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viernes, 28 de agosto de 2015

Catequesis para jóvenes y adultos: San José de Nazaret


                                                     José de Nazaret

“Tú estarás al frente de mi casa, y de lo que tú digas dependerá todo mi pueblo” (Gn 41, 40)

Tal vez muchos se pregunten por qué san José en una catequesis para jóvenes. Y es que casi siempre el arte ha representado a José de Nazaret notoriamente mucho mayor a la virgen María, casi un anciano. Si hubiese sido así, pienso que los evangelios habrían hecho alguna indicación de esta característica poco usual. Pero no lo hicieron. Según la costumbre judía, el compromiso de José y María, tuvo que ser, por tanto, un compromiso más, de lo más normal, entre una doncella de entre catorce y dieciséis años, y un joven de entre dieciocho y veinticinco. Esto por supuesto tampoco puede concluirse definitivamente.
Hoy en día, ya no se ve que un joven de veinticinco años se case. Hoy vemos más bien a hombres de entre treinta y cinco y cuarenta años que siguen siendo ‘niños’ viviendo con sus padres, profesionales y expertos en su campo técnico, pero incapaces de asumir compromisos y responsabilidades familiares en relación con una mujer; vemos ‘hombres’ niñatos movidos por sus apetencias infantiles de pasarla bien y no sufrir, y que incluso así se creen muy hombres.
La figura de José de Nazaret se vuelve entonces contrastante y reveladora. Nos interpela hoy en un mundo movido por la sensualidad y atrapado en la esclavitud del culto a lo sensible. José nos cambiaría a todos ahora mismo todos los patrones del pensamiento y del comportamiento, sobre todo del modelo egoísta del consumismo radical occidental aunque ahora casi global. ¿Qué es ser hombre? ¿Dónde radica la esencia de un varón? ¿Cómo se pondera su virilidad? ¿Cuál es la diferencia específica de lo masculino? ¿Qué es en definitiva un hombre bueno?
Llama la atención que la única característica que se dice en los evangelios de José es que era un hombre ‘justo’. Tendríamos que detenernos entonces en este término. La palabra ‘justicia’ en la Escritura no sólo se refiere a la concepción occidental de lo meramente distributivo, es decir, en el concepto de dar a cada uno ‘lo suyo’. El pensamiento semita va mucho más allá de esta idea. Lo más cercano a nuestro léxico sería asemejarlo a la ‘bondad’, que no es cualquier bondad. Esta es una bondad radical, extrema, inmutable, una bondad que es imagen y participación de la bondad divina: justicia divina y bondad divina son, podría decirse, sinónimas. Con un ejemplo, mostraremos que la justicia divina y la justicia humana pueden llegar a ser incluso contrapuestos. Entre dos hombres sospechosos acusados de violación y asesinato, se tendría que ser muy exhaustivos para dar con el verdadero ‘culpable’, ya que no es cualquier delito que se imputaría a un hombre que en realidad sea inocente. Aquí, justicia humana es descubrir al culpable para que sobre él caiga todo el peso de la ley: cárcel, cadena perpetua, e incluso dependiendo del país, la pena de muerte. Sobre la otra persona recaería la reparación civil por su honra puesta en tela de juicio.
En el caso anterior, la justicia divina funciona así: el hombre inocente se echa la culpa para que el otro quede absuelto y viva. El inocente no tiene culpa, no ha cometido delito alguno pero da su vida por el asesino. Nosotros nos preguntaríamos qué juez dictaminaría semejante veredicto. Este juez es Dios. Sí, todos nosotros somos culpables de robos, mentiras, maledicencias, fornicaciones, adulterios, abandono de niños, maltrato de mujeres, extorsiones, secuestros, violaciones, drogadicción, narcotráfico, pedofilia, prostitución, masturbación, pornografía, trata de blancas, comercio sexual infantil, etc. Todos matamos al hombre, al prójimo, a uno que es como nosotros. Todos, por tanto, merecemos la muerte. Pero Dios no nos ha condenado a nosotros sino que ha dejado que la condena recaiga sobre su propio Hijo, Jesucristo, el único inocente que ha conocido esta tierra en toda la historia humana y pasó por este mundo ‘haciendo el bien’ (cf. Hch 10, 38). En este caso, podríamos decir que la ‘justicia divina’ fue la mayor de las ‘injusticias humanas’. De aquí que cuando leemos ‘justicia divina’ en la Escritura, entenderíamos mejor el sentido si lo asumimos como ‘bondad divina’.
Volviendo a la historia de José, decíamos que lo primero que se dice de él es que era ‘justo’ (zaddik). El Papa Benedicto XVI decía que este término nos ofrece un cuadro completo de san José.[1] El salmo 1 nos dice del justo que “su gozo está en la ley del Señor” (v2); no es para él una ley impuesta desde fuera sino que goza al comprenderla y vivirla desde dentro. A este hombre se le considera ‘dichoso’ así como Jeremías considera ‘bendito’ a quien “confía en el Señor y pone en el Señor su confianza” (Jr 17, 7). Mateo conoce bien que estos términos definen a un hombre justo y presenta a José como tal. En este sentido, José es un hombre que hunde sus raíces en las aguas vivas de la Palabra de Dios, que está siempre en diálogo con Dios y por eso da fruto constantemente. Ahora bien, llega el momento –dice nuestro querido Papa emérito- de la ‘gran desilusión’ y aquí aparece lo esencial. ¿De qué está desilusionado José?, ¿está desilusionado de María? El repudio en secreto, ¿significaría que no le creyó, dudó de ella y, por consiguiente, quiso abandonarla? Casi siempre se ha interpretado la reacción de José en este sentido, pero convendría profundizar ayudados en la Escritura cuál pudo ser el sentir de José.
Dice san Pablo acerca de Jesús: ‘Yo sé bien en quién tengo puesta mi confianza’. San Pablo dice esto porque había visto a Jesús, había tenido experiencia de él. Los ojos de Jesús son los ojos de María, ellos reflejaban su alma. José había visto a María a los ojos, había visto su alma  y sabía muy bien quién era ella, sabía en quién había puesto su fe y por eso la amaba. Su decisión debía corresponder a un perfecto equilibrio entre la ley y el amor. José siempre le creyó pero, como era lógico, el actuar de Dios tuvo que ser realmente inaudito para él, radicalmente insospechado, incomprensible a la sola inteligencia humana, sin precedentes ni referentes en la historia. Esto superaría a cualquier hombre. La razón humana no llega a esos niveles. Él necesitaba su propia revelación personal, no por incredulidad, sino por naturaleza, ya que algo totalmente nuevo necesita ser revelado. Por lo pronto, sólo de una cosa estaba convencido: que amaba la Ley porque amaba a Dios; y amaba a María, por lo que quería salvarle la vida. La crisis de José, en consecuencia, tenía que ser otra. En aquel tiempo, toda mujer soñaba con ser la madre del Mesías, y todo hombre con ser su padre. Pero a nadie se le hubiera ocurrido que el Mesías no sería engendrado por medios humanos, sino que sería el mismo “Hijo del Altísimo” (cf. Lc 1, 32.35). En este sentido, ¿cuál sería su lugar en la historia?, ¿por qué permitió Dios que se desposara con María?, ¿queda él ahora fuera de este proyecto?, ¿podía él vivir con la mujer que amaba, o debía renunciar a ella?, ¿puede un hombre vivir lejos de la persona que más ama en este mundo? La angustia existencial de José debió ser atroz. José debió sentir el mismo terror de Adán al no encontrar sobre la faz de la tierra un solo ser semejante a él, a quien entregarse y con quien realizarse como persona, es decir, amando. Esta angustia debió ser de muerte. Y entonces llegó el momento.
Dios vio el sufrimiento de Adán y se compadeció de él diciendo: “No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda adecuada” (Gn 2, 18). Y como ocurrió con Adán pasó con José también. Llegó el momento del sopor, el momento del sueño, el momento de la intervención de Dios, el momento de la alianza personal entre Dios y el hombre. En sueños, Dios constituyó existencialmente a José como el esposo de María. Y José volvió a la alegría indescriptible que experimentó Adán, la cual lo hizo exultar y gritar el primer canto de amor de la “historia”: “Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gn 2, 23). José acababa de descubrir su vida llena de sentido: María sí le sería dada, sí podría gastar su vida con ella, entregar su vida por ella y por su hijo…hasta la muerte.
José tiene una sensibilidad a lo divino impresionante. Al igual que Jacob, el modo del sueño le basta para tener la convicción de que es Dios quien le ha hablado y ha hecho una alianza de amor con él.[2]
Dios le acaba de confiar nada menos que a su Esposa, la Reina del mundo y Señora de los ángeles, y a su propio Hijo. Como dice san Bernardino de Siena, para esta misión Dios tuvo que otorgarle a José todos los carismas.[3]
Un punto crucial es el de la indicación del ángel: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). Aquí hay varios elementos en los que quisiera detenerme. El primero es el ‘sobrenombre’, que en realidad es mucho más que eso. A José, el ángel le recuerda su raíz, su estirpe, el hilo conductor en su historia de salvación. Él tiene sangre real, es descendiente del más grande rey de la historia de su pueblo, sobre el que recaen todas las promesas de Dios: “reafirmaré a la descendencia que salga de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza […] yo seré para él un padre y él será para mí un hijo […] no apartaré de él mi amor […] tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme eternamente” (2S 7, 12-16). Y también: “He encontrado en David un servidor […] lo acompañarán mi lealtad y mi amor […], amor eterno le guardaré, mi alianza con él será firme, le daré una estirpe perpetua, un trono duradero como el cielo […]. Mi alianza no violaré, no me retractaré de lo dicho; por mi santidad juré una vez que no había de mentir a David. Su estirpe durará siempre, su trono como el sol ante mí, se mantendrá siempre como la luna, testigo fidedigno en el cielo” (Sal 88, 21-38)
El evangelista Mateo nos cuenta al inicio de su evangelio (ver cap. 1), que el padre de José se llamaba Jacob, por tanto, si sólo se tratara de un sobrenombre el ángel le hubiese llamado Bar Jacob (José de Jacob, José hijo de Jacob). Pero no, Mateo nos refiere que el ángel llama a José “hijo de David”. No es un sobrenombre, es la memoria de una promesa que quiere actualizarse, una promesa hecha por Dios mismo, la cual recae ahora sobre él. De su estirpe vendrá el Mesías, sólo que a esta continuidad de la historia le aparece ahora una discontinuidad, un punto de quiebre: el niño ya está engendrado y no ha sido por él. El evangelista Mateo ha plasmado en su ‘genealogía de Jesús’ perfectamente esta discontinuidad: “…y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo” (Mt 1, 16). No dice Mateo: “José, engendró de María, a Jesús” como sí se dice en los casos de Judá, Salmón, Booz y David, en los que se indica que engendraron de Tamar, Rajab, Rut y Betasabé, respectivamente. En José, Dios se detiene para actuar Él mismo, para engendrar Él mismo, en Persona, de María, a su propio Hijo.
Se entiende, entonces, que el ángel le continúe diciendo a José: “No temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo”. El papa Benedicto XVI comenta que al llamarlo “hijo de David” Dios lo constituye destinatario de su promesa, en la que él debe hacerse garante de la fidelidad de Dios. Esto verdaderamente -dice este Papa- puede suscitar temor[4]. Por eso dice el ángel ‘no temas’, y aquí se entiende  que no se le dice ‘no temas’ porque José dude de María, sino por el miedo a semejante misión que podría aterrorizar a cualquiera. No se le dice a José que María espera un hijo del Espíritu Santo porque no lo crea, sino para recordarle que en esta misión, Dios mismo, en Persona, estará con él. Desde ahora la misión del Hijo de Dios es su misión, y lo es antes para él. José tiene que experimentar antes que su propio hijo que las palabras del profeta Isaías se cumplan en él: “Pero el Señor me ayuda, por eso no sentía los insultos […], cerca está el que me justifica. ¿Quién disputará conmigo? […] Si el Señor me ayuda ¿quién podrá condenarme?” (Is 50, 7-9)
En el ‘no temas tomar contigo a María tu mujer’, Dios está haciendo partícipe a José del misterio inefable de la encarnación del Verbo. María no le será quitada sino que le será dada como ‘ayuda adecuada’ (cf. Gn 2, 18) en la gran misión de custodiar, alimentar, proteger, educar al ‘Hijo del hombre’; a su vez, él también será la ‘ayuda adecuada’ de María. En una palabra, José tendrá que esculpir la personalidad humana de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios. María será su mujer en una nueva dimensión, imposible en la fuerza humana, aunque sobre esto trataremos más adelante.
No deberá temer porque, si lo engendrado en ella es del Espíritu Santo, significa que Dios por primera vez en la historia humana habitará personalmente en una casa, lo que antes era inaudito. Lo que se cuestionaba el rey Salomón: “¿Habitará Dios con los hombres en la tierra?” (1R 8, 27), ahora está ocurriendo. El eterno ha entrado en el tiempo. Al que ‘ni los cielos’, ni ‘los cielos de los cielos’ podían contener (cf. 1R 8, 27), ahora se dejará tocar por él, más aún, se dejará formar por él, estará sumiso a él y le obedecerá. Dios se pone bajo el cuidado y a disposición de un hombre; la Palabra creadora se hace sumisa a la criatura.
El punto culminante en la revelación a José es lo que sigue: “[María] dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). Nuevamente volvemos al tema del nombre. La implicancia externa o jurídica es que con este acto José adopta al niño como hijo suyo. Legalmente Jesús será hijo de José. Pero además hay otra consecuencia más profunda. Ya este nombre también había sido indicado por el ángel a María para que se lo pusiera al niño: el nombre Jesús (Jeshua) quiere decir ‘Yahvé es salvación’ o ‘Yahvé salva’. Lo novedoso con José es que se indica en qué consistirá esta salvación: ‘él salvará a su pueblo de sus pecados’. No habrá una salvación política, sino una más radical; la salvación consistirá en la destrucción no de un mal temporal -como la ocupación romana-, sino de un mal eterno como el pecado.
En el acto de poner el nombre hay algo más que un mero formalismo. San Juan Pablo II en sus catequesis sobre la teología del cuerpo nos decía que cuando Dios llevó a todos los animales para que éste les pusiera nombre no había en este acto sólo un mero hecho nominalista, sino que Adán conocía la esencia misma de todas las criaturas, las conocía desde dentro, conocía aquello que las hacía ser lo que eran y precisamente por eso las nombraba diciendo cuál era la naturaleza de cada una de ellas. Adán conocía (antes del pecado original) la intimidad de toda la naturaleza creada, y esto era porque Dios le había participado de este conocimiento. Adán perdió esta capacidad por el pecado. Perdió el discernimiento de lo que era el bien y el mal.
Ahora José deberá formar en el ‘Nuevo Adán’, que es Jesús, la experiencia más íntima de lo que es el ser de las cosas, la bondad de cada una de ellas, del ser de Dios, su misericordia, su providencia, su paternidad, su amor. El profeta Jeremías es el primero en mostrar a Dios como un padre. Jesús llevará esta experiencia al extremo, hasta el punto de llamar a Dios ‘Abbá’ (papá), un término usado sólo en el contexto familiar, sólo para dirigirse al padre de sangre. Jesús le puede llamar así gracias a su experiencia con José. Si Jesús habla con convicción de que Dios es un Padre Bueno que sabe dar cosas buenas a sus hijos, es porque lo ha visto en José. Si Jesús está convencido de que no hay por qué preocuparse del mañana porque Dios es un Padre providente, es porque viendo a José detener su trabajo para rezar a Dios siete veces al día[5], nunca les faltó nada.
Hay dos pasajes de la vida de Jesús que dicen mucho de la humildad de José. El primero es el asombro de sus paisanos al escuchar su predicación: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mt 13, 55), se preguntaban estupefactos al escuchar las palabras llenas de sabiduría que salían de su boca (cf. Lc 4, 22). El apelativo ‘hijo de carpintero’ no debe ser tomado en sentido despectivo sino objetivo. Todo varón respetable en la cultura hebrea debía tener dos características: tener conocimiento de la Ley, y además, debía saber un oficio, ser partícipe del ser-creativo de Dios estando ejercitado en una actividad manual específica. San Pablo, por ejemplo, además de ser experto en la Toráh (fariseo educado a los pies de Gamaliel) era ‘fabricante de tiendas (carpas)’. José era teknón, traducido como carpintero, pero en realidad esta palabra es referida a toda actividad manual en el campo de la construcción. Entonces, si tenemos en cuenta otro pasaje bíblico (el de Jesús niño en medio de los doctores del Templo)[6] podríamos llegar a una idea de fondo. Cuando el niño Jesús es encontrado luego de tres días en medio de los doctores de la Ley ‘escuchándoles y haciéndoles preguntas’, sus padres vieron que  “todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas” (Lc 2, 47). Santo Tomás de Aquino decía que la gracia no destruye la naturaleza ni la sustituye sino que la eleva. Quien enseñó a Jesús a leer la Toráh y a tener familiaridad con ella tuvieron que ser sus padres. En este sentido, ellos debieron tener el don de una sabiduría extraordinaria. Sus padres eran los pobres ‘que todo lo poseen’ (cf. 2Co 6, 10). Cuando a José se le llama carpintero no es por decirle ignorante o iletrado. Él debió ser, en el sentido estricto del término, un ‘sabio’, uno que ‘saborea’ ‘la altura y la profundidad’ (cf. Ef 3, 18) de Dios, y que su intimidad de amor con Él le lleva a conocerle profundamente. Por eso decimos que esto tiene que ver mucho con la humildad de José, porque pasa tan desapercibido que ni siquiera menciona una palabra en los evangelios, ni se le conoce por su elocuencia. Él es simple y llanamente ‘el carpintero’.

Sobre el tema del matrimonio entre José y María, decíamos que lo que se pedía a José es algo hasta ese entonces nunca antes visto. Hay profetas a los que se les pide ser célibes como a Jeremías, o a Juan Bautista. Pero el matrimonio, por naturaleza, está llamado a la procreación de los hijos. Está inscrito en la naturaleza humana el ‘henchid la tierra’ y el ‘creced y multiplicaos’ (Gn 1, 28). La bendición del justo es que sus hijos estén ‘como renuevos de olivo alrededor de tu mesa’ y que su esposa sea como una ‘parra fecunda’ (cf. Sal 127, 3) ¿Qué ha pasado entonces con José y María? ¿Por qué esta ruptura o contradicción al mandato del Señor? La respuesta está en Jesucristo.
En el pasaje de la controversia entre Jesús y los saduceos sobre el tema de la resurrección de los muertos, se le plantea a Jesús el hipotético caso de una mujer que se casa con 7 hermanos, los cuales uno a uno van muriendo sin tener hijos, por lo que -según la ley- el hermano menor contiguo tenía que casarse con la mujer para dar descendencia a su hermano. Finalmente, le dicen a Jesús, muere el menor de todos, y luego, la mujer. Y la pregunta es: “En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será mujer?, porque todos estuvieron casados con ella” (cf. Mt 22, 23-33) Jesús responde que “en la resurrección, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en el cielo” (Mt 22, 30). Pues bien, aquí se revela la verdad sobre el sentido del matrimonio. Éste tiene el fin de llevar a la plena consumación a la humanidad, momento que será en la Parusía (Día de la segunda venida de Cristo), el día de la ‘resurrección’. Yves Semen nos resume comentando a Juan Pablo II:
“La resurrección de los muertos es el final de la historia, ‘la realización definitiva del género humano, la clausura cuantitativa del círculo de seres que fueron creados a imagen y semejanza de Dios, a fin de que multiplicándose a través de la conyugal ‘unidad en el cuerpo’ de hombres y mujeres, sometiesen la tierra’. Con el final de la historia cesa el crecimiento de la humanidad, que ha llegado a su acabamiento y, al mismo tiempo, el matrimonio, en cuanto obra por la que vienen nuevos seres humanos a la vida, ya no tiene razón de ser”.[7]
Y prosigue este autor:
“La comunicación de Dios con el hombre en ese nuevo estado de la humanidad que es la resurrección ‘será tan perfecta que calmará por completo y de una manera sobreabundante nuestra sed de comunión. Aquello para lo que hemos sido hechos, a saber: ser seres de comunión, una vocación que el matrimonio nos permite llevar a cabo aquí abajo, lo viviremos en un grado de total perfección en el ‘entregarse de Dios a cada persona. En consecuencia, ya no habrá allí ni marido ni mujer, porque la entrega de nosotros mismos a una persona estará infinitamente por debajo de aquello con lo que Dios mismo nos colmará, lo que recibe el nombre de ‘visión beatífica’”[8]
Allí (en el día de la resurrección) la historia humana habrá llegado a su fin, es decir, el matrimonio ya no tendrá sentido porque comenzará una nueva relación entre Dios y los hombres (que se salven), que será la relación ‘cara a cara’ o también conocida como  relación de la visión beatífica, el gozoso momento de ver a Dios tal y como Él es. Ésta será la máxima realización de la felicidad del hombre. (cf. 1 Co 13, 12). En la pequeña ‘casa de Nazaret’, donde habita Dios en persona, María y José viven una nueva dimensión del matrimonio: la dimensión de felicidad consumada, porque en Jesús se les adelantó la ‘contemplación de rostro de Dios’. Debido a ello cada uno llevó al máximo su ser-comunión con Dios teniendo en común este amor con el que Dios los llenaba plenamente. Toda relacionalidad de acto conyugal entre ellos, en consecuencia, ya no tenía razón de ser, ya que su sed de comunión estaba plenamente colmada por Dios en persona, Jesucristo. El ‘Dios con nosotros’ (Emmanuel) vivía con ellos, y la pequeña casa de Nazaret era ya un adelanto de cielo.
Serán como ángeles” (Mt 22, 30) no significa tampoco que serán seres ‘des-encarnados’, nada de eso. En el cielo viviremos en la plenitud de nuestro cuerpo, que en la resurrección será glorioso, un cuerpo que, como dice san Pablo, será ‘misterio’. Esto es lo admirable de José y María, sobre todo en José, del cual sabemos que no estuvo exento de la mancha del pecado original. José tuvo que experimentar los embates del sufrimiento y las tentaciones, y en esto está lo admirable de su personalidad. Recordemos que cuando Dios lo llama a llevar esta misión debió ser un joven de veinte años en promedio, por lo que su figura es una palabra de Dios interpelante para todos los varones, especialmente para los jóvenes.
Hoy en día, en una sociedad tan marcada por el erotismo y la sensualidad burda, donde el objetivo de la vida parecería ser el disfrutar al máximo sin ninguna responsabilidad, José de Nazaret aparece como una imagen que denuncia, o al menos, cuestiona. En el tiempo actual, en el que el ‘ser hombre’ está tan venido a menos, con tantos casos de hogares destruidos por peleas, rencores, asesinatos, violaciones de padres a hijos e hijastros, aparece José de Nazaret para decirnos que hay otra forma de actuar, otra forma de vivir, que dentro de cada hombre todavía queda algo inmenso, una semilla de eternidad, una sed de grandeza, un punto de bondad, de infinito, que Dios puede hacer que germine y crezca hasta llegar a niveles insospechados, de tal manera que un hombre pueda incluso criar a un hijo que no engendró y amarlo tanto o más que cuando fuera suyo, más que a su propia vida.
Actualmente, en que vemos que cada vez se hace más común la “familia alargada”, en donde un hombre se topa más frecuentemente con que tiene que educar a un hijo que no es suyo, a éste le quedan dos opciones: o vivir maltratando a este niño porque en su egoísmo éste le recuerda que hubo otro hombre en la vida de su mujer –que es el caso más común de reacción, al menos por lo que vemos en las noticias-, y si opta por esto obviamente su vida se volverá un infierno; u opta por otra alternativa, puede elegir amar. Obviamente que amar a un hijo que no es suyo no está en las fuerzas humanas, se necesita la ayuda de Dios. Aquí se vería el valor de este hombre, y José de Nazaret sería la esperanza de que este camino no sólo lo haría feliz en esta vida, sino que sería recordado, es decir, pasaría a la historia, como un hombre grande, como un hombre ‘justo’, como un hombre bueno. ‘Nunca el hombre es tan hombre como cuando se arrodilla delante de Dios’. Y esto fue lo que hizo José; se arrodilló, pidió…y fue escuchado. Igualmente puede ser escuchado cualquiera.
La figura de José de Nazaret nos dice que la hombría no está en gritar, engañar, golpear o violar a una mujer, ni tener cincuenta mujeres a la vez. Ser hombre es otra cosa. José de Nazaret aceptó ser el esposo que no toca, el padre que no engendra; y verdaderamente fue esposo… y verdaderamente fue padre, un gran padre. Porque hay que ser bien hombre para aceptar ser durante toda tu vida una sombra, la sombra de Dios. Su humildad fue tan grande que en todo el Evangelio es el único del que no se menciona que haya dicho una sola palabra. Su virtud no está en hablar sino en escuchar y obedecer. Hizo todo lo que se le dijo que hiciera. José, como dice Ian Dobraczynski, fue no sólo para Jesús de Nazaret, sino para todos nosotros, la sombra del Padre.

Gustavo Arriola Guzmán
Los Olivos, 28 de agosto de 2015, Memoria de san Agustín, Obispo y Doctor de la Iglesia




[1] JOSEPH RATZINGER, “La infancia de Jesús”, p45
[2] cf. Gn 28, 10-12
[3] Sermón 2, opera 7, 16.27-30, citado por LLHH (DDB), tomo II, p1603
[4] Cf. Op. cit. p48
[5] Cf. Sal 119,164

[6] Cf. Lc 2, 41-51
[7] Cf. Yves Semen, op.cit., p142; Juan Pablo II, Audiencia General, 02/12/1981, §4
[8] Idem

miércoles, 12 de junio de 2013

Sobre la escatología cristiana

“Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación” (Lc 21, 28)
Sobre la escatología cristiana

I.                  Introducción
Cuando se me pidió una catequesis sobre los novísimos que esté pensada para los jóvenes de la pastoral del sacramento de Confirmación, lo primero que pensé fue en una dificultad: que no tenía ni idea de cómo hacerlo. Y todo por una sencilla cuestión: ¿cómo darse a entender a los jóvenes?, ¿cómo hablar de algo que para ellos suena a un cuento mitológico más ya superado? Definitivamente que hablar del juicio final, el fin del mundo, el purgatorio, el cielo y el infierno no será siempre fácil. En este sentido el primer reto era no cargar la catequesis con definiciones dogmáticas complicadas o expresiones teológicas incomprensibles para ellos.
No obstante lo anterior, al mismo tiempo tampoco se podía caer en una subestimación de la inteligencia de los jóvenes, en un desprecio de su hambre por la verdad. En este sentido coincido con Benedicto XVI cuando afirma: “Algunas personas me dicen que a los jóvenes de hoy no les interesa esto. Yo no estoy de acuerdo y estoy seguro de tener razón. Los jóvenes de hoy no son tan superficiales como se dice ellos. Quieren saber qué es lo verdaderamente importante en la vida.”[1] La juventud es el tiempo de la búsqueda de las verdades más profundas sobre la existencia humana, por lo que tampoco se puede infantilizar la catequesis para los jóvenes. Por tanto, se ha querido sustentar las afirmaciones con notas al pie de página que sirvan como guía sobre todo para los catequistas que conviene estén sólidamente formados, en temas tan cruciales como los novísimos[2], verdades tan decisivas para todo hombre. Espero,  en este sentido, que esta pequeña catequesis no sólo sirva de ayuda a los jóvenes sino también a los adultos que se estén iniciando en la fe.


II.               Definición de Escatología
La palabra escatología, que viene del griego eschatón (“último”) se refiere al estudio de las últimas cosas, es decir, de las concernientes al final de la vida del hombre, al final de la historia humana (parusía) y también a la del “más allá”. De por sí trae una primera dificultad: que nadie ha estado en el “más allá” y ha vuelto para contárnoslo. Algo que se da por supuesto para el desarrollo de la escatología es la certeza de la inmortalidad del alma humana, la cual, no es un mero dogma de fe sino que también es una verdad filosóficamente demostrable a la sola luz de la razón. Por lo demás, todo lo que sabemos de lo que acontecería en el más allá lo sabemos por revelación divina plasmada ya sea en la Escritura o la Tradición y definida por el Magisterio de la Iglesia.

III.           El Reino de Dios
Un tema muy legado a la escatología es el del Reino de Dios. Éste fue el objeto principal de la predicación de Jesús de Nazaret. De hecho, al comienzo de su vida pública Jesús afirma: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 14s; Mt 4, 12ss)
El punto sería ahora reflexionar: ¿Qué es el Reino de Dios?, ¿a qué se refería Jesucristo con este término?, ¿qué novedad nos ha traído Jesucristo?, ¿qué ha cambiado con su venida a este mundo?, ¿ha cambiado algo?, ¿es que acaso el mundo no sigue igual o peor de como estaba cuando Él llegó? Conviene saber que el Reino de Dios, por la fuerza de Dios, quiere ser un “cambio real” en la humanidad y en la historia humana. El Papa Benedicto XVI nos respondía a estas cuestiones sencillamente con una frase rotunda: Jesús de Nazaret nos ha traído a Dios mismo[3]. Él es Dios. Dios ha entrado en el tiempo y en la historia humana cambiándola para siempre. Nada podrá volver a ser lo mismo de antes. Él es el Reino de Dios, su persona misma. Es por ello que, como dicen los exegetas, es una realidad “iam sed nondum” (ya pero todavía no), es una realidad ya realizada pero aún no consumada.
El reino de Dios comienza con la venida de Cristo y se visualiza en la Iglesia (durante la historia humana) y se consumará en el más allá, en la parusía de Jesucristo, porque la plenitud del Reino de Dios tendrá lugar al final de la historia.

IV.           Los Novísimos
Llamamos novísimos a los últimos acontecimientos, es decir, a las postrimerías (lo que viene con posterioridad) del hombre. Tradicionalmente los novísimos son cuatro: muerte, juicio, infierno y gloria. Dentro de la escatología cristiana se tiene que hablar además del purgatorio.

La muerte
No todos “aprenden” que se van a morir. Todos lo pueden suponer o incluso saber, mas no “aprehender” que se van a morir. Hoy más que nunca,  la experiencia con el tema de la muerte pasa por una paradoja: ser lo más trivial y lo más temido a la vez. Para que una película tenga éxito tiene que haber muchas balas, mucha sangre, muchas muertes. Casi todos los videojuegos sólo consisten en matar a los que más se pueda: gana el que más mata. Los ojos se han acostumbrado a ver la muerte de tal manera que ya nadie se inmuta, incluso no sólo con las películas (ficción), sino también con las noticias en periódicos o noticieros. Uno puede ver en el diario que un médico viola, mata a una chica, la descuartiza y la coloca en una maleta, o que se volcó un bus y murieron 50 pasajeros, y dar la vuelta a la página para buscar la sección de deportes como si ambas noticias tuvieran la misma naturaleza.
Desde otro punto de vista, la muerte es al mismo tiempo lo más temido. Es algo de lo que nadie quisiera hablar y lo que se tiene que evitar a toda costa. La ‘sociedad del bienestar’ actual es una muestra de ello. La proliferación de ‘spas’, centro de estética, productos de belleza y rejuvenecimiento, etc., no hacen más que suponer que el hombre está volviendo al sueño del elixir mágico de la eterna juventud, algo que extirpe a la muerte definitivamente de su existencia. Sin embargo, la muerte tiene las siguientes características: a) Es universal; b) Es un hecho decisivo que abarca toda la vida del hombre; y c) Es el culmen de la vida:
“El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí y sólo en Dios encuentra el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar” (CEC 27)
El deseo de Dios del que habla el catecismo se concretiza en el deseo de felicidad que es, en definitiva, el deseo de inmortalidad. El hombre tiene este deseo porque tiene un principio inmortal que es el alma que le ha dado Dios. Esto se da independientemente de que se crea en Dios o no. También el ateo tiene el deseo de inmortalidad. Lo único que tenemos claro es que por naturaleza nadie quiere morirse.
Pero, ¿qué es la muerte?, ¿es sólo no tener signos vitales para empezar a descomponernos? Los evangelios nos hablan de la muerte como una obra de Satán (cf. Jn 8,44). El Concilio Vaticano II ha expresado la resistencia del hombre ante la muerte. Las Escrituras afirman que la muerte es consecuencia del pecado (cf. Sb 1, 13; 2, 23; Rm 5, 12.21; St 1, 15; etc.). La misma afirmación la tenemos del Magisterio de la Iglesia.[4] Pero se podría decir que la muerte, en cuanto consecuencia del pecado, debe entenderse más bien como miedo o angustia ante ella; es decir, que lo malo no es la muerte en sí, sino que uno no se quiere morir. En general, se tiene el mismo miedo ante cualquier mal o sufrimiento que pueda sobrevenir.
 Lo que más teme el hombre en el fondo es “desaparecer”, que su existencia vuelva a la nada, ser nada y vacío. Todo esto nos lleva al meollo del asunto. Dice san Pablo:
“Para mí la vida es Cristo, y el morir, una ganancia. Pero si el vivir en el cuerpo significa para mí trabajo fecundo no sé qué escoger […]. Me siento apremiado por ambos extremos. Por un lado, mi deseo es partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; más por otro, quedarme en el cuerpo es más necesario para vosotros.”[5]
¿Por qué san Pablo escapa de lo convencional? Si no querer morirse es consecuencia del pecado original, san Pablo escapa del miedo a la muerte porque ahora está viviendo una ‘vida nueva’ gracias al Espíritu de Jesucristo:
“Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva”[6]
Ahora bien, ¿cómo empieza esta vida nueva de la que habla san Pablo? Esta vida nueva empieza con el encuentro personal con Jesucristo Resucitado. En este sentido, el Papa Benedicto XVI afirma en su primera encíclica sobre el amor cristiano que:
“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”[7]
Jesucristo es esta Persona que muere por todos los hombres (cf. Mt 20,28; Mc 10,45; Lc 22,27); de tal manera que ha conseguido para el hombre la salvación del pecado y de su principal consecuencia: la muerte, no sólo física sino la muerte definitiva, la muerte del ser. La vida nueva en Cristo comienza con la escucha del kerigma cristiano, donde se nos anuncia un acontecimiento: el misterio pascual (encarnación, vida, pasión, muerte, resurrección y nueva venida) de Jesucristo. El que cree en este anuncio se encuentra con Cristo, el que lo acepta en su vida muere y resucita con él –hecho que se actualiza en cada persona el día de su bautismo-, quiere estar con él, encuentra sentido a su vida y si su vida tiene sentido, adquiere sentido su sufrimiento y también su muerte.
En el estado de santidad se contempla lo que en realidad es la muerte. Se contempla que la muerte ha sido vencida (cf. 1Co 15, 54ss); en este estado se experimenta que el único miedo es el de perder a Cristo. Muchos santos nos han dejado por escrito esta experiencia. Para san Pablo, como vimos líneas arriba la vida es Cristo y la muerte una ganancia. Santa Teresa de Jesús escribe en sus poesías:
¡Oh muerte benigna,
socorre mis penas!
Tus golpes son dulces,
que el alma libertan.
¡Qué dicha, oh mi Amado,
estar junto a Ti!
Ansiosa de verte,
deseo morir.[8]

San Ignacio de Antioquía escribe a los romanos:
“Para mí es mejor morir en Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a Él, que ha muerto por nosotros; lo quiero a él, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima […] Dejadme recibir la luz pura; cuando llegue allí, seré un hombre.”[9]
Desde este punto de vida, se entiende que el hombre es una unidad de alma, cuerpo y espíritu; y que el espíritu, dado por Dios, vivifica al alma, y el alma anima el cuerpo. De tal manera que si el alma está muerta por el pecado, ya estamos muertos aunque vivamos biológicamente.
Ser santo es experimentar hoy día la resurrección de Cristo. La verdadera muerte es vivir en el no-amor; vivir en el amor cristiano es estar ya resucitado. Y el día de la Parusía se cumplirá lo dicho por el apóstol san Pablo: “El último enemigo en ser destruido será la Muerte” (1Co 15, 26). Por lo tanto, a la luz de la fe, esta victoria se puede dar ya ahora en el cristiano, de tal manera que lo que hoy conocemos como ‘muerte’ no es otra cosa más que el encuentro definitivo y hasta deseable con Jesucristo; es un simple tránsito hacia la plenitud. Entonces, si morimos en gracia (sin pecado mortal), la muerte es la puerta tras la cual está la Vida, tras la cual está Dios esperándonos con los brazos abiertos.


El Juicio
Un tema que sigue al de la muerte es el del “Juicio de Dios”. Este tema está relacionado con el del fin del mundo; ambos están íntimamente relacionados. El fin del mundo ha sido objeto de infinidad de elucubraciones literarias, muchas de ellas llevadas incluso al cine y a otros medios de difusión masiva. El común denominador en todas ellas es que el fin del mundo se muestra como la destrucción del planeta luego del cual no existe nada más, es el fin de la existencia y punto. Por ello, se muestra como algo sumamente temido e indeseable, algo realmente terrorífico. Las sectas hablan mucho de este tipo de final de la historia y han llevado a muchas personas al suicidio masivo inventando fechas del fin del mundo. Al final no pasó nada.
La visión cristiana del fin del mundo no tiene nada que ver con la que mucha gente tiene. Dice el Señor Jesús: “Cuando empiecen a suceder estas cosas[10], cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación” (Lc 21, 28). Los cristianos esperamos el fin del mundo porque es el día de la instauración definitiva del reinado de Dios, el día de la resurrección de los muertos y el de nuestra verdadera liberación de los lazos de la muerte, el día del definitivo y pleno comienzo de la vida eterna. Nadie espera a alguien que ama con miedo.
Y todo ello empezará con un juicio. Cuando se escucha la palabra juicio se tiende a asociarla con un tema jurídico, como una especie de mecanismo retributivo a la manera de una corte humana. El juicio de Dios no es algo meramente retributivo. En la Escritura la justicia de Dios hace referencia a la bondad de Dios. El día del Juicio es el día en que brillará la bondad de Dios. Esta diferencia entre justicia humana y divina se sintetiza en un versículo del evangelio: “Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie” (Jn 8, 15). Aquí Jesús está hablando del juicio retributivo de los hombres. Así no es su juicio. Respecto a este tipo de juicio, el apóstol san Juan es enfático al afirmar: “Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado, porque ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios.” (Jn 3, 17)
Además, dice el Señor Jesús: “Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos” (Jn9, 39). Y antes también afirma: “Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere. […] En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Jn 5, 21-24). Aquí está la misión de la Iglesia, en hacer que la palabra de Jesús se siga escuchando, siga llegando a todos los rincones de la tierra buscando un corazón dispuesto a acogerla. De tal manera, que en el Día del Juicio no será Dios quien condene, sino que cada uno decidirá la opción que tomó aquí en este mundo. Al igual que aquí, será el hombre quien decida estar sin Dios o acogerse a su misericordia. La verdadera ley es la de la libertad:
“Hablad y obrad tal y como corresponde a los que han de ser juzgados por la ley de la libertad. Porque tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; la misericordia se siente superior al juicio.”[11]
 Sí, Dios es amor (cf. 1Jn4, 8) y es misericordioso (cf. Ex 34, 6). Ambos, el amor y la misericordia brillarán en el día del Juicio para lo que aceptando la verdad, es decir, que son pecadores, se acojan a la misericordia. De esta manera el que está en Cristo no debe temer aunque su conciencia le acuse:
“Hijos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y según la verdad, y tendremos nuestra conciencia tranquila ante él, aunque nuestra conciencia nos condene, pues Dios, que lo sabe todo, está por encima de nuestra conciencia.” (1Jn3,18ss)
Así es, al final, la pregunta será: “¿Cuánto has amado?”. Cada uno, tendrá un juicio sólo en este sentido. Primero, un juicio particular (cf. Mt 16,27; 20,1; 25,14; Lc 12,12; 16,19-31; 23,43) que será inmediatamente luego de su muerte, verdadero fin del mundo para cada uno; y al final de la historia humana, el juicio universal (cf. Mt 13,30; 24,31; 25,31; Jn 5,28; 12,47-50), donde se ratificará lo decidido en el juicio particular –los que no aceptaron su misericordia aquí, no la aceptarán entonces, y se condenarán- y comenzará, como se dijo líneas supra, el reinado definitivo de Dios, en donde ya no habrá para los salvados, ni muerte, ni llanto, ni sufrimiento, sino que los que estén con él comenzarán a vivir el día feliz que no tiene ocaso; y los que se condenen comenzarán el suplicio de no ver a Dios ni a nadie, jamás.

El infierno
Al igual que con el caso del juicio y el del fin del mundo, sobre el infierno también se ha elucubrado mucho, para finalmente haber sido relegado a un tema ya superado. El infierno ya sólo es concebido como un tema del medioevo, un invento de la Iglesia para imprimir temor y conseguir así ciertos beneficios de los incautos de sus adeptos. Para el mundo contemporáneo el infierno no existe.
El Papa Pablo VI dijo una vez que el éxito del demonio en el mundo contemporáneo es haberle hecho creer al hombre que ni él ni el infierno existen. Con esto, Satanás ha logrado adelantarle un poco el infierno a muchos: familias destruidas, abortos, asesinatos, crímenes, extorsiones, violaciones, mercado de prostitución y pornografía, grupos satánicos, chamanes que afirman haber vendido su alma a Satanás, pedofilia, suicidios, hambre y miseria, envidia, droga, alcohol, sexo desenfrenado, masturbación, soledad, depresión, eutanasia, robos, secuestros, mentira, adulterio, consumismo extremo, egoísmo, etc., son algunas de la muestras del accionar del demonio en este mundo. No creer en el demonio no libra a nadie de su odio hacia todos y cada uno de los hombres.
El infierno manifiesta el profundo respeto que Dios tiene por la libertad del hombre. La decisión de ir al infierno es una decisión personal. Los auto-condenados al infierno experimentarán, pues, en primer lugar, la soledad –puesto que no se acepta depender de otro-, el odio hacia Dios, odio hacia los demás y la desesperación total. En el fondo se deja de ser persona.
La realidad del infierno se atestigua en la Escritura[12] y en el Magisterio de la Iglesia[13]; pero, al igual que la fe en Jesucristo comienza a través del encuentro con una Persona -de tal manera que la vida cristiana se convierte en una experiencia-, el infierno y sus adelantos también se comienzan a experimentar aquí, tal y como vimos en el párrafo anterior. ¿Qué es el infierno? El infierno es vivir para uno mismo. Quien vive en un egoísmo profundo queriendo que todo gire alrededor suyo, se queda finalmente solo y comienza ya a vivir el infierno.
En 1968, mientras el filósofo ateo Jean Paul Sartre afirmaba en una de sus obras: “El infierno son los otros”,  un joven teólogo alemán, Joseph Ratzinger, pronunciaba en Munich una conferencia en la que defendía lo contrario: El infierno es estar solo. Al igual que un niño perdido durante la noche en medio del bosque, siente un miedo no a algo, sino un miedo en sí mismo y más radical, un miedo a la soledad –miedo que desaparecería si apareciese una mano que lo guiase-, si existiese una soledad tal que ninguna palabra de otro pudiese llegar y tener un efecto transformante, un lugar donde no pudiera llegar ningún “tú”, entonces tendría lugar esa verdadera y total soledad que el teólogo llama infierno.
Lo importante aquí es entender que el infierno es el fracaso más radical que el hombre pueda tener. Más que un lugar físico de fuego y azufre, es un estado de fracaso rotundo y definitivo, es no ver a Dios y vivir fuera de su presencia eternamente. Como dice Juan Pablo II[14], el infierno es el rechazo definitivo del hombre a Dios; en este sentido, en el Catecismo se afirma: «Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno».[15] Si Dios es amor, el infierno es vivir en el desamor más absoluto. Todo el desamor que se vivió en la tierra viviendo en el estado de degeneración que se mostró líneas arriba no tendrá punto de comparación con lo que será el infierno, al cual se irá inmediatamente después de la muerte (cf. D531) y en el que el suplicio será eterno y sin retorno (cf. D511).

El Purgatorio
Sobre la esperanza en la otra vida hay afirmaciones importantes en el A.T. Es particularmente importante el pasaje de Judas Macabeo (cf. 2M 12, 38-46) en la que se muestra su noble iniciativa de hacer un sacrificio por sus compañeros muertos en batalla, al descubrir que estos habían pecado contra Yahvé; es decir, lo que aquí se muestra es que se puede interceder por los difuntos apelando a la misericordia de Dios.
No es dogma de fe que alguien esté en el infierno. Lo que sí se tiene claro es que allí está el demonio y los demás ángeles caídos, sus secuaces. Pero de ningún hombre se puede decir que está en el infierno, ni siquiera de Judas. Esto es fundamental para resaltar la importancia de la oración por los difuntos, ya que se puede interceder por ellos, así como también, ellos –los que ya estén con Dios- pueden interceder por nosotros.
“Para cuantos se encuentran en la condición de apertura a Dios, pero de un modo imperfecto, el camino hacia la bienaventuranza plena requiere una purificación, que la fe de la Iglesia ilustra mediante la doctrina del «purgatorio» (cf. CEC1030-1032).”[16]
 En este sentido, el purgatorio es la purificación de la persona en cuanto a aquellas penas temporales que no habían quedado purificadas durante la vida –ya sea por las penitencias impuestas por los confesores, por las obras de caridad, etc.-, las que se purifican después de la muerte. Que quede claro que no nos referimos al pecado mortal. Si alguien muere en pecado mortal, es dogma de fe que se condena al infierno.
El tesoro de la Iglesia es que en ella hay gran cantidad de la gracia de Dios y la Iglesia se considera administradora de este tesoro de la gracia de Cristo. Es por ello que la Iglesia puede conceder indulgencias y las concede con más intensidad cuando se proclama un año santo. Así, “la indulgencia es la remisión de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa –en el sacramento de la reconciliación-, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos.”[17] La concesión de las indulgencias está relacionada con el poder de las llaves (cf. Mt 16, 19) y también con el mandato de Jesús: “A quienes se los retengan [los pecados] les quedan retenidos” (Jn 20, 23).
Hay que eliminar todo vestigio de apego al mal y corregir toda imperfección del alma. La purificación debe ser completa, y precisamente esto es lo que enseña la doctrina de la Iglesia sobre el purgatorio. Este término no indica un lugar, sino una condición de vida. Quienes después de la muerte viven en un estado de purificación ya están en el amor de Cristo, que los libera de los residuos de la imperfección”[18]
Debe entenderse que la permanencia en el purgatorio, por tanto, no es eterna. Quien está allí, ya está salvado de la pena eterna del infierno. Sólo se trata de una purificación en el sufrimiento de no ver aún a Dios. La única manera de purificar un alma es a través del amor. La purificación se da por tanto, del ansia de querer ver ya mismo el rostro de Dios. El fuego del purgatorio es el fuego del amor de Dios, es la escuela del amor.

La Gloria
La voluntad de Dios es que todos se salven” (1Tm 2, 3s). Todos nosotros hemos sido creados por Dios por amor, en el amor y para el amor. Hemos sido creados para el cielo. Venimos de Dios y vamos hacia Dios. Toda el ansia de felicidad que experimentamos desde que nacemos hasta que morimos no es otra cosa que el deseo de Dios, el deseo de ver su rostro.[19] Dice san Agustín: “…nos has hecho [Señor] para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti.”[20]
El cielo es el estado de máxima felicidad del hombre, de máxima plenitud. En contraposición al fracaso radical del infierno, el cielo es la realización inconmensurable de la existencia humana. Allí se experimentará lo que se llama la visión beatífica de Dios.
En la Escritura no son pocos los pasajes en donde se menciona la gloria del cielo (cf. Mt 5,12; 6,20; 19,21; 18,8; Lc 6,23; 12,33; 23,43; Ap 19, 1-10). Dice el apóstol san Pablo: “Ahora vemos como en un espejo, en enigma, entonces veremos cara a cara [a Dios]. Ahora conozco de un modo parcial pero entonces conoceré como soy conocido [por Dios].[21]  Esta visión beatífica del rostro de Dios se le concede al alma inmediatamente después de la muerte, incluso antes del juicio final. Esto es dogma de fe.[22] El apóstol san Juan afirma en su primera carta: “Queridos ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado todavía lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es.” (1Jn 3,2)
Lo importante, finalmente, es saber que al igual que nuestra experiencia aquí nos puede servir de garantía de la existencia del infierno, el cielo también puede tener un comienzo aquí en este mundo. Los cristianos comenzamos a vivir ya la vida eterna creyendo en Jesucristo. Estar en el cielo es estar dentro de Jesucristo. El bautismo nos concede ser hijos en el Hijo, coherederos del cielo y partícipes de su gloria aquí en modo parcial en la Iglesia y de modo definitivo después de la muerte. Y en la Eucaristía no somos nosotros quienes asimilamos a Cristo al comer su cuerpo; es él quien nos asume a nosotros. De tal manera que la Eucaristía es, en este sentido, el preámbulo más cercano al cielo.
Si el infierno es vivir para sí mismo, el cielo es vivir para los demás. La única forma de comenzar a vivir esto es teniendo un nuevo principio de vida, un nuevo espíritu, el Espíritu de Dios habitando en nosotros. De allí la grandeza de la misión de la Iglesia, único lugar donde podemos ya comenzar a experimentar la vida beatífica, no exenta de luchas y sufrimientos; pero, a pesar de todo, feliz.
Vivir para los demás es la característica de la nueva vida en Cristo Jesús, tal y como afirma san Pablo: “Y [Cristo] murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.” (2Co 5, 15). Hay un lugar aquí donde esto comienza a darse, un lugar que puede convertirse en la escuela del amor, la escuela de vivir para los demás, la escuela de la comunión, el cielo en la tierra. Y ese lugar es la familia. De allí se entiende el gran interés de Satanás en destruir la familia. Juan Pablo II dijo una vez en una homilía que la familia cristiana es el icono de la Santísima Trinidad en la tierra.[23]
¿Qué es el cielo?, el cielo es donde está Dios. Si en casa, con los míos, habita Dios, mi casa es el cielo. Por eso el Papa Benedicto XVI ante una pregunta que le hizo una niña sobre su familia[24] dijo una de las cosas más bellas que se haya escuchado –recuérdese que excepto su hermano, ya toda su familia ha fallecido-: “Y, a decir verdad, cuando trato de imaginar un poco cómo será en el Paraíso, se me aparece siempre el tiempo de mi juventud, de mi infancia. Así, en este contexto de confianza, de alegría y de amor, éramos felices, y pienso que en el Paraíso debería ser similar a como era en mi juventud. En este sentido, espero ir “a casa”, yendo hacia la “otra parte del mundo”.
María, Reina del Cielo, ruega por nosotros.

Gustavo Arriola Guzmán
Generación Juan Pablo II, comunidad para la Nueva Evangelización
Movimiento de retiros parroquiales Juan XXIII





[1] Benedicto XVI, Prólogo del YOUCAT, Catecismo joven de la Iglesia Católica, (Encuentro), Madrid, 2011
[2] Cf. Congregación para el Clero; “Directorio General para la Catequesis”; (CEP), p.34
[3] Joseph Ratzinger (Benedicto XVI); “Jesús de Nazaret”, tomo I, (planeta), 2007, p.69
[4] Cf. GS 18; Concilio de Trento (DH1511.1521); Concilio de Cartago (DH222); Sínodo de Orange (DH 372)
[5] Flp 1, 21-24
[6] Rm 6, 4
[7] Cf. Benedicto XVI, Carta Enc. “Deus Caritas Est”, n.1
[8] Santa Teresa de Jesús, poesía “Ayes del destierro”
[9] San Ignacio de Antioquía, “Epístula ad Romanos”, 6, 1-2. Citado por CEC 1010
[10] Aquí se refiere el texto a las catástrofes con las que son descritas el fin del mundo en el discurso escatológico de Jesús (cf. Mc13, Mt 24, Lc 21), en el que los evangelistas usan un estilo literario llamado “apocalíptico”, el cual es sólo eso, un estilo literario. Pero no necesariamente las cosas tienen que suceder al pie de la letra. Por ejemplo, san Pedro ve cumplida la predicción del profeta Joel (cf. Jl 3, 1-5) sobre el día de Yahvé en Pentecostés (cf. Hch 2, 16-21), donde se habla del sol cambiando en tinieblas y la luna en sangre aunque nada de eso se advirtió aquel día.
[11] St 2, 12s
[12] Cf. Mt 8, 12; 22, 13; 18, 8; 25, 30.41; 13, 42.50;  Mc 5,22; 8,12; 13,42; 10,28; 18,9; 23,15; Mc 9,43; Lc 3,17; 8, 31; 12,5; 16,19.28; Ap 9, 11; 20, 1ss.
[13] Cf. DH 4656s; D16.40.429.464.714.511
[14] Cf. Catequesis del Papa Juan Pablo II sobre el Infierno, miércoles 28 de julio de 1999
[15] CEC 1033
[16] Catequesis de Juan Pablo II: “El purgatorio: purificación necesaria para el encuentro con Dios”, miércoles 4 de agosto de 1999.

[17] Pablo VI, Const. Ap. “Indulgentiarum Doctrinae”
[18] Cf. concilio ecuménico de Florencia, Decretum pro Graecis: DH 1304; concilio ecuménico de Trento, Decretum de justificatione y Decretum de purgatorio: ib., 1580 y 1820; citado por Juan Pablo II, Ibid.
[19] Cf. CEC 27
[20] San Agustín, Confesiones, I,1,1 (PL 32, 659-661)
[21] 1 Co 13, 12
[22] Cf. D475. 530. 693. 696
[23] Juan Pablo II, Homilía en la misa con las familias del Camino Neocatecumenal que partían a la misión; Porto san Giorgio, 30/12/1988
[24] Encuentro mundial con las familias, 2 de Junio de 2012. Cf. L’osservatore Romano, 2012, N°24, p.8