor Viktor Frankl. Nació en Viena en una familia de origen judío. Estudió medicina en la Universidad de Viena y se especializó en neurología y psiquiatría.  Desde 1940 hasta 1942 dirigió el departamento de neurología del Hospital Rothschild (único hospital de Viena donde eran admitidos judíos en aquellos momentos de la 2da Guerra Mundial). En otoño de 1942, junto a su esposa y a sus padres, fue deportado al campo de concentración de Theresienstadt. En 1944 fue trasladado a Auschwitz y posteriormente a Kaufering y Türkheim, dos campos de concentración dependientes del de Dachau. Fue liberado el 27 de abril de 1945 por el ejército norteamericano. Viktor Frankl sobrevivió al Holocausto, pero tanto su esposa como sus padres fallecieron en los campos de concentración.
Prisionero durante mucho tiempo en los desalmados campos de concentración, él mismo sintió en su propio ser lo que significaba una existencia desnuda. Tenía que dormir en una barraca donde las camas eran de madera y en un espacio de una plaza debían dormir nueve personas; trabajaban todo el día en la nieve, casi sin zapatos; la única ración diaria era una sopa aguada con un trozo de pan. ¿Cómo pudo él que todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que valía la pena, que padeció hambre, frío, brutalidades sin fin, que tantas veces estuvo a punto del exterminio, cómo pudo aceptar que la vida fuera digna de vivirla? El observó que bajo estas condiciones había personas que renunciaban a su ración de alimento para dársela a otros, que iban de barraca en barraca animando a los más desanimados, a los que ya no querían seguir viviendo. ¿Qué les motivaba? ¿De dónde provenía su fuerza? Descubrió que lo que a ellos les movía era el amor de un familiar que no sabían dónde estaba y tenían la esperanza de volverlos a ver. Algunos de ellos eran cristianos. Viktor descubrió entonces que el sentido de la vida es de carácter espiritual y escribió un libro llamado: “El hombre en busca de sentido”.
El ser humano sólo encuentra sentido a su vida cuando se relaciona en el espíritu y este espíritu se lo ha dado Dios, no viene de él porque sólo Dios es Espíritu que da vida. Y Dios se ha hecho hombre (Cf. Jn 1, 14), desde allí, todo lo humano habla de Dios. El hombre no ha venido a este mundo para otra cosa que no sea encontrarse con Dios, encontrarse con Cristo. La pregunta sería ahora: ¿Y dónde está Cristo? Cristo vive en su Iglesia porque  ésta fue su promesa: “Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Y la Iglesia se hace signo visible en la comunidad cristiana, comunidad de hermanos unidos en el amor y por el amor de Cristo.
Lo único que da sentido a la vida del hombre, por tanto, es amar, y nadie ama si no es antes de alguna manera “resucitado” por Jesucristo, rescatado del vivir para sí mismo, del egoísmo, para que viva ahora para aquel que lo rescató, como dice san Pablo: “Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5, 14s). Y si uno vive para Cristo, puede vivir para los demás porque en el otro, en el prójimo, incluso en el enemigo, está Cristo. Si el consumismo es la medida de la infelicidad del hombre pos moderno, para un cristiano la felicidad está en Cristo (Cf. Flp 1, 21) que se deja “tocar” (Cf. Jn 21, 27) en la comunidad cristiana y para un cristiano no hay mayor fuente de alegría ni mayor motivo para dar gracias a Dios que tenerla.

Rompiendo el esquema de la comunidad ideal


·        “Fíjate quién va a misa”, “me voy porque yo no soy hipócrita”
·        El hombre es incapaz de amar por el pecado
·        La peor desgracia, no conocerse a sí mismo
·        El amor gratuito de Dios es una experiencia
·        La Iglesia no es la reunión de los perfectos

A veces solemos escuchar  frases como: “yo no voy a la Iglesia porque ésa  que va a misa es así o hace esto o lo otro y nunca cambia”. Esto sucede con los que no quieren entrar pero con los que ya están dentro también suele ocurrir  que terminen diciendo: “yo me voy de aquí porque éstos son unos hipócritas y yo no soy como éstos”.
En ambos casos, estas personas no tienen idea de lo que es el amor gratuito de Dios, viven del esfuerzo, dando la talla, viven de la apariencia, de la imagen. Nunca se han sentido amados por ellos mismos por lo que siempre han creído que para recibir algo han tenido antes que dar otro tanto. Estas personas creen que uno puede ser bueno con sus fuerzas –lo que quiere decir que tienen un profundo desconocimiento de sí mismos-  desconocen por tanto que la naturaleza humana está herida para siempre por el pecado de los orígenes, cuya evidencia más patente es el egoísmo enraizado en el corazón del hombre, este afán de no querer depender de otro que lo lleva incluso asolapada e inconscientemente a querer siempre “poner de su parte” en un afán voluntarista por “eliminar” las malas acciones y “proponerse” sólo hacer acciones buenas, es decir, esta persona no necesita la sangre redentora de Cristo; para esta persona, entonces, Cristo murió en vano, no se ha creído lo que dijo Jesús: “Separados de mí no pueden hacer nada” (Jn15, 5).
Es muy difícil creer que alguien nos ama por nosotros mismos y la razón es muy simple: así no nos ha amado nadie. Lo más cercano a esta experiencia tuvo que venir de nuestros padres pero ni siquiera ellos nos han amado gratuitamente; siempre nos han condicionado el amor: “te quiero si te portas bien, si no me rompes un adorno, si no me traes notas jaladas, si obedeces, etc.” Esto nos ha acostumbrado a que hay que hacer siempre algo para que nos quieran y nos es más fácil creer que Dios es como nuestros padres, que es un Dios que premia a los que se portan bien y castigan a los que actúan mal.
La única forma de romper con lo anterior es con una experiencia sobrenatural, una experiencia del verdadero Dios que comienza con el anuncio de kerigma. El kerigma tiene este poder porque por primera vez se nos anuncia que Dios nos ama aun siendo pecadores, es más, que justamente por ser pecadores ha venido por nosotros, esto significa lo que dice el apóstol: “Él nos amó primero” (Cf. 1Jn4, 10). Cristo murió crucificado, derramando su sangre por nosotros recibiendo él la pena que nos tocaba por nuestra iniquidad, pago por nuestras culpas, para que se derrame sobre nosotros la gloria que solamente le tocaba a él por ser Dios. ¡Qué feliz intercambio! Esta es la justicia (bondad) de Dios que es totalmente opuesta a la justicia distributiva de los hombres. Como dice el pregón pascual: “¡Oh feliz culpa que mereció tan grande redentor!”. ¡Este Cristo ha resucitado, está vivo! Y ahora ha sido constituido Kyrios (Señor) de la historia, y el que venció la muerte tiene el poder de transformar nuestra iniquidad en santidad sin ninguna intervención nuestra. La santidad le pertenece a Dios, son sus terrenos y él la da a quien se la pida con sincero corazón.
El que comienza a tener esta experiencia del amor gratuito de Dios comienza a entender que ya no tiene que vivir dando la talla para sentirse aceptado, ya no tiene que vivir “dando la talla” para sentirse aceptado, ya no tiene que aparentar mostrando ser quien no es. Cuando alguien comienza esta experiencia con el kerigma y continúa luego con la catequesis en la iniciación cristiana se da cuenta que la Iglesia no es la reunión de los perfectos, se da cuenta que él es tan pecador como los hermanos que antes criticaba y que ahora son un grupo de personas que tienen en común su pobreza, su debilidad, su pecado, pero que en Cristo son hermanos. Ahora son una comunidad cristiana porque sólo por Cristo serán poco a poco transformados, sólo gracias al Espíritu Santo comenzarán a amarse como son. Ellos comienzan a vivir lo que prometió Jesús: “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 3).