miércoles, 12 de junio de 2013

Sobre la escatología cristiana

“Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación” (Lc 21, 28)
Sobre la escatología cristiana

I.                  Introducción
Cuando se me pidió una catequesis sobre los novísimos que esté pensada para los jóvenes de la pastoral del sacramento de Confirmación, lo primero que pensé fue en una dificultad: que no tenía ni idea de cómo hacerlo. Y todo por una sencilla cuestión: ¿cómo darse a entender a los jóvenes?, ¿cómo hablar de algo que para ellos suena a un cuento mitológico más ya superado? Definitivamente que hablar del juicio final, el fin del mundo, el purgatorio, el cielo y el infierno no será siempre fácil. En este sentido el primer reto era no cargar la catequesis con definiciones dogmáticas complicadas o expresiones teológicas incomprensibles para ellos.
No obstante lo anterior, al mismo tiempo tampoco se podía caer en una subestimación de la inteligencia de los jóvenes, en un desprecio de su hambre por la verdad. En este sentido coincido con Benedicto XVI cuando afirma: “Algunas personas me dicen que a los jóvenes de hoy no les interesa esto. Yo no estoy de acuerdo y estoy seguro de tener razón. Los jóvenes de hoy no son tan superficiales como se dice ellos. Quieren saber qué es lo verdaderamente importante en la vida.”[1] La juventud es el tiempo de la búsqueda de las verdades más profundas sobre la existencia humana, por lo que tampoco se puede infantilizar la catequesis para los jóvenes. Por tanto, se ha querido sustentar las afirmaciones con notas al pie de página que sirvan como guía sobre todo para los catequistas que conviene estén sólidamente formados, en temas tan cruciales como los novísimos[2], verdades tan decisivas para todo hombre. Espero,  en este sentido, que esta pequeña catequesis no sólo sirva de ayuda a los jóvenes sino también a los adultos que se estén iniciando en la fe.


II.               Definición de Escatología
La palabra escatología, que viene del griego eschatón (“último”) se refiere al estudio de las últimas cosas, es decir, de las concernientes al final de la vida del hombre, al final de la historia humana (parusía) y también a la del “más allá”. De por sí trae una primera dificultad: que nadie ha estado en el “más allá” y ha vuelto para contárnoslo. Algo que se da por supuesto para el desarrollo de la escatología es la certeza de la inmortalidad del alma humana, la cual, no es un mero dogma de fe sino que también es una verdad filosóficamente demostrable a la sola luz de la razón. Por lo demás, todo lo que sabemos de lo que acontecería en el más allá lo sabemos por revelación divina plasmada ya sea en la Escritura o la Tradición y definida por el Magisterio de la Iglesia.

III.           El Reino de Dios
Un tema muy legado a la escatología es el del Reino de Dios. Éste fue el objeto principal de la predicación de Jesús de Nazaret. De hecho, al comienzo de su vida pública Jesús afirma: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 14s; Mt 4, 12ss)
El punto sería ahora reflexionar: ¿Qué es el Reino de Dios?, ¿a qué se refería Jesucristo con este término?, ¿qué novedad nos ha traído Jesucristo?, ¿qué ha cambiado con su venida a este mundo?, ¿ha cambiado algo?, ¿es que acaso el mundo no sigue igual o peor de como estaba cuando Él llegó? Conviene saber que el Reino de Dios, por la fuerza de Dios, quiere ser un “cambio real” en la humanidad y en la historia humana. El Papa Benedicto XVI nos respondía a estas cuestiones sencillamente con una frase rotunda: Jesús de Nazaret nos ha traído a Dios mismo[3]. Él es Dios. Dios ha entrado en el tiempo y en la historia humana cambiándola para siempre. Nada podrá volver a ser lo mismo de antes. Él es el Reino de Dios, su persona misma. Es por ello que, como dicen los exegetas, es una realidad “iam sed nondum” (ya pero todavía no), es una realidad ya realizada pero aún no consumada.
El reino de Dios comienza con la venida de Cristo y se visualiza en la Iglesia (durante la historia humana) y se consumará en el más allá, en la parusía de Jesucristo, porque la plenitud del Reino de Dios tendrá lugar al final de la historia.

IV.           Los Novísimos
Llamamos novísimos a los últimos acontecimientos, es decir, a las postrimerías (lo que viene con posterioridad) del hombre. Tradicionalmente los novísimos son cuatro: muerte, juicio, infierno y gloria. Dentro de la escatología cristiana se tiene que hablar además del purgatorio.

La muerte
No todos “aprenden” que se van a morir. Todos lo pueden suponer o incluso saber, mas no “aprehender” que se van a morir. Hoy más que nunca,  la experiencia con el tema de la muerte pasa por una paradoja: ser lo más trivial y lo más temido a la vez. Para que una película tenga éxito tiene que haber muchas balas, mucha sangre, muchas muertes. Casi todos los videojuegos sólo consisten en matar a los que más se pueda: gana el que más mata. Los ojos se han acostumbrado a ver la muerte de tal manera que ya nadie se inmuta, incluso no sólo con las películas (ficción), sino también con las noticias en periódicos o noticieros. Uno puede ver en el diario que un médico viola, mata a una chica, la descuartiza y la coloca en una maleta, o que se volcó un bus y murieron 50 pasajeros, y dar la vuelta a la página para buscar la sección de deportes como si ambas noticias tuvieran la misma naturaleza.
Desde otro punto de vista, la muerte es al mismo tiempo lo más temido. Es algo de lo que nadie quisiera hablar y lo que se tiene que evitar a toda costa. La ‘sociedad del bienestar’ actual es una muestra de ello. La proliferación de ‘spas’, centro de estética, productos de belleza y rejuvenecimiento, etc., no hacen más que suponer que el hombre está volviendo al sueño del elixir mágico de la eterna juventud, algo que extirpe a la muerte definitivamente de su existencia. Sin embargo, la muerte tiene las siguientes características: a) Es universal; b) Es un hecho decisivo que abarca toda la vida del hombre; y c) Es el culmen de la vida:
“El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí y sólo en Dios encuentra el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar” (CEC 27)
El deseo de Dios del que habla el catecismo se concretiza en el deseo de felicidad que es, en definitiva, el deseo de inmortalidad. El hombre tiene este deseo porque tiene un principio inmortal que es el alma que le ha dado Dios. Esto se da independientemente de que se crea en Dios o no. También el ateo tiene el deseo de inmortalidad. Lo único que tenemos claro es que por naturaleza nadie quiere morirse.
Pero, ¿qué es la muerte?, ¿es sólo no tener signos vitales para empezar a descomponernos? Los evangelios nos hablan de la muerte como una obra de Satán (cf. Jn 8,44). El Concilio Vaticano II ha expresado la resistencia del hombre ante la muerte. Las Escrituras afirman que la muerte es consecuencia del pecado (cf. Sb 1, 13; 2, 23; Rm 5, 12.21; St 1, 15; etc.). La misma afirmación la tenemos del Magisterio de la Iglesia.[4] Pero se podría decir que la muerte, en cuanto consecuencia del pecado, debe entenderse más bien como miedo o angustia ante ella; es decir, que lo malo no es la muerte en sí, sino que uno no se quiere morir. En general, se tiene el mismo miedo ante cualquier mal o sufrimiento que pueda sobrevenir.
 Lo que más teme el hombre en el fondo es “desaparecer”, que su existencia vuelva a la nada, ser nada y vacío. Todo esto nos lleva al meollo del asunto. Dice san Pablo:
“Para mí la vida es Cristo, y el morir, una ganancia. Pero si el vivir en el cuerpo significa para mí trabajo fecundo no sé qué escoger […]. Me siento apremiado por ambos extremos. Por un lado, mi deseo es partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; más por otro, quedarme en el cuerpo es más necesario para vosotros.”[5]
¿Por qué san Pablo escapa de lo convencional? Si no querer morirse es consecuencia del pecado original, san Pablo escapa del miedo a la muerte porque ahora está viviendo una ‘vida nueva’ gracias al Espíritu de Jesucristo:
“Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva”[6]
Ahora bien, ¿cómo empieza esta vida nueva de la que habla san Pablo? Esta vida nueva empieza con el encuentro personal con Jesucristo Resucitado. En este sentido, el Papa Benedicto XVI afirma en su primera encíclica sobre el amor cristiano que:
“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”[7]
Jesucristo es esta Persona que muere por todos los hombres (cf. Mt 20,28; Mc 10,45; Lc 22,27); de tal manera que ha conseguido para el hombre la salvación del pecado y de su principal consecuencia: la muerte, no sólo física sino la muerte definitiva, la muerte del ser. La vida nueva en Cristo comienza con la escucha del kerigma cristiano, donde se nos anuncia un acontecimiento: el misterio pascual (encarnación, vida, pasión, muerte, resurrección y nueva venida) de Jesucristo. El que cree en este anuncio se encuentra con Cristo, el que lo acepta en su vida muere y resucita con él –hecho que se actualiza en cada persona el día de su bautismo-, quiere estar con él, encuentra sentido a su vida y si su vida tiene sentido, adquiere sentido su sufrimiento y también su muerte.
En el estado de santidad se contempla lo que en realidad es la muerte. Se contempla que la muerte ha sido vencida (cf. 1Co 15, 54ss); en este estado se experimenta que el único miedo es el de perder a Cristo. Muchos santos nos han dejado por escrito esta experiencia. Para san Pablo, como vimos líneas arriba la vida es Cristo y la muerte una ganancia. Santa Teresa de Jesús escribe en sus poesías:
¡Oh muerte benigna,
socorre mis penas!
Tus golpes son dulces,
que el alma libertan.
¡Qué dicha, oh mi Amado,
estar junto a Ti!
Ansiosa de verte,
deseo morir.[8]

San Ignacio de Antioquía escribe a los romanos:
“Para mí es mejor morir en Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a Él, que ha muerto por nosotros; lo quiero a él, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima […] Dejadme recibir la luz pura; cuando llegue allí, seré un hombre.”[9]
Desde este punto de vida, se entiende que el hombre es una unidad de alma, cuerpo y espíritu; y que el espíritu, dado por Dios, vivifica al alma, y el alma anima el cuerpo. De tal manera que si el alma está muerta por el pecado, ya estamos muertos aunque vivamos biológicamente.
Ser santo es experimentar hoy día la resurrección de Cristo. La verdadera muerte es vivir en el no-amor; vivir en el amor cristiano es estar ya resucitado. Y el día de la Parusía se cumplirá lo dicho por el apóstol san Pablo: “El último enemigo en ser destruido será la Muerte” (1Co 15, 26). Por lo tanto, a la luz de la fe, esta victoria se puede dar ya ahora en el cristiano, de tal manera que lo que hoy conocemos como ‘muerte’ no es otra cosa más que el encuentro definitivo y hasta deseable con Jesucristo; es un simple tránsito hacia la plenitud. Entonces, si morimos en gracia (sin pecado mortal), la muerte es la puerta tras la cual está la Vida, tras la cual está Dios esperándonos con los brazos abiertos.


El Juicio
Un tema que sigue al de la muerte es el del “Juicio de Dios”. Este tema está relacionado con el del fin del mundo; ambos están íntimamente relacionados. El fin del mundo ha sido objeto de infinidad de elucubraciones literarias, muchas de ellas llevadas incluso al cine y a otros medios de difusión masiva. El común denominador en todas ellas es que el fin del mundo se muestra como la destrucción del planeta luego del cual no existe nada más, es el fin de la existencia y punto. Por ello, se muestra como algo sumamente temido e indeseable, algo realmente terrorífico. Las sectas hablan mucho de este tipo de final de la historia y han llevado a muchas personas al suicidio masivo inventando fechas del fin del mundo. Al final no pasó nada.
La visión cristiana del fin del mundo no tiene nada que ver con la que mucha gente tiene. Dice el Señor Jesús: “Cuando empiecen a suceder estas cosas[10], cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación” (Lc 21, 28). Los cristianos esperamos el fin del mundo porque es el día de la instauración definitiva del reinado de Dios, el día de la resurrección de los muertos y el de nuestra verdadera liberación de los lazos de la muerte, el día del definitivo y pleno comienzo de la vida eterna. Nadie espera a alguien que ama con miedo.
Y todo ello empezará con un juicio. Cuando se escucha la palabra juicio se tiende a asociarla con un tema jurídico, como una especie de mecanismo retributivo a la manera de una corte humana. El juicio de Dios no es algo meramente retributivo. En la Escritura la justicia de Dios hace referencia a la bondad de Dios. El día del Juicio es el día en que brillará la bondad de Dios. Esta diferencia entre justicia humana y divina se sintetiza en un versículo del evangelio: “Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie” (Jn 8, 15). Aquí Jesús está hablando del juicio retributivo de los hombres. Así no es su juicio. Respecto a este tipo de juicio, el apóstol san Juan es enfático al afirmar: “Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado, porque ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios.” (Jn 3, 17)
Además, dice el Señor Jesús: “Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos” (Jn9, 39). Y antes también afirma: “Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere. […] En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Jn 5, 21-24). Aquí está la misión de la Iglesia, en hacer que la palabra de Jesús se siga escuchando, siga llegando a todos los rincones de la tierra buscando un corazón dispuesto a acogerla. De tal manera, que en el Día del Juicio no será Dios quien condene, sino que cada uno decidirá la opción que tomó aquí en este mundo. Al igual que aquí, será el hombre quien decida estar sin Dios o acogerse a su misericordia. La verdadera ley es la de la libertad:
“Hablad y obrad tal y como corresponde a los que han de ser juzgados por la ley de la libertad. Porque tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; la misericordia se siente superior al juicio.”[11]
 Sí, Dios es amor (cf. 1Jn4, 8) y es misericordioso (cf. Ex 34, 6). Ambos, el amor y la misericordia brillarán en el día del Juicio para lo que aceptando la verdad, es decir, que son pecadores, se acojan a la misericordia. De esta manera el que está en Cristo no debe temer aunque su conciencia le acuse:
“Hijos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y según la verdad, y tendremos nuestra conciencia tranquila ante él, aunque nuestra conciencia nos condene, pues Dios, que lo sabe todo, está por encima de nuestra conciencia.” (1Jn3,18ss)
Así es, al final, la pregunta será: “¿Cuánto has amado?”. Cada uno, tendrá un juicio sólo en este sentido. Primero, un juicio particular (cf. Mt 16,27; 20,1; 25,14; Lc 12,12; 16,19-31; 23,43) que será inmediatamente luego de su muerte, verdadero fin del mundo para cada uno; y al final de la historia humana, el juicio universal (cf. Mt 13,30; 24,31; 25,31; Jn 5,28; 12,47-50), donde se ratificará lo decidido en el juicio particular –los que no aceptaron su misericordia aquí, no la aceptarán entonces, y se condenarán- y comenzará, como se dijo líneas supra, el reinado definitivo de Dios, en donde ya no habrá para los salvados, ni muerte, ni llanto, ni sufrimiento, sino que los que estén con él comenzarán a vivir el día feliz que no tiene ocaso; y los que se condenen comenzarán el suplicio de no ver a Dios ni a nadie, jamás.

El infierno
Al igual que con el caso del juicio y el del fin del mundo, sobre el infierno también se ha elucubrado mucho, para finalmente haber sido relegado a un tema ya superado. El infierno ya sólo es concebido como un tema del medioevo, un invento de la Iglesia para imprimir temor y conseguir así ciertos beneficios de los incautos de sus adeptos. Para el mundo contemporáneo el infierno no existe.
El Papa Pablo VI dijo una vez que el éxito del demonio en el mundo contemporáneo es haberle hecho creer al hombre que ni él ni el infierno existen. Con esto, Satanás ha logrado adelantarle un poco el infierno a muchos: familias destruidas, abortos, asesinatos, crímenes, extorsiones, violaciones, mercado de prostitución y pornografía, grupos satánicos, chamanes que afirman haber vendido su alma a Satanás, pedofilia, suicidios, hambre y miseria, envidia, droga, alcohol, sexo desenfrenado, masturbación, soledad, depresión, eutanasia, robos, secuestros, mentira, adulterio, consumismo extremo, egoísmo, etc., son algunas de la muestras del accionar del demonio en este mundo. No creer en el demonio no libra a nadie de su odio hacia todos y cada uno de los hombres.
El infierno manifiesta el profundo respeto que Dios tiene por la libertad del hombre. La decisión de ir al infierno es una decisión personal. Los auto-condenados al infierno experimentarán, pues, en primer lugar, la soledad –puesto que no se acepta depender de otro-, el odio hacia Dios, odio hacia los demás y la desesperación total. En el fondo se deja de ser persona.
La realidad del infierno se atestigua en la Escritura[12] y en el Magisterio de la Iglesia[13]; pero, al igual que la fe en Jesucristo comienza a través del encuentro con una Persona -de tal manera que la vida cristiana se convierte en una experiencia-, el infierno y sus adelantos también se comienzan a experimentar aquí, tal y como vimos en el párrafo anterior. ¿Qué es el infierno? El infierno es vivir para uno mismo. Quien vive en un egoísmo profundo queriendo que todo gire alrededor suyo, se queda finalmente solo y comienza ya a vivir el infierno.
En 1968, mientras el filósofo ateo Jean Paul Sartre afirmaba en una de sus obras: “El infierno son los otros”,  un joven teólogo alemán, Joseph Ratzinger, pronunciaba en Munich una conferencia en la que defendía lo contrario: El infierno es estar solo. Al igual que un niño perdido durante la noche en medio del bosque, siente un miedo no a algo, sino un miedo en sí mismo y más radical, un miedo a la soledad –miedo que desaparecería si apareciese una mano que lo guiase-, si existiese una soledad tal que ninguna palabra de otro pudiese llegar y tener un efecto transformante, un lugar donde no pudiera llegar ningún “tú”, entonces tendría lugar esa verdadera y total soledad que el teólogo llama infierno.
Lo importante aquí es entender que el infierno es el fracaso más radical que el hombre pueda tener. Más que un lugar físico de fuego y azufre, es un estado de fracaso rotundo y definitivo, es no ver a Dios y vivir fuera de su presencia eternamente. Como dice Juan Pablo II[14], el infierno es el rechazo definitivo del hombre a Dios; en este sentido, en el Catecismo se afirma: «Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno».[15] Si Dios es amor, el infierno es vivir en el desamor más absoluto. Todo el desamor que se vivió en la tierra viviendo en el estado de degeneración que se mostró líneas arriba no tendrá punto de comparación con lo que será el infierno, al cual se irá inmediatamente después de la muerte (cf. D531) y en el que el suplicio será eterno y sin retorno (cf. D511).

El Purgatorio
Sobre la esperanza en la otra vida hay afirmaciones importantes en el A.T. Es particularmente importante el pasaje de Judas Macabeo (cf. 2M 12, 38-46) en la que se muestra su noble iniciativa de hacer un sacrificio por sus compañeros muertos en batalla, al descubrir que estos habían pecado contra Yahvé; es decir, lo que aquí se muestra es que se puede interceder por los difuntos apelando a la misericordia de Dios.
No es dogma de fe que alguien esté en el infierno. Lo que sí se tiene claro es que allí está el demonio y los demás ángeles caídos, sus secuaces. Pero de ningún hombre se puede decir que está en el infierno, ni siquiera de Judas. Esto es fundamental para resaltar la importancia de la oración por los difuntos, ya que se puede interceder por ellos, así como también, ellos –los que ya estén con Dios- pueden interceder por nosotros.
“Para cuantos se encuentran en la condición de apertura a Dios, pero de un modo imperfecto, el camino hacia la bienaventuranza plena requiere una purificación, que la fe de la Iglesia ilustra mediante la doctrina del «purgatorio» (cf. CEC1030-1032).”[16]
 En este sentido, el purgatorio es la purificación de la persona en cuanto a aquellas penas temporales que no habían quedado purificadas durante la vida –ya sea por las penitencias impuestas por los confesores, por las obras de caridad, etc.-, las que se purifican después de la muerte. Que quede claro que no nos referimos al pecado mortal. Si alguien muere en pecado mortal, es dogma de fe que se condena al infierno.
El tesoro de la Iglesia es que en ella hay gran cantidad de la gracia de Dios y la Iglesia se considera administradora de este tesoro de la gracia de Cristo. Es por ello que la Iglesia puede conceder indulgencias y las concede con más intensidad cuando se proclama un año santo. Así, “la indulgencia es la remisión de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa –en el sacramento de la reconciliación-, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos.”[17] La concesión de las indulgencias está relacionada con el poder de las llaves (cf. Mt 16, 19) y también con el mandato de Jesús: “A quienes se los retengan [los pecados] les quedan retenidos” (Jn 20, 23).
Hay que eliminar todo vestigio de apego al mal y corregir toda imperfección del alma. La purificación debe ser completa, y precisamente esto es lo que enseña la doctrina de la Iglesia sobre el purgatorio. Este término no indica un lugar, sino una condición de vida. Quienes después de la muerte viven en un estado de purificación ya están en el amor de Cristo, que los libera de los residuos de la imperfección”[18]
Debe entenderse que la permanencia en el purgatorio, por tanto, no es eterna. Quien está allí, ya está salvado de la pena eterna del infierno. Sólo se trata de una purificación en el sufrimiento de no ver aún a Dios. La única manera de purificar un alma es a través del amor. La purificación se da por tanto, del ansia de querer ver ya mismo el rostro de Dios. El fuego del purgatorio es el fuego del amor de Dios, es la escuela del amor.

La Gloria
La voluntad de Dios es que todos se salven” (1Tm 2, 3s). Todos nosotros hemos sido creados por Dios por amor, en el amor y para el amor. Hemos sido creados para el cielo. Venimos de Dios y vamos hacia Dios. Toda el ansia de felicidad que experimentamos desde que nacemos hasta que morimos no es otra cosa que el deseo de Dios, el deseo de ver su rostro.[19] Dice san Agustín: “…nos has hecho [Señor] para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti.”[20]
El cielo es el estado de máxima felicidad del hombre, de máxima plenitud. En contraposición al fracaso radical del infierno, el cielo es la realización inconmensurable de la existencia humana. Allí se experimentará lo que se llama la visión beatífica de Dios.
En la Escritura no son pocos los pasajes en donde se menciona la gloria del cielo (cf. Mt 5,12; 6,20; 19,21; 18,8; Lc 6,23; 12,33; 23,43; Ap 19, 1-10). Dice el apóstol san Pablo: “Ahora vemos como en un espejo, en enigma, entonces veremos cara a cara [a Dios]. Ahora conozco de un modo parcial pero entonces conoceré como soy conocido [por Dios].[21]  Esta visión beatífica del rostro de Dios se le concede al alma inmediatamente después de la muerte, incluso antes del juicio final. Esto es dogma de fe.[22] El apóstol san Juan afirma en su primera carta: “Queridos ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado todavía lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es.” (1Jn 3,2)
Lo importante, finalmente, es saber que al igual que nuestra experiencia aquí nos puede servir de garantía de la existencia del infierno, el cielo también puede tener un comienzo aquí en este mundo. Los cristianos comenzamos a vivir ya la vida eterna creyendo en Jesucristo. Estar en el cielo es estar dentro de Jesucristo. El bautismo nos concede ser hijos en el Hijo, coherederos del cielo y partícipes de su gloria aquí en modo parcial en la Iglesia y de modo definitivo después de la muerte. Y en la Eucaristía no somos nosotros quienes asimilamos a Cristo al comer su cuerpo; es él quien nos asume a nosotros. De tal manera que la Eucaristía es, en este sentido, el preámbulo más cercano al cielo.
Si el infierno es vivir para sí mismo, el cielo es vivir para los demás. La única forma de comenzar a vivir esto es teniendo un nuevo principio de vida, un nuevo espíritu, el Espíritu de Dios habitando en nosotros. De allí la grandeza de la misión de la Iglesia, único lugar donde podemos ya comenzar a experimentar la vida beatífica, no exenta de luchas y sufrimientos; pero, a pesar de todo, feliz.
Vivir para los demás es la característica de la nueva vida en Cristo Jesús, tal y como afirma san Pablo: “Y [Cristo] murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.” (2Co 5, 15). Hay un lugar aquí donde esto comienza a darse, un lugar que puede convertirse en la escuela del amor, la escuela de vivir para los demás, la escuela de la comunión, el cielo en la tierra. Y ese lugar es la familia. De allí se entiende el gran interés de Satanás en destruir la familia. Juan Pablo II dijo una vez en una homilía que la familia cristiana es el icono de la Santísima Trinidad en la tierra.[23]
¿Qué es el cielo?, el cielo es donde está Dios. Si en casa, con los míos, habita Dios, mi casa es el cielo. Por eso el Papa Benedicto XVI ante una pregunta que le hizo una niña sobre su familia[24] dijo una de las cosas más bellas que se haya escuchado –recuérdese que excepto su hermano, ya toda su familia ha fallecido-: “Y, a decir verdad, cuando trato de imaginar un poco cómo será en el Paraíso, se me aparece siempre el tiempo de mi juventud, de mi infancia. Así, en este contexto de confianza, de alegría y de amor, éramos felices, y pienso que en el Paraíso debería ser similar a como era en mi juventud. En este sentido, espero ir “a casa”, yendo hacia la “otra parte del mundo”.
María, Reina del Cielo, ruega por nosotros.

Gustavo Arriola Guzmán
Generación Juan Pablo II, comunidad para la Nueva Evangelización
Movimiento de retiros parroquiales Juan XXIII





[1] Benedicto XVI, Prólogo del YOUCAT, Catecismo joven de la Iglesia Católica, (Encuentro), Madrid, 2011
[2] Cf. Congregación para el Clero; “Directorio General para la Catequesis”; (CEP), p.34
[3] Joseph Ratzinger (Benedicto XVI); “Jesús de Nazaret”, tomo I, (planeta), 2007, p.69
[4] Cf. GS 18; Concilio de Trento (DH1511.1521); Concilio de Cartago (DH222); Sínodo de Orange (DH 372)
[5] Flp 1, 21-24
[6] Rm 6, 4
[7] Cf. Benedicto XVI, Carta Enc. “Deus Caritas Est”, n.1
[8] Santa Teresa de Jesús, poesía “Ayes del destierro”
[9] San Ignacio de Antioquía, “Epístula ad Romanos”, 6, 1-2. Citado por CEC 1010
[10] Aquí se refiere el texto a las catástrofes con las que son descritas el fin del mundo en el discurso escatológico de Jesús (cf. Mc13, Mt 24, Lc 21), en el que los evangelistas usan un estilo literario llamado “apocalíptico”, el cual es sólo eso, un estilo literario. Pero no necesariamente las cosas tienen que suceder al pie de la letra. Por ejemplo, san Pedro ve cumplida la predicción del profeta Joel (cf. Jl 3, 1-5) sobre el día de Yahvé en Pentecostés (cf. Hch 2, 16-21), donde se habla del sol cambiando en tinieblas y la luna en sangre aunque nada de eso se advirtió aquel día.
[11] St 2, 12s
[12] Cf. Mt 8, 12; 22, 13; 18, 8; 25, 30.41; 13, 42.50;  Mc 5,22; 8,12; 13,42; 10,28; 18,9; 23,15; Mc 9,43; Lc 3,17; 8, 31; 12,5; 16,19.28; Ap 9, 11; 20, 1ss.
[13] Cf. DH 4656s; D16.40.429.464.714.511
[14] Cf. Catequesis del Papa Juan Pablo II sobre el Infierno, miércoles 28 de julio de 1999
[15] CEC 1033
[16] Catequesis de Juan Pablo II: “El purgatorio: purificación necesaria para el encuentro con Dios”, miércoles 4 de agosto de 1999.

[17] Pablo VI, Const. Ap. “Indulgentiarum Doctrinae”
[18] Cf. concilio ecuménico de Florencia, Decretum pro Graecis: DH 1304; concilio ecuménico de Trento, Decretum de justificatione y Decretum de purgatorio: ib., 1580 y 1820; citado por Juan Pablo II, Ibid.
[19] Cf. CEC 27
[20] San Agustín, Confesiones, I,1,1 (PL 32, 659-661)
[21] 1 Co 13, 12
[22] Cf. D475. 530. 693. 696
[23] Juan Pablo II, Homilía en la misa con las familias del Camino Neocatecumenal que partían a la misión; Porto san Giorgio, 30/12/1988
[24] Encuentro mundial con las familias, 2 de Junio de 2012. Cf. L’osservatore Romano, 2012, N°24, p.8

lunes, 27 de mayo de 2013

El día en común II


EL DÍA EN COMÚN II

·         La lectura bíblica II y el canto en común
·         La mesa de la comunidad
·         El trabajo
·         La oración de la noche
Por otra parte cabe preguntarse, ¿cómo podemos ayudar a un hermano en sus miserias y tribulaciones sin recurrir a la propia palabra de Dios? Todas nuestras palabras fracasan enseguida. En cambio, aquel que como un “buen padre de familia saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas” (Mt 13, 52); aquel que puede hablar inspirándose en la abundancia de la Palabra de Dios, podrá exorcizar al demonio mediante ella y ayudar a los hermanos. Como dice san Pablo: “y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús” (2 Tm3, 15)
¿Cómo leer la Sagrada Escritura? Dentro de la comunidad será conveniente que la lectura sea confiada por turno a los integrantes de esa comunidad. El que lee no debe identificarse jamás con el “yo” que habla en la Escritura. Toda la diferencia entre la lectura recta y la falsa reside en el hecho de que yo no me ponga en el lugar de Dios sino que le sirva con toda sencillez. Un ejemplo profano podríamos decir que sería la situación del que lee la Escritura como la persona que lee a otra la carta de un amigo. La recta lectura de la Escritura no es un ejercicio que puede ser aprendido, sino que su fuerza aumenta o disminuye de acuerdo con la propia disposición espiritual.
Lo mismo sucede con el canto común. Es el cántico sencillo de los hijos de esta tierra llamados a ser hijos de Dios; no es estático ni exaltado, sino centrado en la Palabra revelada de Dios con sobriedad, gratitud y recogimiento. Por esto cantar en comunidad es un asunto espiritual que requiere algunas presuposiciones como entregarse a la Palabra, hacerse miembro de la comunidad, mucha humildad y mucha disciplina. Allí donde el corazón no toma parte en el canto no se producirá otra cosa que el repulsivo caos de la auto-alabanza humana. Allí donde no se canta al Señor se canta en honor de uno mismo o de la música. De esta manera el cántico se transforma en cántico idólatra. Volveremos sobre este punto en el último tema de este ciclo de charlas.
Volviendo al tema de la mesa de la comunidad ampliaremos el marco ya no a la familia como comunidad doméstica sino al de la comunidad con los hermanos del grupo de la parroquia en el día donde deciden pasarlo juntos que se recomienda sea por lo menos una vez al mes.  La comunidad cristiana recibe el alimento diario de la mano del Señor. Desde que Jesucristo estuvo sentado a la mesa con sus discípulos, la mesa de la comunidad es bendecida por su presencia. “Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron” (Lc 24, 30s). La comida en común de los que son unidos por Cristo tiene el poder de hacer que se “abran nuestros ojos” para reconocerlo a través de los dones. La comunidad reconoce que todos los dones terrestres le son dados tan sólo por Cristo como Señor y dador de todos los dones. Es por ello que la mesa de la comunidad tiene algo de festivo. Ella es el recuerdo del descanso de Dios después de su obra. Nuestra vida no es solamente fatiga y trabajo; también es recreación y gozo por la bondad de Dios. El hombre no debe comer “pan de dolores” (Sal 127, 2) sino “come tu pan con gozo” (Qo 9,7). Dios no quiere nuestra manera parca de comer nuestro pan entre suspiros, con ajetreo presumido y hasta con vergüenza (porque se le considere tiempo ‘improductivo’). Mediante la comida diaria nos llama a la alegría, a una fiesta en medio de la jornada diaria. Por eso Nadie habrá de pasar hambre mientras otro tenga pan porque es ‘nuestro’ pan diario el que comemos, no el mío propio. Mientras comamos juntos nuestro pan quedaremos satisfechos con lo poco que sea. Sólo allí donde alguien quiere guardar para sí mismo su propio pan empieza el hambre.
Después de la primera hora de la mañana, el día del cristiano es consagrado hasta el anochecer al trabajo. “Sale el hombre a su labor, y a su labranza hasta la tarde” (Sal 104, 23). La comunidad se separará en la mayoría de los casos durante el tiempo de trabajo. Orar y trabajar son dos cosas distintas. También la oración requiere su tiempo pero el largo del día pertenece al trabajo. La oración no debe ser impedida por el trabajo, más tampoco el trabajo por la oración. Sin la carga y el trabajo del día, la oración no es oración y sin la oración, el trabajo no es trabajo. El trabajo no es una maldición de Dios por el pecado porque el mundo de “las cosas” no es más que una herramienta en la mano de Dios para depurar al cristiano de todo egocentrismo y egoísmo. El trabajo se convierte en remedio contra la pereza e indolencia de su carne. Sin embargo, esto solo puede hacerse realidad allí donde el cristiano se abre paso a través de “las cosas” al “Tú” del Dios que le encomienda el trabajo.  “Todo cuanto hagan, sea de palabra o de obra, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús” (Col 3, 17). El orden durante el trabajo brotará de la oración matutina. “Y todo lo que hagan, háganlo con el corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Col 3, 23). Las fuerzas para el trabajo crecen cuando hemos rogado a Dios que nos conceda hoy la fuerza que necesitamos para nuestro trabajo.
Al final de la jornada damos gracias a Dios con los salmos de las vísperas y, antes de dormir nos ponemos de cara a Él no sólo para pedir perdón por nuestras faltas sino para agradecer por los acontecimientos del día, buenos y malos porque todos tuvieron un fin. En la oración de las completas, con la oración de los salmos, la lectura bíblica, himno y oración común se pone fin al día de la misma manera como se lo ha comenzado. Pocos lo tienen en cuenta pero: nada garantiza que despertemos al día siguiente. Por ello la oración de la noche ha de incluir la súplica por el perdón de todo mal. “No se ponga el sol mientras estén airados” (Ef 4, 26). Es peligroso para el cristiano acostarse con el corazón no reconciliado con un hermano. Y puesto que también durante el sueño estamos en la mano de Dios o bajo el poder del mal, rogamos con toda la Iglesia: “Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos para que velemos con Cristo y descansemos en paz”.

El día en común de la comunidad


EL DÍA EN COMÚN I

·         El domingo y la comunidad doméstica
·         La oración en común
·         Los salmos y la lectura bíblica
Una de las cosas que más daño ha hecho el estilo de vida de la sociedad pos moderna es haber dejado al hombre sin el domingo, sin el “día del descanso”, sin el “día de fiesta”, sin el “día del Señor”. El hombre por naturaleza es un ser “lúdico”, es un ser hecho para la fiesta, para la celebración. El punto es que el relativismo actual ha desnaturalizado el sentido de la fiesta. Sin una Verdad como guía, si todo cae a la opinión, se pierde la verdadera libertad, aquella que no se desliga nunca de la Verdad absoluta, que existe y que se llama Dios y que se nos ha manifestado en su hijo Jesucristo. Si esta verdad se pierde, la libertad se vuelve libertinaje que destroza el sentido de la fiesta –que es el encuentro con Dios- para reemplazarlo por el desenfreno, el alcohol, el sexo, la droga, en definitiva, en dar rienda suelta a los instintos más profundos del corazón del hombre de donde sólo pueden salir “intenciones malas”. En esta breve charla queremos redescubrir el sentido del domingo, el sentido de la oración cristiana, los salmos, la lectura bíblica, el sentido del trabajo y la oración de la noche.
Todo cristiano tiene tres altares: el altar de la celebración eucarística que es el centro de su vida por excelencia y siempre será su primer altar. El segundo altar es el de los alimentos: la mesa de la comunidad; y finalmente, el tercer altar es el lecho del descanso, en el caso de los casados: el tálamo nupcial. Los tres altares son sagrados. Respecto al primero nadie pondría en duda su sacralidad, pero sobre este altar trataremos en el último tema de este ciclo de charlas sobre la vida comunitaria cristiana. Hoy en día es más difícil creer en la sacralidad de los otros dos altares. La mesa familiar ya casi no existe, cada quien vive en su mundo, en su vertiginoso ritmo, y ya casi nunca se toma los alimentos en común, en un ambiente celebrativo como es su característica fundante. El lecho del descanso es el lugar donde reposa un tercio del día el templo del Espíritu Santo que es el cuerpo de un cristiano. Conforme se encuentren la mesa de los alimentos y como se encuentre nuestra cama, nuestra recámara, así se encuentra nuestra alma. El cuidado de estos altares es crucial, no se puede confundir la pobreza con la indignidad. El día domingo, por ejemplo, la mesa de la comunidad doméstica debería estar adornado con un mantel festivo, distinto al de los días de la semana para resaltar la realeza del domingo donde un cristiano celebra que, en Cristo, vivo ya como un resucitado, es decir, que por su bautismo no sólo vive las penurias de un profeta, los sacrificios de un sacerdote sino que también vive con la dignidad de un rey.
El día de la comunidad se inicia con los albores de la luz del sol donde el cristiano pone su vida de cara a Dios a través de la oración matutina, a través del rezo de los salmos. “A la mañana temprano cuando sale el sol, resucita Cristo, mi Salvador, disipada está la noche del pecado; luz, salvación y vida nos han sido devueltas” canta un himno de Pascua. “Reciten entre ustedes salmos” (Ef 5, 19); “Instrúyanse y amonéstense con toda sabiduría…con salmos” (Col 3, 16). Los salmos son el lenguaje con el cual Dios quiere que el hombre se comunique con él ya que éstos para ello han sido inspirados por él mismo. Cristo es el sujeto de los salmos y todos los salmos se cumplen en él. A través de ellos él puede expresar su sentir en cualquier situación de la vida. Por ello el mismo Cristo recitaba los salmos, los recitó con sus padres, luego con sus discípulos. La primera comunidad cristiana recibe como herencia esta santa costumbre de la recitación de los salmos. Hoy la Iglesia reza los salmos a través de la Liturgia de las Horas, la cual es una acción litúrgica de carácter público. El cristiano, aunque rece solo la Liturgia de las Horas, reza con toda la Iglesia universal, reza en la Iglesia, por la Iglesia y con la Iglesia.
En el salmo aprendemos a orar sobre el fundamento de la oración de Cristo. El salmo es por excelencia la gran escuela de la oración. Con ellos aprendemos primero lo que significa orar, es decir, orar sobre la base de la Palabra de Dios; segundo, aprendemos de la oración qué es lo que debemos orar, y, en tercer lugar, aprendemos a orar como comunidad. Ora el cuerpo de Cristo, y como individuo comprendo que mi corazón es tan sólo una fracción íntima de la oración entera de la comunidad. Es por ello que en el día en común con los hermanos de la parroquia se alabe a Dios por la mañana con el rezo de los salmos en la celebración de las Laúdes.
Otro punto importante, luego de rezar los salmos e intercalar un cántico, será enseguida la lectura de la Escritura. “Ocúpate en la lectura” (1Tim 4, 13). También aquí tendremos que vencer muchos prejuicios perniciosos antes de llegar a la recta lectura de la Escritura en común. La Sagrada Escritura es más que una consigna, no es un conjunto de sentencias moralistas que nos interpelan para responder desde nuestras fuerzas a seguirlas, a “conquistarlas”, a “intentar obedecerlas”. La Palabra de Dios es Cristo mismo que sale a nuestro encuentro y tiene el poder de transformarnos como lo haría el mismo encuentro personal con Cristo, y es que en cierta manera lo es. Por ello la pregunta luego de escucharla es: ¿Qué me dice esta Palabra “a mí”? Un mal endémico en la comunidad es querer interpretarla en sentido grupal y eso hace que nos escondamos y nos perdamos en la masa. Lo que hace bien a la comunidad es compartir qué dice la Palabra a cada uno porque cada uno es distinto, no es qué nos dice “a nosotros” y menos para responder: “hermanos esta palabra nos dice que ‘tenemos que’ hacer esto o lo otro”. Esto es una respuesta moralista. La Palabra, que es Cristo, sale a nuestro encuentro para que nos descubramos amados –ya sea incluso mediante la amonestación- tal y como somos, es decir, pecadores. Es a la Palabra a la que le compete cambiarnos, es ella la única que puede convertirnos. Nuestro solo deseo de bien, de cambiar, como dice San Agustín, se lo debemos ya a la gracia de Dios que está actuando en nosotros, es decir, que al final como san Pablo nuestro gozo estará en decir: “todo es gracia”, o “por la gracia de Dios soy lo que soy”.

lunes, 20 de mayo de 2013

Sobre el esfuerzo y la gracia



“SI EL SEÑOR NO CONSTRUYE LA CASA…” (Sal 126,1)
Sobre el sentido del SACRIFICIO en la vida cristiana

Muchas veces escuchamos y usamos la palabra “sacrificio” en nuestra vida pero muy pocas veces tenemos una concepción o visión correcta del sentido cristiano de esta palabra. Vivimos en el mundo de la cultura del “éxito”; es decir, muchos creen que para ser felices hay que “triunfar” en la vida, relacionándose esta palabra generalmente al bienestar económico y social, tener dinero, poder, fama, placer, etc. Para ello hay que “sacrificarse”, “luchar”, “esforzarse”, “estudiar”, “trabajar mucho”, porque todo sufrimiento “merece” su recompensa. Esta visión no pocas veces también se ha metido en la vida cristiana; es decir, muchos creen que para estar bien hay que agradar a Dios, en otras palabras, “portarse bien”, “hacer” bien las cosas porque, si no, Dios nos castiga. Hay que esforzarse por hacer las cosas bien y así Dios nos “premiará”. Quiere decir que cuando nos va mal, significa que hemos hecho algo malo; por eso es que cuando nos va mal sin supuestamente haber hecho nada malo, comienzan los problemas porque no se entiende el porqué. Esto muchas veces es hasta causa del ateísmo actual.
En la vida cristiana se puede correr el riesgo, incluso, de ver el sacrificio como una ley, como un requisito indispensable para ser merecedor de la gracia. Esto no es cierto. Ningún sufrimiento del hombre es requisito meritorio de la gracia; tampoco es un castigo divino, aunque muchos sufrimientos sean inherentes al alejamiento de Dios. Ya en el libro de Job se nos revela otra dimensión del sufrimiento: el del inocente. Dios le dará la razón a Job afirmando que sus sufrimientos no son ningún castigo y retribuirá en virtud de su justicia mucho más de lo que antes tenía. Job es prefigura de Cristo y su sufrimiento era el sufrimiento del inocente,  el cual, sólo es permitido por Dios temporalmente para sacar de él un bien eterno, un bien que no tendrá fin. Esta era la esperanza de Job cuando dice: “Porque yo sé que mi Redentor vive, y al final…yo veré a Dios”[1]

Dios es el Dios de la gratuidad y de la abundancia, respecto a ello nos anuncia Jesucristo: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia.”[2] Y también nos dice: “Vengan a mí todos los que estén cansados y sobrecargados que yo les daré consuelo”[3]. ¿Cómo se conjuga esto con lo anterior? ¿En qué momento pone Jesús la premisa del esfuerzo para merecer el consuelo? Al contrario, Jesús se refería justamente a los que estaban cansados por el peso de la Ley y de las observancias farisaicas. Dios da a su pueblo la Ley, no para sobrecargarlo, sino para mostrarle el camino hacia Él, ya que el hombre había perdido la capacidad de discernir lo bueno de lo malo a causa del pecado del Principio. Y la Ley era imposible de cumplirla con las solas fuerzas humanas. Había que pedirle a Dios que sea Él quien conceda la fuerza para vivir en su gracia. Esto no lo hicieron los fariseos sino que simulando cumplir la Ley, encima cargaron al pueblo con cientos de preceptos. Esto era lo que denunciaba Jesús, la hipocresía de fingir cumplir la Ley que era imposible de cumplirla humanamente; denunciaba en el fondo la falta de humildad para reconocer que  esto no se puede realizar, para pedir así, luego, la ayuda de Dios. Nos dice San Agustín al respecto: “Por esto, la Ley ha sido dada para que se implorase la gracia; la gracia ha sido dada para que se observase la ley”.[4] Vemos, pues, que Jesús les hubiese dado esa ayuda al instante, gratuitamente, si la hubiesen pedido, ya que Él vino a dar cumplimiento a lo que decían los profetas. Isaías, por ejemplo  dice: “Da (El Señor) vigor al hombre cansado, acrecienta la energía del débil. Los jóvenes se cansan, se fatigan, los valientes tropiezan y vacilan, pero a los que esperan en el Señor, él les renovará el vigor: subirán como con alas de águila, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse.”[5] También, este profeta ya anunciaba esta gratuidad cuando dice en nombre del Señor: “¡Sedientos todos, id por agua; los que no tenéis dinero, venid, comprad y comed de balde, vino y leche sin pagar!”[6] ¿Dónde queda el esfuerzo y el sacrificio entonces, si Dios invita también a los que no tienen con qué pagar para disfrutar de sus delicias?
Respecto a sentir la ley como un peso nos dice Juan Pablo II: “Quien ‘vive según la carne’, siente la ley de Dios como un peso, más aún, como una negación o, de cualquier modo, como restricción de la propia libertad. En cambio, quien está movido por el amor y ‘vive según el Espíritu’ (Gal 5, 16), y desea servir a los demás, encuentra en la ley de Dios el camino fundamental y necesario para practicar el amor libremente elegido y vivido. Más aún, siente la urgencia interior  –una verdadera y propia ‘necesidad’, y no ya una constricción- de no detenerse ante las exigencias mínimas de la ley, sino de vivirlas en su ‘plenitud’. Es un camino todavía incierto y frágil mientras estemos en la tierra, pero que la gracia hace posible al darnos la plena “libertad de los hijos de Dios” (Rom 8, 21) y, consiguientemente, la capacidad de poder responder en la vida moral a la sublime vocación de ser “hijos en el Hijo[7]
Veamos además que Jesús no suprime la Ley sino que la perfecciona. Creer lo contrario sería caer en el error de Lutero cuando dice que si todo es gracia, qué más da, pequemos y pequemos fuertemente que nuestra confianza en Dios nos salvará.[8] Esto de ninguna manera es verdad. Jesús, cuando denunciaba a los fariseos su hipocresía porque pagaban el diezmo de la menta y el comino pero olvidaban la misericordia, la justicia y la fe, dijo que esto era lo más importante y lo que había que practicar; pero luego añadió: “aunque sin descuidar aquello”[9] Así que la gratuidad no se trata de un permisivismo. Jesús no suprime, por ejemplo, el sacrificio del ayuno – que incluso lo propone junto con la oración como requisito para expulsar ciertos demonios[10]- sino que propone que, cuando se haga aquel, no se ponga cara triste –para llamar la atención de los demás- sino lavada y con la cabeza perfumada[11] (alegre); es decir, propone el sacrificio interior y denuncia la hipocresía e ineficacia del sacrificio exterior.
Respecto a lo anterior, varios siglos antes, ya decía el Rey David en el Salmo “Pues no te complaces en sacrificios, si ofrezco un holocausto, no lo aceptas. Dios quiere el sacrificio de un espíritu contrito, un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias.”[12] Este es un momento crucial en la historia de la salvación. Ciertamente, cuando Dios le habla a Abrahán para formar un pueblo, comienza una vez formado éste, a educarlo. Se pasa de la religiosidad natural a la Revelación. Este momento es único. Dios saca a Abrahán de la idolatría, del politeísmo y lo educa con amor y paciencia, para así formarse un pueblo. Esta educación incluía los sacrificios al único Dios, que ya existían – por el ser-religioso del hombre- a varios dioses. Pero llega el momento en donde Dios comienza a preparar a su pueblo para  “la plenitud de los tiempos”. Por eso dice también el rey David: “No has querido sacrificio ni oblación, pero me has abierto el oído; no pedías holocaustos ni víctimas, dije entonces: “Aquí he venido”. Está escrito en el rollo del libro que debo hacer tu voluntad.”[13] Este momento es muy importante porque el salmista vislumbra ya el paso de la justificación por el sacrificio a la justificación por la fe que nace de la escucha de la Palabra de Dios. Nótese que David dice “me has abierto el oído” no dice “en cambio yo abrí el oído”;  por tanto, es Dios quien concede el don de la escucha. Ni siquiera eso le compete al hombre. Pero sobre esto volveremos más adelante.
Vemos pues, que ya en los salmos se comienza a avizorar la gratuidad del amor de Dios: “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas. Es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, los que coméis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!”[14] ¿Dónde está aquí el sacrificio expiatorio o “meritorio” de la gracia?
Ahora tal vez convenga preguntarnos: ¿dónde comienza a infiltrarse este error de adjudicarle mérito de justificación a una actitud ascética en sí misma? ¿Por qué es que está muy difundida en los fieles esta actitud de concebir el sacrificio en un sentido semipelagiano[15]? Tal vez una primera respuesta nos lleve a los tiempos de las conversiones en masas de los bárbaros, tiempos en que entró mucha gente a la Iglesia sin pasar por el proceso del catecumenado, viéndose al pecado desde una concepción legalista pasándose de la “conversión” del catecumenado a la “expiación” del pecado. Pero creo que si profundizamos en estas preguntas nos tendríamos que remontar a los “orígenes” para encontrar la respuesta. El orgullo y el afán del hombre de querer ser como Dios, de no aceptarse dependiente de Él, el no reconocerse falto de salvación son las actitudes de autosuficiencia que están enraizadas en el corazón del hombre como secuela del pecado de los orígenes del cual tienen su misma naturaleza. Pero esta actitud lo único que hace es negar la virtud que tiene en sí la sangre redentora de Cristo. Es por ello que el mismo Cristo nos enseñó a decir: “y no nos dejes caer en ‘la’ tentación”. ¿Por qué dice Jesús “la tentación” y no en “las tentaciones”? Tentaciones habrán siempre, pero La gran tentación del hombre es sólo una y es ésta la que nos acompañará hasta el último instante de nuestra vida. La gran tentación seguirá siendo siempre el afán de la auto-salvación, desconociendo el único poder redentor de la preciosísima sangre de Cristo. Esta será siempre la más sutil y peligrosa de todas las tentaciones.
La diferencia de la doctrina de Pelagio con la del Doctor de la gracia, San Agustín, es abismal. La doctrina de Agustín se inspira en San Pablo y enseña que en el estado de Adán, el hombre es totalmente incapaz de amar. Ha sucumbido a la muerte espiritual, que se manifiesta en la corporal. Carece de libertad para el bien. El hombre, según San Agustín, no puede dar el primer paso en la fe hacia Dios si no lo precede su gracia, necesita ser guiado por la gracia interna que es el Espíritu Santo. Es decir, como dice San Pablo, todo es gracia. Esta es la fe de la Iglesia.
Retomemos ahora lo que nos dice el salmo 39. El autor de la Carta a los Hebreos lo cita cuando habla de la ineficacia de los sacrificios antiguos de Israel. Pero en vez de decir: “me has abierto el oído” dice la traducción griega: “pero me has formado un cuerpo” y añade: “Entonces dije: ¡He aquí que vengo a hacer […] oh Dios, tu voluntad!”[16] Más adelante se comenta esta parte de la Escritura cuando dice: “abroga lo primero para establecer lo segundo. En virtud de esa voluntad quedamos santificados, merced a la “oblación” de una vez para siempre del “cuerpo” de Jesucristo”[17]. Aquí se muestra la clave del mensaje de la gratuidad del cristianismo. El autor de la carta ve claramente que el único y último sacrificio es el de Jesucristo en la cruz. Sólo Cristo obedeció la voluntad del Padre hasta la muerte y gracias a Él nosotros podemos entrar en este misterio de vivir en gracia, haciendo la voluntad de Dios, que en definitiva es el único “sacrificio” – si cabe el término ya que es Dios quien nos ayuda a hacerlo -  que le agrada: que hagamos su voluntad. La Buena Noticia (“Evangelio”) es que es Cristo quien nos da la fuerza para entrar en la voluntad de Dios y no nuestro limitado voluntarismo. Este es el secreto de la felicidad y la entrega total de San Pablo incluso en el sufrimiento de las persecuciones. Su secreto fue ser testigo de la gracia sobreabundante que le dio Aquel que lo amó hasta el extremo a pesar de ser lo que era: un perseguidor de cristianos. Lo que a Saulo le cambió el ser fue el encuentro con el Resucitado, con el Amor en persona, que salió a su encuentro en el camino de Damasco, sin tener en cuenta quién era él ni lo que hacía. Este hecho lo marcó tanto que dirá por ello: “la Caridad no tiene en cuenta el mal”.[18] Para él la Caridad – el Amor- es Cristo mismo.

Juan Pablo II nos comenta: “Verdaderamente el Apóstol (San Pablo) experimentó antes “la fuerza de la resurrección” de Cristo en el camino de Damasco, y sólo después, en esta luz pascual, llegó a la “participación en sus padecimientos”, de la que habla, por ejemplo en la carta a los Gálatas. La vía de Pablo es claramente pascual: la participación en la cruz de Cristo se realiza a través de la experiencia del Resucitado, y por tanto mediante una especial participación en la resurrección.”[19] Es la alegría de ser testigo de la resurrección lo que a Pablo le da la fuerza para entrar en los padecimientos por la evangelización, libre y voluntariamente. No hay ley, porque él es testigo de que sólo Cristo vino a pasarnos de la ley a la gracia. Como dice Santo Tomás: “la Ley Nueva es la gracia del Espíritu Santo dada mediante la fe en Cristo”.[20] Esta es otra dimensión del sentido del sufrimiento y por tanto de nuestros sacrificios, la dimensión del  sufrimiento “redentor”.[21] Es la alegría del encuentro con Cristo la que nos hace entrar libre y voluntariamente a ser partícipe de sus padecimientos, no para justificarnos, porque sólo Cristo es nuestra justicia, sino ofreciéndolos por la salvación del mundo y esto porque ya estamos tan compenetrados con él que ya no somos nosotros los que vivimos sino que es Cristo quien vive en nosotros.[22]  Pablo contempló el centro de nuestra fe: el abajamiento de Dios, que se hizo hombre y que siendo Dios vino a servir, nos lavó los pies[23], se entregó por nosotros hasta la muerte ¡y qué muerte! Y sobretodo que ¡ha resucitado![24] El encuentro con este Dios fue la esencia de su alegría en los padecimientos.

Así, todo lo que hagamos no es ya por nuestro mérito; es más, no hay ningún bien “por mi mérito” sino  del Amor por el cual hemos sido conquistados, por el amor que nos tiene el Resucitado, amor que nos mueve a hacer sus obras, a seguirle. Sin ese amor, sin esa alegría del encuentro con Jesús, que Pablo experimentó, nuestras obras son nada, porque nada podemos hacer[25] sino por la Gracia que es el Espíritu Santo de Aquel  que nos amó y se entregó por nosotros. Así lo mencionaba también la Doctora de la Iglesia, Santa Teresa de Lisieux: “Comprendí que sin el amor todas las obras son nada, incluso las más brillantes.”[26] Sólo así aceptaremos el sacrificio redentor, que nos lleva a ser “co-redentores” con Cristo en la alegría, con la alegría de Pablo que es el gozo[27] de Cristo. El sufrimiento de Cristo anticipa y da significado al sufrimiento del Apóstol. Darse por entero, como Jesús, es para Pablo el gozo más grande, el gozo de la identificación total con Él. Es un sentimiento que se percibe ardiente en sus cartas. Si algunas frases destacan los padecimientos sufridos, no es para darle voz a la lamentación, sino para anunciar una insospechada fuente de gozo.[28] En este sentido, es un honor ser “co-redentores” con Cristo y a ello estamos llamados por nuestro bautismo. Y diremos al final como Pablo: “Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, es Cristo quien viven en mí. Y aunque al presente vivo en la carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.”[29]

A nosotros, por tanto, nos viene la alegría de la fe en Cristo, fe que se suscita por la escucha de la predicación de alguien que lleve a Cristo dentro, de alguien que sea testigo de la gracia de Cristo. Ese acontecimiento es capaz de cambiar la vida de una persona y sacarla de una vida vacía y sin sentido. Ese sólo “acontecimiento” puede a cualquier persona, independientemente de la vida que esté llevando, devolverle la esperanza. Este solo acontecimiento puede pasar a cualquiera a la dimensión del “don”, como nos dice también nuestro Santo Padre Benedicto XVI: “Ciertamente, no “podemos construir” el reino de Dios con nuestras fuerzas, lo que construimos es siempre reino del hombre con todos los límites propios de la naturaleza humana. El reino de Dios es un don, y precisamente por eso es grande y hermoso, y constituye la respuesta a la esperanza. Y no podemos – por usar la terminología clásica- “merecer” el cielo con nuestras obras. Éste es siempre más de lo que merecemos, del mismo modo que ser amados nunca es algo “merecido”, sino siempre un don”.[30]  
¿Qué es pues en definitiva lo que nos queda a nosotros? A nosotros lo único que nos queda es “abrirnos a la gracia” en virtud de lo único que nos pertenece y que es el regalo más grande que Dios nos pudo hacer al crearnos: nuestra libertad, la prueba más concreta de su infinito amor. Respecto a ello también nos comenta el Papa en el mismo lugar: “…nuestro obrar no es indiferente ante Dios […] Podemos abrirnos nosotros mismos y abrir el mundo para que entre Dios: la verdad, el amor y el bien. Es lo que han hecho los santos que, como “colaboradores de Dios”, han contribuido a la salvación del mundo”[31] Es voluntariamente y en uso de nuestra libertad – la verdadera libertad, la que es guiada por la verdad- que pedimos lo que nos conviene: la fe en su Hijo Jesucristo, que es un don de Dios y en definitiva, lo único que nos salva. Por tanto: “La santidad es en primer lugar un don de Dios y sólo después, y como consecuencia, una exigencia. Nosotros somos santos y, por consiguiente, debemos vivir como santos. Nosotros debemos vivir virtuosamente, dice en sustancia san Pablo, no para llegar a ser santos, sino porque somos santos[32]

Que la Virgen María, la llena de gracia y estrella de la esperanza, interceda por nosotros ante su hijo para que Él nos conceda la fuerza que viene de su Espíritu  para entrar en el sacrificio vivido en la dimensión de la gratuidad. Que tengamos el inmenso honor de ser co-redentores con Cristo mirándolo sólo a El y no a nosotros mismos para nuestra salvación y la del mundo gracias a la Nueva Evangelización. Que nos fiemos de Dios y no en nuestras fuerzas para que así Él actúe en nosotros[33] y al final brille su gloria y no la nuestra. Y que al final podamos, junto con el Apóstol San Pablo, decir: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo? ¿La aflicción? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada? En todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.”[34]



Gustavo Arriola Guzmán
“Generación Juan Pablo II”, Comunidad para la Nueva Evangelización
Movimiento de retiros parroquiales Juan XXIII

Diócesis de Carabayllo



[1] Cf. Jb 19, 25-26
[2] Cf. Jn 10, 10
[3] Cf. Mt 11, 28
[4] SAN AGUSTÍN, “De spiritu et littera”, 19,34.
[5] Cf. Is 40, 29-31
[6] Cf. Is 55, 1
[7] Cf. JUAN PABLO II, Carta enc. “Veritatis Splendor”, n. 17
[8] Cf. Carta de Martín Lutero a Philipp Melanchthon, 1º de Agosto de 1521
[9] Cf. Mt 23, 23
[10] Cf. Mt 17, 21; Mc 9, 29
[11]Cf.  Mt 6, 17
[12] Sal 50, 18-19
[13] Sal 39, 7-8
[14] Sal 126, 1-2
[15] Pelagio entendía la gracia como una capacitación natural de la voluntad para practicar el bien; esto es, como gracia externa. El Cristo de Pelagio es el ejemplo que “debe” imitar el pecador que, inspirándose en él, puede restaurar de nuevo la originaria imagen y semejanza con Dios que había quedado distorsionada. Cristo nos ha mostrado su gracia y nos ha justificado solamente bajo la forma de ejemplo. Nosotros estamos llamados, por nuestra parte, y en virtud de nuestra libertad natural, a aceptar esta oferta. A través de nuestros propios esfuerzos morales, dice Pelagio, podemos conformarnos según la forma de Cristo, que es el auténtico don de la gracia. (Cf. Gerhard Ludwig Müller, “Dogmática, teoría y práctica de la teología”, (Herder), Barcelona, 1998, p. 801s)
[16] Hb 10, 7
[17] Hb 10, 9s
[18] Cf. 1 Co 13, 5
[19] Juan Pablo II, Carta Enc. “SALVIFICI DOLORIS”,  Nº 21
[20] S. TOMÁS DE AQUINO, “Summa Theologiae”, I-II, q. 106, a.1.
[21] Juan Pablo II, op. cit.,  Nº 17
[22] Cf. Gal 2,20
[23] Cf. Jn 13, 5
[24] Cf. Flp 2, 6-11
[25] Cf. Jn 15,5
[26] Cf. Teresa de Lisieux.  “Historia de un alma”, Cap. 8; (1 Co 13, 1-3)
[27] Cf. Jn 15, 11
[28] Eugenio DAL PANE y otros, “Camino a Damasco”, (Editrice Vaticana) 2009; p. 108.
[29] Ga 2, 19-20
[30] Benedicto XVI, Carta Enc. “SPE SALVI, salvados en esperanza”, Nº 35
[31] Ibíd.; 1Co 3,9; 1 Ts 3,2
[32] Cf. Emiliano Jiménez Hernández, “La vida en Cristo”, (DDB), Bilbao 1995, p.158
[33] Cf. Sal 36,5
[34] Rm 8, 35.37-38