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viernes, 28 de agosto de 2015

Catequesis para jóvenes y adultos: San José de Nazaret


                                                     José de Nazaret

“Tú estarás al frente de mi casa, y de lo que tú digas dependerá todo mi pueblo” (Gn 41, 40)

Tal vez muchos se pregunten por qué san José en una catequesis para jóvenes. Y es que casi siempre el arte ha representado a José de Nazaret notoriamente mucho mayor a la virgen María, casi un anciano. Si hubiese sido así, pienso que los evangelios habrían hecho alguna indicación de esta característica poco usual. Pero no lo hicieron. Según la costumbre judía, el compromiso de José y María, tuvo que ser, por tanto, un compromiso más, de lo más normal, entre una doncella de entre catorce y dieciséis años, y un joven de entre dieciocho y veinticinco. Esto por supuesto tampoco puede concluirse definitivamente.
Hoy en día, ya no se ve que un joven de veinticinco años se case. Hoy vemos más bien a hombres de entre treinta y cinco y cuarenta años que siguen siendo ‘niños’ viviendo con sus padres, profesionales y expertos en su campo técnico, pero incapaces de asumir compromisos y responsabilidades familiares en relación con una mujer; vemos ‘hombres’ niñatos movidos por sus apetencias infantiles de pasarla bien y no sufrir, y que incluso así se creen muy hombres.
La figura de José de Nazaret se vuelve entonces contrastante y reveladora. Nos interpela hoy en un mundo movido por la sensualidad y atrapado en la esclavitud del culto a lo sensible. José nos cambiaría a todos ahora mismo todos los patrones del pensamiento y del comportamiento, sobre todo del modelo egoísta del consumismo radical occidental aunque ahora casi global. ¿Qué es ser hombre? ¿Dónde radica la esencia de un varón? ¿Cómo se pondera su virilidad? ¿Cuál es la diferencia específica de lo masculino? ¿Qué es en definitiva un hombre bueno?
Llama la atención que la única característica que se dice en los evangelios de José es que era un hombre ‘justo’. Tendríamos que detenernos entonces en este término. La palabra ‘justicia’ en la Escritura no sólo se refiere a la concepción occidental de lo meramente distributivo, es decir, en el concepto de dar a cada uno ‘lo suyo’. El pensamiento semita va mucho más allá de esta idea. Lo más cercano a nuestro léxico sería asemejarlo a la ‘bondad’, que no es cualquier bondad. Esta es una bondad radical, extrema, inmutable, una bondad que es imagen y participación de la bondad divina: justicia divina y bondad divina son, podría decirse, sinónimas. Con un ejemplo, mostraremos que la justicia divina y la justicia humana pueden llegar a ser incluso contrapuestos. Entre dos hombres sospechosos acusados de violación y asesinato, se tendría que ser muy exhaustivos para dar con el verdadero ‘culpable’, ya que no es cualquier delito que se imputaría a un hombre que en realidad sea inocente. Aquí, justicia humana es descubrir al culpable para que sobre él caiga todo el peso de la ley: cárcel, cadena perpetua, e incluso dependiendo del país, la pena de muerte. Sobre la otra persona recaería la reparación civil por su honra puesta en tela de juicio.
En el caso anterior, la justicia divina funciona así: el hombre inocente se echa la culpa para que el otro quede absuelto y viva. El inocente no tiene culpa, no ha cometido delito alguno pero da su vida por el asesino. Nosotros nos preguntaríamos qué juez dictaminaría semejante veredicto. Este juez es Dios. Sí, todos nosotros somos culpables de robos, mentiras, maledicencias, fornicaciones, adulterios, abandono de niños, maltrato de mujeres, extorsiones, secuestros, violaciones, drogadicción, narcotráfico, pedofilia, prostitución, masturbación, pornografía, trata de blancas, comercio sexual infantil, etc. Todos matamos al hombre, al prójimo, a uno que es como nosotros. Todos, por tanto, merecemos la muerte. Pero Dios no nos ha condenado a nosotros sino que ha dejado que la condena recaiga sobre su propio Hijo, Jesucristo, el único inocente que ha conocido esta tierra en toda la historia humana y pasó por este mundo ‘haciendo el bien’ (cf. Hch 10, 38). En este caso, podríamos decir que la ‘justicia divina’ fue la mayor de las ‘injusticias humanas’. De aquí que cuando leemos ‘justicia divina’ en la Escritura, entenderíamos mejor el sentido si lo asumimos como ‘bondad divina’.
Volviendo a la historia de José, decíamos que lo primero que se dice de él es que era ‘justo’ (zaddik). El Papa Benedicto XVI decía que este término nos ofrece un cuadro completo de san José.[1] El salmo 1 nos dice del justo que “su gozo está en la ley del Señor” (v2); no es para él una ley impuesta desde fuera sino que goza al comprenderla y vivirla desde dentro. A este hombre se le considera ‘dichoso’ así como Jeremías considera ‘bendito’ a quien “confía en el Señor y pone en el Señor su confianza” (Jr 17, 7). Mateo conoce bien que estos términos definen a un hombre justo y presenta a José como tal. En este sentido, José es un hombre que hunde sus raíces en las aguas vivas de la Palabra de Dios, que está siempre en diálogo con Dios y por eso da fruto constantemente. Ahora bien, llega el momento –dice nuestro querido Papa emérito- de la ‘gran desilusión’ y aquí aparece lo esencial. ¿De qué está desilusionado José?, ¿está desilusionado de María? El repudio en secreto, ¿significaría que no le creyó, dudó de ella y, por consiguiente, quiso abandonarla? Casi siempre se ha interpretado la reacción de José en este sentido, pero convendría profundizar ayudados en la Escritura cuál pudo ser el sentir de José.
Dice san Pablo acerca de Jesús: ‘Yo sé bien en quién tengo puesta mi confianza’. San Pablo dice esto porque había visto a Jesús, había tenido experiencia de él. Los ojos de Jesús son los ojos de María, ellos reflejaban su alma. José había visto a María a los ojos, había visto su alma  y sabía muy bien quién era ella, sabía en quién había puesto su fe y por eso la amaba. Su decisión debía corresponder a un perfecto equilibrio entre la ley y el amor. José siempre le creyó pero, como era lógico, el actuar de Dios tuvo que ser realmente inaudito para él, radicalmente insospechado, incomprensible a la sola inteligencia humana, sin precedentes ni referentes en la historia. Esto superaría a cualquier hombre. La razón humana no llega a esos niveles. Él necesitaba su propia revelación personal, no por incredulidad, sino por naturaleza, ya que algo totalmente nuevo necesita ser revelado. Por lo pronto, sólo de una cosa estaba convencido: que amaba la Ley porque amaba a Dios; y amaba a María, por lo que quería salvarle la vida. La crisis de José, en consecuencia, tenía que ser otra. En aquel tiempo, toda mujer soñaba con ser la madre del Mesías, y todo hombre con ser su padre. Pero a nadie se le hubiera ocurrido que el Mesías no sería engendrado por medios humanos, sino que sería el mismo “Hijo del Altísimo” (cf. Lc 1, 32.35). En este sentido, ¿cuál sería su lugar en la historia?, ¿por qué permitió Dios que se desposara con María?, ¿queda él ahora fuera de este proyecto?, ¿podía él vivir con la mujer que amaba, o debía renunciar a ella?, ¿puede un hombre vivir lejos de la persona que más ama en este mundo? La angustia existencial de José debió ser atroz. José debió sentir el mismo terror de Adán al no encontrar sobre la faz de la tierra un solo ser semejante a él, a quien entregarse y con quien realizarse como persona, es decir, amando. Esta angustia debió ser de muerte. Y entonces llegó el momento.
Dios vio el sufrimiento de Adán y se compadeció de él diciendo: “No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda adecuada” (Gn 2, 18). Y como ocurrió con Adán pasó con José también. Llegó el momento del sopor, el momento del sueño, el momento de la intervención de Dios, el momento de la alianza personal entre Dios y el hombre. En sueños, Dios constituyó existencialmente a José como el esposo de María. Y José volvió a la alegría indescriptible que experimentó Adán, la cual lo hizo exultar y gritar el primer canto de amor de la “historia”: “Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gn 2, 23). José acababa de descubrir su vida llena de sentido: María sí le sería dada, sí podría gastar su vida con ella, entregar su vida por ella y por su hijo…hasta la muerte.
José tiene una sensibilidad a lo divino impresionante. Al igual que Jacob, el modo del sueño le basta para tener la convicción de que es Dios quien le ha hablado y ha hecho una alianza de amor con él.[2]
Dios le acaba de confiar nada menos que a su Esposa, la Reina del mundo y Señora de los ángeles, y a su propio Hijo. Como dice san Bernardino de Siena, para esta misión Dios tuvo que otorgarle a José todos los carismas.[3]
Un punto crucial es el de la indicación del ángel: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). Aquí hay varios elementos en los que quisiera detenerme. El primero es el ‘sobrenombre’, que en realidad es mucho más que eso. A José, el ángel le recuerda su raíz, su estirpe, el hilo conductor en su historia de salvación. Él tiene sangre real, es descendiente del más grande rey de la historia de su pueblo, sobre el que recaen todas las promesas de Dios: “reafirmaré a la descendencia que salga de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza […] yo seré para él un padre y él será para mí un hijo […] no apartaré de él mi amor […] tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme eternamente” (2S 7, 12-16). Y también: “He encontrado en David un servidor […] lo acompañarán mi lealtad y mi amor […], amor eterno le guardaré, mi alianza con él será firme, le daré una estirpe perpetua, un trono duradero como el cielo […]. Mi alianza no violaré, no me retractaré de lo dicho; por mi santidad juré una vez que no había de mentir a David. Su estirpe durará siempre, su trono como el sol ante mí, se mantendrá siempre como la luna, testigo fidedigno en el cielo” (Sal 88, 21-38)
El evangelista Mateo nos cuenta al inicio de su evangelio (ver cap. 1), que el padre de José se llamaba Jacob, por tanto, si sólo se tratara de un sobrenombre el ángel le hubiese llamado Bar Jacob (José de Jacob, José hijo de Jacob). Pero no, Mateo nos refiere que el ángel llama a José “hijo de David”. No es un sobrenombre, es la memoria de una promesa que quiere actualizarse, una promesa hecha por Dios mismo, la cual recae ahora sobre él. De su estirpe vendrá el Mesías, sólo que a esta continuidad de la historia le aparece ahora una discontinuidad, un punto de quiebre: el niño ya está engendrado y no ha sido por él. El evangelista Mateo ha plasmado en su ‘genealogía de Jesús’ perfectamente esta discontinuidad: “…y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo” (Mt 1, 16). No dice Mateo: “José, engendró de María, a Jesús” como sí se dice en los casos de Judá, Salmón, Booz y David, en los que se indica que engendraron de Tamar, Rajab, Rut y Betasabé, respectivamente. En José, Dios se detiene para actuar Él mismo, para engendrar Él mismo, en Persona, de María, a su propio Hijo.
Se entiende, entonces, que el ángel le continúe diciendo a José: “No temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo”. El papa Benedicto XVI comenta que al llamarlo “hijo de David” Dios lo constituye destinatario de su promesa, en la que él debe hacerse garante de la fidelidad de Dios. Esto verdaderamente -dice este Papa- puede suscitar temor[4]. Por eso dice el ángel ‘no temas’, y aquí se entiende  que no se le dice ‘no temas’ porque José dude de María, sino por el miedo a semejante misión que podría aterrorizar a cualquiera. No se le dice a José que María espera un hijo del Espíritu Santo porque no lo crea, sino para recordarle que en esta misión, Dios mismo, en Persona, estará con él. Desde ahora la misión del Hijo de Dios es su misión, y lo es antes para él. José tiene que experimentar antes que su propio hijo que las palabras del profeta Isaías se cumplan en él: “Pero el Señor me ayuda, por eso no sentía los insultos […], cerca está el que me justifica. ¿Quién disputará conmigo? […] Si el Señor me ayuda ¿quién podrá condenarme?” (Is 50, 7-9)
En el ‘no temas tomar contigo a María tu mujer’, Dios está haciendo partícipe a José del misterio inefable de la encarnación del Verbo. María no le será quitada sino que le será dada como ‘ayuda adecuada’ (cf. Gn 2, 18) en la gran misión de custodiar, alimentar, proteger, educar al ‘Hijo del hombre’; a su vez, él también será la ‘ayuda adecuada’ de María. En una palabra, José tendrá que esculpir la personalidad humana de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios. María será su mujer en una nueva dimensión, imposible en la fuerza humana, aunque sobre esto trataremos más adelante.
No deberá temer porque, si lo engendrado en ella es del Espíritu Santo, significa que Dios por primera vez en la historia humana habitará personalmente en una casa, lo que antes era inaudito. Lo que se cuestionaba el rey Salomón: “¿Habitará Dios con los hombres en la tierra?” (1R 8, 27), ahora está ocurriendo. El eterno ha entrado en el tiempo. Al que ‘ni los cielos’, ni ‘los cielos de los cielos’ podían contener (cf. 1R 8, 27), ahora se dejará tocar por él, más aún, se dejará formar por él, estará sumiso a él y le obedecerá. Dios se pone bajo el cuidado y a disposición de un hombre; la Palabra creadora se hace sumisa a la criatura.
El punto culminante en la revelación a José es lo que sigue: “[María] dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). Nuevamente volvemos al tema del nombre. La implicancia externa o jurídica es que con este acto José adopta al niño como hijo suyo. Legalmente Jesús será hijo de José. Pero además hay otra consecuencia más profunda. Ya este nombre también había sido indicado por el ángel a María para que se lo pusiera al niño: el nombre Jesús (Jeshua) quiere decir ‘Yahvé es salvación’ o ‘Yahvé salva’. Lo novedoso con José es que se indica en qué consistirá esta salvación: ‘él salvará a su pueblo de sus pecados’. No habrá una salvación política, sino una más radical; la salvación consistirá en la destrucción no de un mal temporal -como la ocupación romana-, sino de un mal eterno como el pecado.
En el acto de poner el nombre hay algo más que un mero formalismo. San Juan Pablo II en sus catequesis sobre la teología del cuerpo nos decía que cuando Dios llevó a todos los animales para que éste les pusiera nombre no había en este acto sólo un mero hecho nominalista, sino que Adán conocía la esencia misma de todas las criaturas, las conocía desde dentro, conocía aquello que las hacía ser lo que eran y precisamente por eso las nombraba diciendo cuál era la naturaleza de cada una de ellas. Adán conocía (antes del pecado original) la intimidad de toda la naturaleza creada, y esto era porque Dios le había participado de este conocimiento. Adán perdió esta capacidad por el pecado. Perdió el discernimiento de lo que era el bien y el mal.
Ahora José deberá formar en el ‘Nuevo Adán’, que es Jesús, la experiencia más íntima de lo que es el ser de las cosas, la bondad de cada una de ellas, del ser de Dios, su misericordia, su providencia, su paternidad, su amor. El profeta Jeremías es el primero en mostrar a Dios como un padre. Jesús llevará esta experiencia al extremo, hasta el punto de llamar a Dios ‘Abbá’ (papá), un término usado sólo en el contexto familiar, sólo para dirigirse al padre de sangre. Jesús le puede llamar así gracias a su experiencia con José. Si Jesús habla con convicción de que Dios es un Padre Bueno que sabe dar cosas buenas a sus hijos, es porque lo ha visto en José. Si Jesús está convencido de que no hay por qué preocuparse del mañana porque Dios es un Padre providente, es porque viendo a José detener su trabajo para rezar a Dios siete veces al día[5], nunca les faltó nada.
Hay dos pasajes de la vida de Jesús que dicen mucho de la humildad de José. El primero es el asombro de sus paisanos al escuchar su predicación: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mt 13, 55), se preguntaban estupefactos al escuchar las palabras llenas de sabiduría que salían de su boca (cf. Lc 4, 22). El apelativo ‘hijo de carpintero’ no debe ser tomado en sentido despectivo sino objetivo. Todo varón respetable en la cultura hebrea debía tener dos características: tener conocimiento de la Ley, y además, debía saber un oficio, ser partícipe del ser-creativo de Dios estando ejercitado en una actividad manual específica. San Pablo, por ejemplo, además de ser experto en la Toráh (fariseo educado a los pies de Gamaliel) era ‘fabricante de tiendas (carpas)’. José era teknón, traducido como carpintero, pero en realidad esta palabra es referida a toda actividad manual en el campo de la construcción. Entonces, si tenemos en cuenta otro pasaje bíblico (el de Jesús niño en medio de los doctores del Templo)[6] podríamos llegar a una idea de fondo. Cuando el niño Jesús es encontrado luego de tres días en medio de los doctores de la Ley ‘escuchándoles y haciéndoles preguntas’, sus padres vieron que  “todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas” (Lc 2, 47). Santo Tomás de Aquino decía que la gracia no destruye la naturaleza ni la sustituye sino que la eleva. Quien enseñó a Jesús a leer la Toráh y a tener familiaridad con ella tuvieron que ser sus padres. En este sentido, ellos debieron tener el don de una sabiduría extraordinaria. Sus padres eran los pobres ‘que todo lo poseen’ (cf. 2Co 6, 10). Cuando a José se le llama carpintero no es por decirle ignorante o iletrado. Él debió ser, en el sentido estricto del término, un ‘sabio’, uno que ‘saborea’ ‘la altura y la profundidad’ (cf. Ef 3, 18) de Dios, y que su intimidad de amor con Él le lleva a conocerle profundamente. Por eso decimos que esto tiene que ver mucho con la humildad de José, porque pasa tan desapercibido que ni siquiera menciona una palabra en los evangelios, ni se le conoce por su elocuencia. Él es simple y llanamente ‘el carpintero’.

Sobre el tema del matrimonio entre José y María, decíamos que lo que se pedía a José es algo hasta ese entonces nunca antes visto. Hay profetas a los que se les pide ser célibes como a Jeremías, o a Juan Bautista. Pero el matrimonio, por naturaleza, está llamado a la procreación de los hijos. Está inscrito en la naturaleza humana el ‘henchid la tierra’ y el ‘creced y multiplicaos’ (Gn 1, 28). La bendición del justo es que sus hijos estén ‘como renuevos de olivo alrededor de tu mesa’ y que su esposa sea como una ‘parra fecunda’ (cf. Sal 127, 3) ¿Qué ha pasado entonces con José y María? ¿Por qué esta ruptura o contradicción al mandato del Señor? La respuesta está en Jesucristo.
En el pasaje de la controversia entre Jesús y los saduceos sobre el tema de la resurrección de los muertos, se le plantea a Jesús el hipotético caso de una mujer que se casa con 7 hermanos, los cuales uno a uno van muriendo sin tener hijos, por lo que -según la ley- el hermano menor contiguo tenía que casarse con la mujer para dar descendencia a su hermano. Finalmente, le dicen a Jesús, muere el menor de todos, y luego, la mujer. Y la pregunta es: “En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será mujer?, porque todos estuvieron casados con ella” (cf. Mt 22, 23-33) Jesús responde que “en la resurrección, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en el cielo” (Mt 22, 30). Pues bien, aquí se revela la verdad sobre el sentido del matrimonio. Éste tiene el fin de llevar a la plena consumación a la humanidad, momento que será en la Parusía (Día de la segunda venida de Cristo), el día de la ‘resurrección’. Yves Semen nos resume comentando a Juan Pablo II:
“La resurrección de los muertos es el final de la historia, ‘la realización definitiva del género humano, la clausura cuantitativa del círculo de seres que fueron creados a imagen y semejanza de Dios, a fin de que multiplicándose a través de la conyugal ‘unidad en el cuerpo’ de hombres y mujeres, sometiesen la tierra’. Con el final de la historia cesa el crecimiento de la humanidad, que ha llegado a su acabamiento y, al mismo tiempo, el matrimonio, en cuanto obra por la que vienen nuevos seres humanos a la vida, ya no tiene razón de ser”.[7]
Y prosigue este autor:
“La comunicación de Dios con el hombre en ese nuevo estado de la humanidad que es la resurrección ‘será tan perfecta que calmará por completo y de una manera sobreabundante nuestra sed de comunión. Aquello para lo que hemos sido hechos, a saber: ser seres de comunión, una vocación que el matrimonio nos permite llevar a cabo aquí abajo, lo viviremos en un grado de total perfección en el ‘entregarse de Dios a cada persona. En consecuencia, ya no habrá allí ni marido ni mujer, porque la entrega de nosotros mismos a una persona estará infinitamente por debajo de aquello con lo que Dios mismo nos colmará, lo que recibe el nombre de ‘visión beatífica’”[8]
Allí (en el día de la resurrección) la historia humana habrá llegado a su fin, es decir, el matrimonio ya no tendrá sentido porque comenzará una nueva relación entre Dios y los hombres (que se salven), que será la relación ‘cara a cara’ o también conocida como  relación de la visión beatífica, el gozoso momento de ver a Dios tal y como Él es. Ésta será la máxima realización de la felicidad del hombre. (cf. 1 Co 13, 12). En la pequeña ‘casa de Nazaret’, donde habita Dios en persona, María y José viven una nueva dimensión del matrimonio: la dimensión de felicidad consumada, porque en Jesús se les adelantó la ‘contemplación de rostro de Dios’. Debido a ello cada uno llevó al máximo su ser-comunión con Dios teniendo en común este amor con el que Dios los llenaba plenamente. Toda relacionalidad de acto conyugal entre ellos, en consecuencia, ya no tenía razón de ser, ya que su sed de comunión estaba plenamente colmada por Dios en persona, Jesucristo. El ‘Dios con nosotros’ (Emmanuel) vivía con ellos, y la pequeña casa de Nazaret era ya un adelanto de cielo.
Serán como ángeles” (Mt 22, 30) no significa tampoco que serán seres ‘des-encarnados’, nada de eso. En el cielo viviremos en la plenitud de nuestro cuerpo, que en la resurrección será glorioso, un cuerpo que, como dice san Pablo, será ‘misterio’. Esto es lo admirable de José y María, sobre todo en José, del cual sabemos que no estuvo exento de la mancha del pecado original. José tuvo que experimentar los embates del sufrimiento y las tentaciones, y en esto está lo admirable de su personalidad. Recordemos que cuando Dios lo llama a llevar esta misión debió ser un joven de veinte años en promedio, por lo que su figura es una palabra de Dios interpelante para todos los varones, especialmente para los jóvenes.
Hoy en día, en una sociedad tan marcada por el erotismo y la sensualidad burda, donde el objetivo de la vida parecería ser el disfrutar al máximo sin ninguna responsabilidad, José de Nazaret aparece como una imagen que denuncia, o al menos, cuestiona. En el tiempo actual, en el que el ‘ser hombre’ está tan venido a menos, con tantos casos de hogares destruidos por peleas, rencores, asesinatos, violaciones de padres a hijos e hijastros, aparece José de Nazaret para decirnos que hay otra forma de actuar, otra forma de vivir, que dentro de cada hombre todavía queda algo inmenso, una semilla de eternidad, una sed de grandeza, un punto de bondad, de infinito, que Dios puede hacer que germine y crezca hasta llegar a niveles insospechados, de tal manera que un hombre pueda incluso criar a un hijo que no engendró y amarlo tanto o más que cuando fuera suyo, más que a su propia vida.
Actualmente, en que vemos que cada vez se hace más común la “familia alargada”, en donde un hombre se topa más frecuentemente con que tiene que educar a un hijo que no es suyo, a éste le quedan dos opciones: o vivir maltratando a este niño porque en su egoísmo éste le recuerda que hubo otro hombre en la vida de su mujer –que es el caso más común de reacción, al menos por lo que vemos en las noticias-, y si opta por esto obviamente su vida se volverá un infierno; u opta por otra alternativa, puede elegir amar. Obviamente que amar a un hijo que no es suyo no está en las fuerzas humanas, se necesita la ayuda de Dios. Aquí se vería el valor de este hombre, y José de Nazaret sería la esperanza de que este camino no sólo lo haría feliz en esta vida, sino que sería recordado, es decir, pasaría a la historia, como un hombre grande, como un hombre ‘justo’, como un hombre bueno. ‘Nunca el hombre es tan hombre como cuando se arrodilla delante de Dios’. Y esto fue lo que hizo José; se arrodilló, pidió…y fue escuchado. Igualmente puede ser escuchado cualquiera.
La figura de José de Nazaret nos dice que la hombría no está en gritar, engañar, golpear o violar a una mujer, ni tener cincuenta mujeres a la vez. Ser hombre es otra cosa. José de Nazaret aceptó ser el esposo que no toca, el padre que no engendra; y verdaderamente fue esposo… y verdaderamente fue padre, un gran padre. Porque hay que ser bien hombre para aceptar ser durante toda tu vida una sombra, la sombra de Dios. Su humildad fue tan grande que en todo el Evangelio es el único del que no se menciona que haya dicho una sola palabra. Su virtud no está en hablar sino en escuchar y obedecer. Hizo todo lo que se le dijo que hiciera. José, como dice Ian Dobraczynski, fue no sólo para Jesús de Nazaret, sino para todos nosotros, la sombra del Padre.

Gustavo Arriola Guzmán
Los Olivos, 28 de agosto de 2015, Memoria de san Agustín, Obispo y Doctor de la Iglesia




[1] JOSEPH RATZINGER, “La infancia de Jesús”, p45
[2] cf. Gn 28, 10-12
[3] Sermón 2, opera 7, 16.27-30, citado por LLHH (DDB), tomo II, p1603
[4] Cf. Op. cit. p48
[5] Cf. Sal 119,164

[6] Cf. Lc 2, 41-51
[7] Cf. Yves Semen, op.cit., p142; Juan Pablo II, Audiencia General, 02/12/1981, §4
[8] Idem

lunes, 26 de agosto de 2013

Catequesis para jóvenes: Sansón

Sansón

El joven Sansón es escogido por Dios desde el vientre de su madre. Ya en una catequesis sobre la dignidad de la mujer decíamos que la elección de Dios se realizaba con la demostración de su poder para hacer que una mujer estéril conciba un hijo, como sucedió también en el caso de la madre de Sansón. Los hijos son un don de Dios y no un derecho del hombre. Sansón es elegido para ser juez de Israel y es bendecido por Dios con un carisma especial, las siete trenzas de su cabellera representaban el poder del Espíritu de Dios y sus siete dones; pero, de hecho, el carisma que más sobresalía en él era la fuerza física descomunal que tenía. Se cuenta en la Escritura que mató a mil filisteos armado tan sólo con la quijada de un burro.
El problema de Sansón, se podría decir en palabras simples, fue su inmadurez afectiva. En este sentido era un hombre de grandes contrastes, ‘es fuerte como un gigante y débil como un niño; seduce a las mujeres y éstas le engañan; odia a los filisteos, pero se enamora de las filisteas[1]. Con tanta fuerza física, necesitaba la ‘aceptación’ de los suyos para lo cual realizaba proezas para salvar (raíz etimológica en hebreo de ‘juez’) a su pueblo, pero también para alardear, incluso para divertir a sus paisanos. ¿No es éste el mismo problema de los jóvenes –y de muchos ‘adultos’- hoy en día? A veces impresiona todo lo que tienen que hacer los jóvenes para llamar la atención: las bandas y pandillas donde se creen superhombres que todo lo destrozan a su paso, como si fueran sansones actuales, pero no para salvar sino para destruir. Esto lo único que demuestra es que estos jóvenes son personas sumamente indigentes, débiles, carentes de afecto. Lo único que el joven está gritando al mundo con estas actitudes vandálicas es: “¡Por favor, quiéranme, porque mis padres no me quieren!” o lo que gritan subliminalmente los grupos de jovencitos ‘muertos en vida’ llamados ‘emos’, con sus ropas negras y sus rostros cubiertos por sus cabellos: “Por favor, dense cuenta de que yo existo, ya que mis padres están siempre fuera de casa, trabajando para que a mí ‘no me falte nada’”.
Pero volvamos a la historia de Sansón. El giro de esta historia se da de un modo algo dramático. Su desorden afectivo llevó a Sansón a enamorarse -luego de otras aventuras, cosa que no le estaba permitida ya que era un nazir de Dios, es decir, estaba consagrado a Dios-, de Dalila, una mujer cómplice de los filisteos, es decir, del pueblo enemigo. Ya su infidelidad a Dios había comenzado, pero con Dalila, esta infidelidad llegó a su culmen porque como dice la Escritura, Sansón ‘le abrió su corazón’ (Jc 16, 7).
El corazón es la sede de la interioridad humana. Ciertamente, como dice Jesús, es de donde nacen todas las bajas pasiones y malas intenciones (Cf. Mt 15, 19); pero, también es el ‘Sagrario’ del hombre, “el lugar santo donde Dios le habla”, como dice Juan Pablo II[2]. El corazón es el pesebre de Belén, donde a pesar de su inmundicia, Dios ha querido nacer; este corazón es la sede de la conciencia humana. Lo que hace Sansón es gravísimo. Él le cuenta el secreto del don que Dios le había regalado, le da así, como dice Jesús, sus perlas a los cerdos: “No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen(Mt 7, 6).
Algunos dicen que Sansón se perdió por la lujuria, pero no creo que eso haya sido lo esencial. Sansón puso su corazón, el ‘sagrario’ de Dios, en esta mujer, se lo entregó. En ese sentido, Sansón rechazó libremente a Dios. Dios no lo castigó porque no está en el ser de Dios hacer el mal sino que fue Sansón quien dejó a Dios. Y como bien dijo Jesús, Dalila, volviéndose contra él, textualmente lo despedazó, le rompió el corazón. Una débil mujer le quitó el poder al joven que había matado él solo a mil filisteos. Pero si la historia tuvo este giro dramático, su final es una de las partes más conmovedoras de toda la Biblia. Dalila, conocedora de su secreto, lo sedujo, lo embriagó, le cortó las trenzas y lo entregó a los filisteos. Estos le arrancaron los ojos y lo pusieron a girar empujando un molino, como un asno. Se burlaban de él y lo trataban como a un payaso, como a un mequetrefe; el admirado y temido juez de Israel era ahora el hazmerreír de toda esa gente ebria de vino y de triunfo. Así paga el mundo y el pecado. Así deja el diablo a todo hombre que cuando estaba con Dios tenía dones increíbles. El demonio lo reduce a un animal, le quita hasta su ser-hombre, tal como viven muchos jóvenes hoy en día.
Los filisteos estaban felices de haber vencido a su principal enemigo. Con Sansón aniquilado ahora sí podrían seguir oprimiendo  a todo Israel sin nadie que les mate mil hombres ni destruya sus sembrados, ni les aterrorice. Tamaña buena noticia quisieron celebrarla con una gran fiesta. Todos sus grandes generales estaban allí porque querían ver a Sansón hecho ahora un bufón. Y lo llamaron para divertirlos. En la fiesta había tres mil hombres y mujeres y estaban también todos los tiranos de los filisteos. Pidieron llevar a Sansón al centro de la terraza para que les divierta con sus juegos. Sucedió entonces que Sansón le dijo al niño que lo llevaba de la mano: “Ponme donde pueda tocar las columnas en las que descansa el edificio para que me apoye en ellas”. Sólo cuando no ponemos resistencia a la voluntad de Dios, podemos ser conducidos hacia nuestro destino dócilmente, como quien es llevado de la mano sólo por un muchacho. Para que Sansón llegue a ese estado ha tenido que quedarse sin fuerza y sin ojos. Dios, a pesar de todo el daño que le han hecho sigue llevando su historia, como lleva la de todo hombre, porque a Dios nunca la historia se le va de las manos.[3]
Se dice que la pérdida de los ojos de Sansón representa la pérdida de la visión del amor a Dios y el amor al prójimo. Ver el amor de Dios en nuestra historia y ver a Dios en el prójimo son la máxima expresión del discernimiento. Sansón ya hace mucho que había perdido esta visión. Es interesante notar en la Escritura que Sansón le abre el corazón a Dalila cuando ella ‘le asediaba con sus palabras y le importunaba’. Pero, no fue ésta la causa última para que él le revele su secreto sino lo que sucedió fue que Sansón ya estaba ‘aburrido de la vida(Jc 16, 16). La mayor pobreza del hombre pos moderno es ya no saber para qué vive. Cuando uno no ve que los dones que posee –trabajo, familia, dinero, profesión, carismas, etc.- son fruto del amor inmenso que Dios le tiene y se pone a usarlos como si fueran suyos y en función suya; cuando uno pierde la visión de que el objetivo de la vida es amar al otro como un don, que se manifiesta en el servicio –para el caso de Sansón, proteger a su pueblo- y sólo hace las cosas para buscarse a sí mismo, tarde o temprano llegará a este dramático desenlace: descubrir que su vida no tiene sentido.
Los ojos de Sansón sólo fueron un signo para que él se dé cuenta de la visión profunda, trascendente, que él ya hace mucho había perdido. No obstante, este acontecimiento fue para él providencial, signo –aunque la apariencia muestre lo contrario- del amor que Dios nunca dejó de tenerle; “en él brilla la bondad gratuita de Dios en favor de sus elegidos[4]. Allí, sin su pueblo, sin padre, sin madre, sin mujer, sin fuerzas, sin ojos, estaba desconsoladamente solo. No podía ver a nadie a su alrededor pero escuchaba sus burlas. En efecto, más de tres mil carcajadas a su alrededor debieron parecer a sus oídos y a su alma más taladrantes que el más afilado de los aceros. Pero de pronto, luego de reflexionar sobre cómo había estado llevando su vida, sobre su infidelidad a la misión para la que Dios le había escogido, descubrió que no estaba totalmente solo. Ya las risas no importaban porque dentro de su corazón, en el silencio interior, pudo ‘ver’ que Dios estuvo detrás de todos los acontecimientos de su vida, y que esta vez Él estaba también allí, a su lado, de modo que ya sólo estaban él y Dios. Sí, aunque uno abandone a Dios, Él nunca abandona al hombre. Y levantando el rostro al cielo, levantando su faz con los ojos  que ya no tenía, exclamó esta conmovedora oración: “Señor Yahvé, dígnate acordarte de mí, hazme fuerte aunque sea sólo esta vez, oh Dios, para que de un golpe me vengue de los filisteos por mis dos ojos” (Jc 16, 28). Dios, ante una oración así no puede menos que estremecerse de compasión y se le “convulsiona el corazón” (Cf. Os 11, 8), porque Él lo único que espera es ver un corazón arrepentido, ya que un corazón contrito y humillado Dios no lo desprecia jamás (Cf. Sal 50, 19).
Sansón apoyó sus manos en estas dos columnas y de un solo golpe y gritando fuertemente: “¡Muera yo con los filisteos!”, las derribó cayendo todo el edificio  sobre los tiranos, sobre los filisteos…y sobre él.
Sansón había redescubierto cuál era su misión y así su vida volvió a tener sentido aunque sea en ese estado aparentemente sin salida, porque si volvía a tener sentido su vida, entonces también tendría sentido su muerte. Sansón mató más filisteos con su muerte que los que mató en toda su vida. Él era figura de su mismo pueblo –figura de todos nosotros-, infiel a la alianza con Dios, por lo que le vienen todos sus males. Sin embargo, a pesar de sus infidelidades, Dios hace justicia a su pueblo con él. Dios realiza sus planes con él así como es.
El joven inmaduro y egocéntrico de Sansón, finalmente actuó como todo un hombre y realizó un acto de grandeza sin precedentes en toda la historia del A.T., y se convirtió así en figura de Jesucristo, quien al igual que Sansón, con sus brazos extendidos en la cruz, también dio un fuerte grito antes de morir, y destruyó así al demonio, es decir, al pecado y a la muerte para siempre. A pesar de la aparente derrota, el grito de Sansón y el grito de Jesucristo, fueron finalmente…un grito de victoria.



[1] Cf. Emiliano Jiménez H.; “Historia de la salvación”, (Grafite), p.140
[2] Juan Pablo II, carta encíclica “Veritatis Splendor”, n54ss
[3]Cf. Joseph Ratzinger, BENEDICTO XVI, “Jesús de Nazaret”, 2a parte, (Encuentro), p.45
[4] Cf. Emiliano Jiménez, op. cit.; p.141

miércoles, 21 de agosto de 2013

Catequesis para jóvenes: Samuel

Samuel
La Biblia nos dice que el gran profeta Samuel es llamado por Dios cuando éste apenas era un niño. El niño Samuel al escuchar la voz de Dios que le llamaba por su nombre ni siquiera reconocía que era la voz de Dios quien le llamaba porque “no le conocía” (cf. 1Sm 3, 7). Se necesita de un intérprete, en este caso, el sacerdote Elí, para que se nos indique: “Si vuelves a escuchar esta voz, responde: ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’”. Reconocer la voz de Dios que nos habla también a través de los acontecimientos de nuestra historia, ciertamente es un don de Dios, pero también este don nos llega a través de un tercero que nos ilumine la historia a la luz de la palabra de Dios. Esto es algo que nosotros necesitamos siempre a lo largo de nuestra vida.
Es curioso pero esta parte de esta catequesis la escribo precisamente estando en cama, de madrugada, porque estoy enfermo. Pero recién la escribo a la tercera noche en vela. Las dos primeras noches no hice nada más que quejarme. Pero bastó que un hermano me visitara a mi habitación (les recuerdo que soy seminarista y vivo en un seminario) y me diga algo como lo que sigue: “Gustavo, ¿no será que Dios quiere hablar contigo y esta enfermedad sólo es un pretexto para tenerte despierto y así esperar a que levantes los ojos al cielo y le hables?”. Gracias a este hermano, fue en la tercera noche, al igual que Samuel, que recién dije: ‘Habla, Señor, que tu siervo escucha’. Fue una noche estupenda, la enfermedad no se curó pero tuve una inmensa paz interior y es así que buena parte de esta catequesis se escribió así, de madrugada, desde la cruz de la enfermedad.
Samuel se convirtió en un gran profeta y también fue el primer juez de Israel. Como juez se encargó de hacer presente a su pueblo la fidelidad de Dios a pesar de la infidelidad de Israel, en quien nos podemos ver a nosotros mismos. Como dice el apóstol san Pablo: “Si le somos infieles, Dios permanece fiel” (cf. 2Tm 2, 13). Este pueblo quiso vivir luego como “los otros pueblos” y le pidió a Samuel un rey. Samuel se entristeció mucho ya que este pedido era una ofensa a Dios. Pero Dios dijo a Samuel: “Haz caso a todo lo que el pueblo te dice, no te rechazan a ti sino que me rechazan a mí porque no quieren que reine sobre ellos” (1Sm 8,7ss) ¿No sucede lo mismo cuando queremos vivir como vive el mundo, de las modas, de lo que dicen los demás, imitando cualquier ‘viento de doctrina’ que se nos atraviesa? ¿No es ésta una tentación constante? Así como el pueblo de Israel rechaza a Dios quien era conocido como ‘el Rey de Israel’ ¿no rechazamos a Dios cuando nos mueven ‘las modas’ de este mundo? ¿Cómo quién quiere vivir un joven hoy? ¿No es acaso como el actor, cantante o jugador del momento? Pero de una manera impresionante Dios permite esto para que el pueblo de Israel –que somos nosotros- se dé cuenta que esos no son reyes verdaderos.

Samuel, ya anciano, fue a Belén enviado por Dios para escoger al rey de Israel. Antes ya había ungido al primer rey, Saúl, quien no agradó a Dios y fue rechazado porque prefirió agradar al pueblo antes que a Dios. ¿No es ésta también la tentación de un joven ante el grupo de ‘amigos’ en el cual no puede defender su fe sólo por el miedo a ser ridiculizado, el miedo al rechazo? Samuel fue a Belén porque tenía que escoger al rey de entre los hijos de Jesé y pensó que era uno de ellos sólo por el hecho de ser alto y fuerte. Pero Dios le dijo: “No te fijes en la apariencia porque Dios ve el corazón” (1Sm 16,7). Él había olvidado que él mismo fue llamado cuando apenas era un niño destetado, y de hecho, será un niño el que escogerá Dios para suceder a Saúl, el último de los hijos de Jesé, que ni siquiera había sido tenido en cuenta por su padre puesto que en ese momento estaba guardando el rebaño: era pastor de ovejas. Era un niño rubio y de buena presencia. Él era el rey que Dios había elegido, el niño que llegará a ser un hombre según el corazón de Dios.

miércoles, 10 de julio de 2013

Catequesis para jóvenes: José

1.1  José
La historia de José, el hijo del patriarca Jacob, nos muestra un ejemplo de un joven que, a pesar de las adversidades que sufre cuando apenas es un muchacho de diecisiete años, nunca pierde la fe en Dios transmitida por sus padres, Jacob y Raquel. José es vendido por envidia por sus propios hermanos a unos extranjeros madianitas. Allí es comprado por Putifar, jefe de la guardia del Faraón –rey de Egipto- quien al ver su sabiduría (porque Dios estaba con él) le confió la administración de toda su casa. José es un joven apuesto y de buena presencia (cf. Gn 39,6), por lo que llama la atención de la mujer de Putifar. Esta mujer constantemente lo acosaba para que se acueste con ella; pero, José nunca aceptó tal propuesta, por amor a Dios y a su Ley, y por lealtad a su amo. Ella, despechada, lo acusó de haber querido abusar de ella y José fue a parar en la cárcel. Pero José se ganó el favor del carcelero con su sabiduría y terminó ayudándolo a administrar la cárcel. Este carcelero lo presentó al Faraón para que le interpretase unos sueños que le inquietaban (uno de ellos, el de las siete vacas gordas y las siete vacas flacas)
José se ganó así el favor del faraón quien no sólo lo sacó de la cárcel, sino que por los consejos que le dio José para afrontar los siete años de sequía -que era el significado de las siete vacas flacas-, lo nombró su primer ministro. Comentó el faraón luego de escuchar sus consejos: “¿Acaso podremos encontrar otro como éste  que tenga el espíritu de Dios?”. Nadie, después del faraón, tenía más autoridad que José en todo Egipto.
Cuando vino el tiempo de hambruna en aquella región, sus hermanos enviados por Jacob, su padre, fueron a comprar víveres a Egipto. Allí se reencuentran con su hermano José quien los perdona y hace que su padre, Jacob, quien lo daba por muerto por engaño de sus hermanos, venga a Egipto con toda su familia. Allí se instaló Jacob con toda su familia hasta su muerte, pidiendo antes que sus restos fueran llevados de vuelta a la tierra de Israel.
La historia de José nos enseña que es Dios quien está detrás de los acontecimientos de nuestra historia por más dolorosos que estos sean y que, quizá por ello, muchas veces no se entiendan. Si sus hermanos no lo hubieran vendido, José no habría salvado a todo Israel de perecer de hambre. Además, esta historia nos enseña que Dios es fiel con los suyos, con los jóvenes que son dóciles a su voluntad, a quienes puede darles una sabiduría, un discernimiento que deje enmudecidos a los reyes de las naciones.

José es figura de Jesucristo, vendido en la persona de Judas por todos nosotros. En efecto, hemos vendido a Cristo con nuestros pecados y Él, sin embargo, no nos ha tratado según nuestros delitos, sino que nos ha dado el verdadero alimento que salva y da vida eterna al mundo, su propio cuerpo. Jesucristo eucaristía es el verdadero trigo celeste, custodiado por la Iglesia y dado a través de ella. Así es, la Iglesia es el verdadero oasis en medio del desierto de este mundo hambriento de felicidad, de alegría, de plenitud, de eternidad, de Dios.