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viernes, 28 de agosto de 2015

Catequesis para jóvenes y adultos: San José de Nazaret


                                                     José de Nazaret

“Tú estarás al frente de mi casa, y de lo que tú digas dependerá todo mi pueblo” (Gn 41, 40)

Tal vez muchos se pregunten por qué san José en una catequesis para jóvenes. Y es que casi siempre el arte ha representado a José de Nazaret notoriamente mucho mayor a la virgen María, casi un anciano. Si hubiese sido así, pienso que los evangelios habrían hecho alguna indicación de esta característica poco usual. Pero no lo hicieron. Según la costumbre judía, el compromiso de José y María, tuvo que ser, por tanto, un compromiso más, de lo más normal, entre una doncella de entre catorce y dieciséis años, y un joven de entre dieciocho y veinticinco. Esto por supuesto tampoco puede concluirse definitivamente.
Hoy en día, ya no se ve que un joven de veinticinco años se case. Hoy vemos más bien a hombres de entre treinta y cinco y cuarenta años que siguen siendo ‘niños’ viviendo con sus padres, profesionales y expertos en su campo técnico, pero incapaces de asumir compromisos y responsabilidades familiares en relación con una mujer; vemos ‘hombres’ niñatos movidos por sus apetencias infantiles de pasarla bien y no sufrir, y que incluso así se creen muy hombres.
La figura de José de Nazaret se vuelve entonces contrastante y reveladora. Nos interpela hoy en un mundo movido por la sensualidad y atrapado en la esclavitud del culto a lo sensible. José nos cambiaría a todos ahora mismo todos los patrones del pensamiento y del comportamiento, sobre todo del modelo egoísta del consumismo radical occidental aunque ahora casi global. ¿Qué es ser hombre? ¿Dónde radica la esencia de un varón? ¿Cómo se pondera su virilidad? ¿Cuál es la diferencia específica de lo masculino? ¿Qué es en definitiva un hombre bueno?
Llama la atención que la única característica que se dice en los evangelios de José es que era un hombre ‘justo’. Tendríamos que detenernos entonces en este término. La palabra ‘justicia’ en la Escritura no sólo se refiere a la concepción occidental de lo meramente distributivo, es decir, en el concepto de dar a cada uno ‘lo suyo’. El pensamiento semita va mucho más allá de esta idea. Lo más cercano a nuestro léxico sería asemejarlo a la ‘bondad’, que no es cualquier bondad. Esta es una bondad radical, extrema, inmutable, una bondad que es imagen y participación de la bondad divina: justicia divina y bondad divina son, podría decirse, sinónimas. Con un ejemplo, mostraremos que la justicia divina y la justicia humana pueden llegar a ser incluso contrapuestos. Entre dos hombres sospechosos acusados de violación y asesinato, se tendría que ser muy exhaustivos para dar con el verdadero ‘culpable’, ya que no es cualquier delito que se imputaría a un hombre que en realidad sea inocente. Aquí, justicia humana es descubrir al culpable para que sobre él caiga todo el peso de la ley: cárcel, cadena perpetua, e incluso dependiendo del país, la pena de muerte. Sobre la otra persona recaería la reparación civil por su honra puesta en tela de juicio.
En el caso anterior, la justicia divina funciona así: el hombre inocente se echa la culpa para que el otro quede absuelto y viva. El inocente no tiene culpa, no ha cometido delito alguno pero da su vida por el asesino. Nosotros nos preguntaríamos qué juez dictaminaría semejante veredicto. Este juez es Dios. Sí, todos nosotros somos culpables de robos, mentiras, maledicencias, fornicaciones, adulterios, abandono de niños, maltrato de mujeres, extorsiones, secuestros, violaciones, drogadicción, narcotráfico, pedofilia, prostitución, masturbación, pornografía, trata de blancas, comercio sexual infantil, etc. Todos matamos al hombre, al prójimo, a uno que es como nosotros. Todos, por tanto, merecemos la muerte. Pero Dios no nos ha condenado a nosotros sino que ha dejado que la condena recaiga sobre su propio Hijo, Jesucristo, el único inocente que ha conocido esta tierra en toda la historia humana y pasó por este mundo ‘haciendo el bien’ (cf. Hch 10, 38). En este caso, podríamos decir que la ‘justicia divina’ fue la mayor de las ‘injusticias humanas’. De aquí que cuando leemos ‘justicia divina’ en la Escritura, entenderíamos mejor el sentido si lo asumimos como ‘bondad divina’.
Volviendo a la historia de José, decíamos que lo primero que se dice de él es que era ‘justo’ (zaddik). El Papa Benedicto XVI decía que este término nos ofrece un cuadro completo de san José.[1] El salmo 1 nos dice del justo que “su gozo está en la ley del Señor” (v2); no es para él una ley impuesta desde fuera sino que goza al comprenderla y vivirla desde dentro. A este hombre se le considera ‘dichoso’ así como Jeremías considera ‘bendito’ a quien “confía en el Señor y pone en el Señor su confianza” (Jr 17, 7). Mateo conoce bien que estos términos definen a un hombre justo y presenta a José como tal. En este sentido, José es un hombre que hunde sus raíces en las aguas vivas de la Palabra de Dios, que está siempre en diálogo con Dios y por eso da fruto constantemente. Ahora bien, llega el momento –dice nuestro querido Papa emérito- de la ‘gran desilusión’ y aquí aparece lo esencial. ¿De qué está desilusionado José?, ¿está desilusionado de María? El repudio en secreto, ¿significaría que no le creyó, dudó de ella y, por consiguiente, quiso abandonarla? Casi siempre se ha interpretado la reacción de José en este sentido, pero convendría profundizar ayudados en la Escritura cuál pudo ser el sentir de José.
Dice san Pablo acerca de Jesús: ‘Yo sé bien en quién tengo puesta mi confianza’. San Pablo dice esto porque había visto a Jesús, había tenido experiencia de él. Los ojos de Jesús son los ojos de María, ellos reflejaban su alma. José había visto a María a los ojos, había visto su alma  y sabía muy bien quién era ella, sabía en quién había puesto su fe y por eso la amaba. Su decisión debía corresponder a un perfecto equilibrio entre la ley y el amor. José siempre le creyó pero, como era lógico, el actuar de Dios tuvo que ser realmente inaudito para él, radicalmente insospechado, incomprensible a la sola inteligencia humana, sin precedentes ni referentes en la historia. Esto superaría a cualquier hombre. La razón humana no llega a esos niveles. Él necesitaba su propia revelación personal, no por incredulidad, sino por naturaleza, ya que algo totalmente nuevo necesita ser revelado. Por lo pronto, sólo de una cosa estaba convencido: que amaba la Ley porque amaba a Dios; y amaba a María, por lo que quería salvarle la vida. La crisis de José, en consecuencia, tenía que ser otra. En aquel tiempo, toda mujer soñaba con ser la madre del Mesías, y todo hombre con ser su padre. Pero a nadie se le hubiera ocurrido que el Mesías no sería engendrado por medios humanos, sino que sería el mismo “Hijo del Altísimo” (cf. Lc 1, 32.35). En este sentido, ¿cuál sería su lugar en la historia?, ¿por qué permitió Dios que se desposara con María?, ¿queda él ahora fuera de este proyecto?, ¿podía él vivir con la mujer que amaba, o debía renunciar a ella?, ¿puede un hombre vivir lejos de la persona que más ama en este mundo? La angustia existencial de José debió ser atroz. José debió sentir el mismo terror de Adán al no encontrar sobre la faz de la tierra un solo ser semejante a él, a quien entregarse y con quien realizarse como persona, es decir, amando. Esta angustia debió ser de muerte. Y entonces llegó el momento.
Dios vio el sufrimiento de Adán y se compadeció de él diciendo: “No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda adecuada” (Gn 2, 18). Y como ocurrió con Adán pasó con José también. Llegó el momento del sopor, el momento del sueño, el momento de la intervención de Dios, el momento de la alianza personal entre Dios y el hombre. En sueños, Dios constituyó existencialmente a José como el esposo de María. Y José volvió a la alegría indescriptible que experimentó Adán, la cual lo hizo exultar y gritar el primer canto de amor de la “historia”: “Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gn 2, 23). José acababa de descubrir su vida llena de sentido: María sí le sería dada, sí podría gastar su vida con ella, entregar su vida por ella y por su hijo…hasta la muerte.
José tiene una sensibilidad a lo divino impresionante. Al igual que Jacob, el modo del sueño le basta para tener la convicción de que es Dios quien le ha hablado y ha hecho una alianza de amor con él.[2]
Dios le acaba de confiar nada menos que a su Esposa, la Reina del mundo y Señora de los ángeles, y a su propio Hijo. Como dice san Bernardino de Siena, para esta misión Dios tuvo que otorgarle a José todos los carismas.[3]
Un punto crucial es el de la indicación del ángel: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). Aquí hay varios elementos en los que quisiera detenerme. El primero es el ‘sobrenombre’, que en realidad es mucho más que eso. A José, el ángel le recuerda su raíz, su estirpe, el hilo conductor en su historia de salvación. Él tiene sangre real, es descendiente del más grande rey de la historia de su pueblo, sobre el que recaen todas las promesas de Dios: “reafirmaré a la descendencia que salga de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza […] yo seré para él un padre y él será para mí un hijo […] no apartaré de él mi amor […] tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme eternamente” (2S 7, 12-16). Y también: “He encontrado en David un servidor […] lo acompañarán mi lealtad y mi amor […], amor eterno le guardaré, mi alianza con él será firme, le daré una estirpe perpetua, un trono duradero como el cielo […]. Mi alianza no violaré, no me retractaré de lo dicho; por mi santidad juré una vez que no había de mentir a David. Su estirpe durará siempre, su trono como el sol ante mí, se mantendrá siempre como la luna, testigo fidedigno en el cielo” (Sal 88, 21-38)
El evangelista Mateo nos cuenta al inicio de su evangelio (ver cap. 1), que el padre de José se llamaba Jacob, por tanto, si sólo se tratara de un sobrenombre el ángel le hubiese llamado Bar Jacob (José de Jacob, José hijo de Jacob). Pero no, Mateo nos refiere que el ángel llama a José “hijo de David”. No es un sobrenombre, es la memoria de una promesa que quiere actualizarse, una promesa hecha por Dios mismo, la cual recae ahora sobre él. De su estirpe vendrá el Mesías, sólo que a esta continuidad de la historia le aparece ahora una discontinuidad, un punto de quiebre: el niño ya está engendrado y no ha sido por él. El evangelista Mateo ha plasmado en su ‘genealogía de Jesús’ perfectamente esta discontinuidad: “…y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo” (Mt 1, 16). No dice Mateo: “José, engendró de María, a Jesús” como sí se dice en los casos de Judá, Salmón, Booz y David, en los que se indica que engendraron de Tamar, Rajab, Rut y Betasabé, respectivamente. En José, Dios se detiene para actuar Él mismo, para engendrar Él mismo, en Persona, de María, a su propio Hijo.
Se entiende, entonces, que el ángel le continúe diciendo a José: “No temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo”. El papa Benedicto XVI comenta que al llamarlo “hijo de David” Dios lo constituye destinatario de su promesa, en la que él debe hacerse garante de la fidelidad de Dios. Esto verdaderamente -dice este Papa- puede suscitar temor[4]. Por eso dice el ángel ‘no temas’, y aquí se entiende  que no se le dice ‘no temas’ porque José dude de María, sino por el miedo a semejante misión que podría aterrorizar a cualquiera. No se le dice a José que María espera un hijo del Espíritu Santo porque no lo crea, sino para recordarle que en esta misión, Dios mismo, en Persona, estará con él. Desde ahora la misión del Hijo de Dios es su misión, y lo es antes para él. José tiene que experimentar antes que su propio hijo que las palabras del profeta Isaías se cumplan en él: “Pero el Señor me ayuda, por eso no sentía los insultos […], cerca está el que me justifica. ¿Quién disputará conmigo? […] Si el Señor me ayuda ¿quién podrá condenarme?” (Is 50, 7-9)
En el ‘no temas tomar contigo a María tu mujer’, Dios está haciendo partícipe a José del misterio inefable de la encarnación del Verbo. María no le será quitada sino que le será dada como ‘ayuda adecuada’ (cf. Gn 2, 18) en la gran misión de custodiar, alimentar, proteger, educar al ‘Hijo del hombre’; a su vez, él también será la ‘ayuda adecuada’ de María. En una palabra, José tendrá que esculpir la personalidad humana de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios. María será su mujer en una nueva dimensión, imposible en la fuerza humana, aunque sobre esto trataremos más adelante.
No deberá temer porque, si lo engendrado en ella es del Espíritu Santo, significa que Dios por primera vez en la historia humana habitará personalmente en una casa, lo que antes era inaudito. Lo que se cuestionaba el rey Salomón: “¿Habitará Dios con los hombres en la tierra?” (1R 8, 27), ahora está ocurriendo. El eterno ha entrado en el tiempo. Al que ‘ni los cielos’, ni ‘los cielos de los cielos’ podían contener (cf. 1R 8, 27), ahora se dejará tocar por él, más aún, se dejará formar por él, estará sumiso a él y le obedecerá. Dios se pone bajo el cuidado y a disposición de un hombre; la Palabra creadora se hace sumisa a la criatura.
El punto culminante en la revelación a José es lo que sigue: “[María] dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). Nuevamente volvemos al tema del nombre. La implicancia externa o jurídica es que con este acto José adopta al niño como hijo suyo. Legalmente Jesús será hijo de José. Pero además hay otra consecuencia más profunda. Ya este nombre también había sido indicado por el ángel a María para que se lo pusiera al niño: el nombre Jesús (Jeshua) quiere decir ‘Yahvé es salvación’ o ‘Yahvé salva’. Lo novedoso con José es que se indica en qué consistirá esta salvación: ‘él salvará a su pueblo de sus pecados’. No habrá una salvación política, sino una más radical; la salvación consistirá en la destrucción no de un mal temporal -como la ocupación romana-, sino de un mal eterno como el pecado.
En el acto de poner el nombre hay algo más que un mero formalismo. San Juan Pablo II en sus catequesis sobre la teología del cuerpo nos decía que cuando Dios llevó a todos los animales para que éste les pusiera nombre no había en este acto sólo un mero hecho nominalista, sino que Adán conocía la esencia misma de todas las criaturas, las conocía desde dentro, conocía aquello que las hacía ser lo que eran y precisamente por eso las nombraba diciendo cuál era la naturaleza de cada una de ellas. Adán conocía (antes del pecado original) la intimidad de toda la naturaleza creada, y esto era porque Dios le había participado de este conocimiento. Adán perdió esta capacidad por el pecado. Perdió el discernimiento de lo que era el bien y el mal.
Ahora José deberá formar en el ‘Nuevo Adán’, que es Jesús, la experiencia más íntima de lo que es el ser de las cosas, la bondad de cada una de ellas, del ser de Dios, su misericordia, su providencia, su paternidad, su amor. El profeta Jeremías es el primero en mostrar a Dios como un padre. Jesús llevará esta experiencia al extremo, hasta el punto de llamar a Dios ‘Abbá’ (papá), un término usado sólo en el contexto familiar, sólo para dirigirse al padre de sangre. Jesús le puede llamar así gracias a su experiencia con José. Si Jesús habla con convicción de que Dios es un Padre Bueno que sabe dar cosas buenas a sus hijos, es porque lo ha visto en José. Si Jesús está convencido de que no hay por qué preocuparse del mañana porque Dios es un Padre providente, es porque viendo a José detener su trabajo para rezar a Dios siete veces al día[5], nunca les faltó nada.
Hay dos pasajes de la vida de Jesús que dicen mucho de la humildad de José. El primero es el asombro de sus paisanos al escuchar su predicación: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mt 13, 55), se preguntaban estupefactos al escuchar las palabras llenas de sabiduría que salían de su boca (cf. Lc 4, 22). El apelativo ‘hijo de carpintero’ no debe ser tomado en sentido despectivo sino objetivo. Todo varón respetable en la cultura hebrea debía tener dos características: tener conocimiento de la Ley, y además, debía saber un oficio, ser partícipe del ser-creativo de Dios estando ejercitado en una actividad manual específica. San Pablo, por ejemplo, además de ser experto en la Toráh (fariseo educado a los pies de Gamaliel) era ‘fabricante de tiendas (carpas)’. José era teknón, traducido como carpintero, pero en realidad esta palabra es referida a toda actividad manual en el campo de la construcción. Entonces, si tenemos en cuenta otro pasaje bíblico (el de Jesús niño en medio de los doctores del Templo)[6] podríamos llegar a una idea de fondo. Cuando el niño Jesús es encontrado luego de tres días en medio de los doctores de la Ley ‘escuchándoles y haciéndoles preguntas’, sus padres vieron que  “todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas” (Lc 2, 47). Santo Tomás de Aquino decía que la gracia no destruye la naturaleza ni la sustituye sino que la eleva. Quien enseñó a Jesús a leer la Toráh y a tener familiaridad con ella tuvieron que ser sus padres. En este sentido, ellos debieron tener el don de una sabiduría extraordinaria. Sus padres eran los pobres ‘que todo lo poseen’ (cf. 2Co 6, 10). Cuando a José se le llama carpintero no es por decirle ignorante o iletrado. Él debió ser, en el sentido estricto del término, un ‘sabio’, uno que ‘saborea’ ‘la altura y la profundidad’ (cf. Ef 3, 18) de Dios, y que su intimidad de amor con Él le lleva a conocerle profundamente. Por eso decimos que esto tiene que ver mucho con la humildad de José, porque pasa tan desapercibido que ni siquiera menciona una palabra en los evangelios, ni se le conoce por su elocuencia. Él es simple y llanamente ‘el carpintero’.

Sobre el tema del matrimonio entre José y María, decíamos que lo que se pedía a José es algo hasta ese entonces nunca antes visto. Hay profetas a los que se les pide ser célibes como a Jeremías, o a Juan Bautista. Pero el matrimonio, por naturaleza, está llamado a la procreación de los hijos. Está inscrito en la naturaleza humana el ‘henchid la tierra’ y el ‘creced y multiplicaos’ (Gn 1, 28). La bendición del justo es que sus hijos estén ‘como renuevos de olivo alrededor de tu mesa’ y que su esposa sea como una ‘parra fecunda’ (cf. Sal 127, 3) ¿Qué ha pasado entonces con José y María? ¿Por qué esta ruptura o contradicción al mandato del Señor? La respuesta está en Jesucristo.
En el pasaje de la controversia entre Jesús y los saduceos sobre el tema de la resurrección de los muertos, se le plantea a Jesús el hipotético caso de una mujer que se casa con 7 hermanos, los cuales uno a uno van muriendo sin tener hijos, por lo que -según la ley- el hermano menor contiguo tenía que casarse con la mujer para dar descendencia a su hermano. Finalmente, le dicen a Jesús, muere el menor de todos, y luego, la mujer. Y la pregunta es: “En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será mujer?, porque todos estuvieron casados con ella” (cf. Mt 22, 23-33) Jesús responde que “en la resurrección, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en el cielo” (Mt 22, 30). Pues bien, aquí se revela la verdad sobre el sentido del matrimonio. Éste tiene el fin de llevar a la plena consumación a la humanidad, momento que será en la Parusía (Día de la segunda venida de Cristo), el día de la ‘resurrección’. Yves Semen nos resume comentando a Juan Pablo II:
“La resurrección de los muertos es el final de la historia, ‘la realización definitiva del género humano, la clausura cuantitativa del círculo de seres que fueron creados a imagen y semejanza de Dios, a fin de que multiplicándose a través de la conyugal ‘unidad en el cuerpo’ de hombres y mujeres, sometiesen la tierra’. Con el final de la historia cesa el crecimiento de la humanidad, que ha llegado a su acabamiento y, al mismo tiempo, el matrimonio, en cuanto obra por la que vienen nuevos seres humanos a la vida, ya no tiene razón de ser”.[7]
Y prosigue este autor:
“La comunicación de Dios con el hombre en ese nuevo estado de la humanidad que es la resurrección ‘será tan perfecta que calmará por completo y de una manera sobreabundante nuestra sed de comunión. Aquello para lo que hemos sido hechos, a saber: ser seres de comunión, una vocación que el matrimonio nos permite llevar a cabo aquí abajo, lo viviremos en un grado de total perfección en el ‘entregarse de Dios a cada persona. En consecuencia, ya no habrá allí ni marido ni mujer, porque la entrega de nosotros mismos a una persona estará infinitamente por debajo de aquello con lo que Dios mismo nos colmará, lo que recibe el nombre de ‘visión beatífica’”[8]
Allí (en el día de la resurrección) la historia humana habrá llegado a su fin, es decir, el matrimonio ya no tendrá sentido porque comenzará una nueva relación entre Dios y los hombres (que se salven), que será la relación ‘cara a cara’ o también conocida como  relación de la visión beatífica, el gozoso momento de ver a Dios tal y como Él es. Ésta será la máxima realización de la felicidad del hombre. (cf. 1 Co 13, 12). En la pequeña ‘casa de Nazaret’, donde habita Dios en persona, María y José viven una nueva dimensión del matrimonio: la dimensión de felicidad consumada, porque en Jesús se les adelantó la ‘contemplación de rostro de Dios’. Debido a ello cada uno llevó al máximo su ser-comunión con Dios teniendo en común este amor con el que Dios los llenaba plenamente. Toda relacionalidad de acto conyugal entre ellos, en consecuencia, ya no tenía razón de ser, ya que su sed de comunión estaba plenamente colmada por Dios en persona, Jesucristo. El ‘Dios con nosotros’ (Emmanuel) vivía con ellos, y la pequeña casa de Nazaret era ya un adelanto de cielo.
Serán como ángeles” (Mt 22, 30) no significa tampoco que serán seres ‘des-encarnados’, nada de eso. En el cielo viviremos en la plenitud de nuestro cuerpo, que en la resurrección será glorioso, un cuerpo que, como dice san Pablo, será ‘misterio’. Esto es lo admirable de José y María, sobre todo en José, del cual sabemos que no estuvo exento de la mancha del pecado original. José tuvo que experimentar los embates del sufrimiento y las tentaciones, y en esto está lo admirable de su personalidad. Recordemos que cuando Dios lo llama a llevar esta misión debió ser un joven de veinte años en promedio, por lo que su figura es una palabra de Dios interpelante para todos los varones, especialmente para los jóvenes.
Hoy en día, en una sociedad tan marcada por el erotismo y la sensualidad burda, donde el objetivo de la vida parecería ser el disfrutar al máximo sin ninguna responsabilidad, José de Nazaret aparece como una imagen que denuncia, o al menos, cuestiona. En el tiempo actual, en el que el ‘ser hombre’ está tan venido a menos, con tantos casos de hogares destruidos por peleas, rencores, asesinatos, violaciones de padres a hijos e hijastros, aparece José de Nazaret para decirnos que hay otra forma de actuar, otra forma de vivir, que dentro de cada hombre todavía queda algo inmenso, una semilla de eternidad, una sed de grandeza, un punto de bondad, de infinito, que Dios puede hacer que germine y crezca hasta llegar a niveles insospechados, de tal manera que un hombre pueda incluso criar a un hijo que no engendró y amarlo tanto o más que cuando fuera suyo, más que a su propia vida.
Actualmente, en que vemos que cada vez se hace más común la “familia alargada”, en donde un hombre se topa más frecuentemente con que tiene que educar a un hijo que no es suyo, a éste le quedan dos opciones: o vivir maltratando a este niño porque en su egoísmo éste le recuerda que hubo otro hombre en la vida de su mujer –que es el caso más común de reacción, al menos por lo que vemos en las noticias-, y si opta por esto obviamente su vida se volverá un infierno; u opta por otra alternativa, puede elegir amar. Obviamente que amar a un hijo que no es suyo no está en las fuerzas humanas, se necesita la ayuda de Dios. Aquí se vería el valor de este hombre, y José de Nazaret sería la esperanza de que este camino no sólo lo haría feliz en esta vida, sino que sería recordado, es decir, pasaría a la historia, como un hombre grande, como un hombre ‘justo’, como un hombre bueno. ‘Nunca el hombre es tan hombre como cuando se arrodilla delante de Dios’. Y esto fue lo que hizo José; se arrodilló, pidió…y fue escuchado. Igualmente puede ser escuchado cualquiera.
La figura de José de Nazaret nos dice que la hombría no está en gritar, engañar, golpear o violar a una mujer, ni tener cincuenta mujeres a la vez. Ser hombre es otra cosa. José de Nazaret aceptó ser el esposo que no toca, el padre que no engendra; y verdaderamente fue esposo… y verdaderamente fue padre, un gran padre. Porque hay que ser bien hombre para aceptar ser durante toda tu vida una sombra, la sombra de Dios. Su humildad fue tan grande que en todo el Evangelio es el único del que no se menciona que haya dicho una sola palabra. Su virtud no está en hablar sino en escuchar y obedecer. Hizo todo lo que se le dijo que hiciera. José, como dice Ian Dobraczynski, fue no sólo para Jesús de Nazaret, sino para todos nosotros, la sombra del Padre.

Gustavo Arriola Guzmán
Los Olivos, 28 de agosto de 2015, Memoria de san Agustín, Obispo y Doctor de la Iglesia




[1] JOSEPH RATZINGER, “La infancia de Jesús”, p45
[2] cf. Gn 28, 10-12
[3] Sermón 2, opera 7, 16.27-30, citado por LLHH (DDB), tomo II, p1603
[4] Cf. Op. cit. p48
[5] Cf. Sal 119,164

[6] Cf. Lc 2, 41-51
[7] Cf. Yves Semen, op.cit., p142; Juan Pablo II, Audiencia General, 02/12/1981, §4
[8] Idem

lunes, 20 de mayo de 2013

Sobre la dignidad de la mujer



“Si conocieras el don de Dios” (Jn 4, 10)

Sobre la esperanza de recuperar la dignidad de la mujer en el mundo de hoy



Introducción

Hace algún tiempo, China comenzó un programa de control de natalidad llamado “la política del hijo único”. Al respecto comenta Reggie Littlejohn, una fiscal de E.E.U.U. que fundó el Women’s Rights Without Frontiers(Derechos de las mujeres sin fronteras), -una coalición internacional en contra del aborto forzoso y la esclavitud sexual en China-: “La política china del hijo único provoca más violencia contra las mujeres y las niñas que cualquier otra política del mundo, que cualquier otra política oficial en la historia del mundo[1]. Esta percepción se comprueba al verificar que los abortos que más se practican por exigencia de esta ley se dan contra las niñas por nacer. Las estadísticas relacionadas con la política del hijo único son asombrosas. Desde que comenzó a aplicarse en 1979, las autoridades informan que se han evitado 400 millones de vidas. El gobierno dice también que se realizan 13 millones de abortos cada año, lo cual da como resultado una cantidad de 1458 abortos realizados cada hora. Lo que comenzó como una política llevada a cabo por razones económicas se ha convertido en una sentencia de muerte económica para China y ha generado también –debido a la superpoblación de varones respecto de las mujeres- el aumento del tráfico sexual, de la compra de novias y de los matrimonios a la fuerza.[2] Este hecho es prácticamente desconocido por la gran mayoría de la población.
Actualmente, la ideología de género no sólo está generando muchas muertes de niñas inocentes, sino que con los niños –varones y mujeres- están experimentando para que ellos decidan su ‘opción sexual’. Se tiene el caso, en Estocolmo, de la existencia de un ‘centro educativo inicial asexuado’ que no trata a los niños como ‘niño’ o ‘niña’, sino que les enseñan a que ‘cada uno elija desde la edad más temprana su ‘orientación sexual’[3] Tras un año de funcionamiento, este centro educativo inicial tiene en espera 200 ‘familias’ (parejas homosexuales) esperando por una plaza.[4]
En Occidente -a diferencia de Oriente, sobretodo China- no se necesita de ninguna ley impuesta por el gobierno para que la mujer tenga uno o como máximo dos hijos. La situación occidental es mucho más peligrosa y dramática: la mujer pos moderna -y también el varón- está convencida de que lo mejor es tener como máximo dos hijos; no necesita de ninguna ley externa, sino que esta ley la ha adoptado como suya en aras de una supuesta ‘libertad’ o de una supuesta ‘independencia’ económica y social.
No pocas mujeres viven hoy en día con un estilo de vida impuesto muy sigilosamente desde hace ya varias décadas. Esta nueva ética es un fenómeno generalizado o, si se quiere, global. Se propone el estilo de una mujer llamada ‘moderna’. ¿En qué consiste el ideal de esta mujer moderna? A pesar de que éste es un tema generalizado, daremos un ejemplo de la sociedad peruana. En el artículo reciente de una revista local titulado ‘Sexys versus cucufatas’, en el que se exalta esta ideología de género y la llamada ‘emancipación de la mujer’, se dice que: “hoy cada vez son menos las que ven el matrimonio como el mayor triunfo de su vida. Atrás van quedando las amas de casa con delantal y escoba. Y son las multifacéticas las que toman la delantera, con una buena administración de la casa, la familia y los negocios. La mujer “moderna” es un estilo de vida y representa el 55% de las peruanas. Aquí figuran las de carácter pujante, aquellas que ven su realización personal cuando logran alcanzar el éxito laboral o en los estudios. Las que comparten las responsabilidades del hogar con el esposo, las que deciden posponer el matrimonio o la concepción de un hijo por las búsqueda del éxito profesional[5]
Este nuevo estilo de vida no sólo afecta a la mujer, sino también al hombre en general, en todo campo, en toda situación. Y, aunque como veremos más adelante, nace de una propuesta ideológica atea, está siendo contrastado –en el mejor de los casos- e incluso confundido con lo que presenta la doctrina social de la Iglesia. Por ejemplo, veamos cómo prosigue el artículo de la mencionada revista: “En la publicación ‘Sexualidad, Religión y Estado’, presentada por el movimiento ‘Católicas por el derecho a decidir’ (CDD), revelan que el 85% de la población católica está de acuerdo con usar anticonceptivos sin estar casada, que limeñas de dicho credo viven su sexualidad de manera distinta a lo que manda la Jerarquía de la Iglesia; y también analiza temas como la educación sexual, el uso de la píldora del día siguiente, la importancia del matrimonio y la virginidad, la homosexualidad, entre otros temas[6] Y luego añade el mencionado artículo unas palabras de una de los miembros del llamado movimiento CDD: “Nuestra sistematización nos permite afirmar que en Lima, la población católica demanda un cambio en el discurso oficial de su iglesia sobre el ejercicio de la sexualidad, en particular, en temas como educación sexual, anticoncepción, aborto y derechos de homosexuales, cuya posición es inflexible y no representa el sentir de muchas personas con esta fe”.[7]
Son varias las razones por las que he creído conveniente hacer esta breve exposición;sin embargo, entre éstas no está el defender a la Iglesia Católica de un sinnúmero de incoherencias, puesla Iglesia ha sido y seguirá siendo perseguida siempre, y subsistirá hasta el fin del mundo. Ahora el punto no es este. El punto es si está en verdad o no la realización de la mujer en la propuesta que el mundo de hoy hace, expuesta como ejemplo líneas arriba. Lo único que quiere la Iglesia es lo único que quiere Dios y por lo único que vino Jesucristo,que es la salvación del hombre –varón y mujer-, su felicidad, porque para eso lo ha creado.
A lo largo del presente resumen de un aspecto de la muy rica sabiduría de la Iglesia, meditaremos y descubriremos si en verdad está la realización de la mujer en lo que propone la nueva ética mundial, a saber: en su independencia económica, en la imitación de las actitudes masculinas, en la práctica del sexo por el placer, en la anticoncepción, en el aborto, en el mero éxito profesional, en la homosexualidad, en su individualismo, etc. En nuestra reflexión anterior sobre el ‘Cambio epocal y la nueva evangelización’, concluíamos resaltando la importancia de la evangelización como único medio de suscitar la fe en Jesucristo, fe que es vivida no de manera individualista, sino en una comunidad cristiana, en la Iglesia, la cual no es una jerarquía. Aunque el movimiento feminista mencionado líneas arriba se llame católico, su fe no tiene nada que ver con la fe de la Iglesia; es más, lo único cierto es que simplemente no tienen fe y no por culpa suya, sino porque nadie les ha anunciado a Jesucristo. Pero de esto trataremos más adelante en la parte conclusiva de esta breve exposición.







1.      Un signo de los tiempos

El tiempo posmoderno es llamado por muchos el tiempo de la ‘emancipación de la mujer’, pero, en vista de lo expuesto anteriormente, tal vez convenga preguntarnos “¿emancipación… de qué?” ¿De qué supuestamente está emancipada? ¿Cuál es el yugo o el peso que se ha quitado de encima? ¿Qué cadenas se le han roto? ¿Esta supuesta emancipación a qué realización le ha llevado? ¿Hoy en día, la mujer es realmente feliz? Los signos de los tiempos de hoy dicen que no. Nunca como hoy se ha visto a la mujer tan esclavizada de sus supuestas ‘conquistas sociales’ a la que el nuevo lenguaje impuesto por una nueva ética mundial llama: ‘derechos de la mujer’, ‘libertad para elegir’, ‘aborto seguro’, ‘niño deseado o planificado’, ‘salud reproductiva’, ‘aborto terapéutico’, ‘opción de género’, ‘vientre de alquiler’, ‘embarazo asistido’,‘interrupción voluntaria del embarazo’,‘mujer top’, ‘madre moderna’, ‘amiga con derecho’, ‘pareja’, ‘compromiso’, ‘impulsadora’, ‘dama de compañía’, ‘modelo’, ‘planificación familiar’, etc., en fin, la lista sería interminable. Lo cierto es que, a pesar de que hoy se dan todas estas supuestas conquistas sociales, nunca como hoy la mujer moderna se ha encontrado tan sumida en una vorágine depresiva realmente alarmante.
¿Dónde comienza esta revolución? ¿Qué es lo que realmente ataca? Los orígenes de estos cambios son algo complejos de resumir, pero trataremos de simplificarlos para que sean entendibles. Lo que todo esto ataca son justamente los dos únicos caminos por los que la mujer se realiza como persona: la maternidad, como fruto de la unión esponsal con un varón, y la virginidad, palabra que definitivamente los ingenieros sociales quieren erradicar del léxico actual. Aquí trataremos de ver, de la mano de Juan Pablo II[8], los fundamentos antropológicos y teológicos del porqué sólo estos dos caminos hacen real y no ilusoriamente feliz a la mujer.
En el tiempo moderno, todo este mecanismo de muerte comienza en la organización que paradójicamente surgió como defensora de la dignidad y de los derechos humanos: la ONU. Esta llamada ‘ideología de género’ comienza con el término de la Guerra Fría, cuyo icono representativo es la caída del muro de Berlín. En ese momento, se necesitaba supuestamente gente que reorganice un nuevo estilo de vida en un mundo en donde ya no había la división entre Oriente y Occidente. Comienza la globalización. La sociedad estaba preparada para un genuino cambio, aspiraba a la paz, a la democracia, a la libertad religiosa, a la reconciliación entre los pueblos, etc. De esto se aprovecharon pequeños grupos de presión, ingenieros sociales, para implantar una nueva forma de vivir, normalizada, global. La ONU se presentó como la única institución capaz de humanizar la globalización, se ofreció como una ‘autoridad moral universal’, pero realmente las aspiraciones de la humanidad fueron secuestradas y la ONU con su ética mundial, su solidaridad, su altruismo y su humanitarismo ahora sirve frecuentemente de tapadera para un programa de desconstrucción humana y social.[9]
Una de las conferencias intergubernamentales que organizó la ONU en tan sólo seis años para implantar toda esta ideología de muerte es la que se trató sobre ‘la mujer’ (Beijing, 1995), que, junto con la conferencia de ‘la población’ (El Cairo, 1994), emitió una orden declarando que las mujeres tenían el ‘derecho’ a la ‘salud reproductiva’. Este ‘derecho’ fue definido de tal forma que incluía una ‘vida sexual satisfactoria’ y el tener ‘hijos cuando se decida tenerlos’. Es en la conferencia sobre la mujer donde se implanta ‘la ideología de género’ para encubrir el aborto, el feminismo radical, el lesbianismo, el homosexualismo, el transexualismo, etc. En la conferencia sobre la población se introdujo las varias formas de ‘familia’ (parejas del mismo sexo), etc. La ONU se convierte así en un catalizador de ideas de muerte que ya existían antes. Una gestora notable fue Margaret Sanger (1883-1966), quien era una activista libertina que promovía el libertinaje sexual, los métodos anticonceptivos incluyendo el aborto, la eugenesia y el racismo. Ahora existe una complicada telaraña de naciones que son miembros de la ONU, de agencias, de ONGs (aliadas estratégicas de la ONU en cada país, por ejemplo en Perú: Manuela Ramos, Flora Tristán, UNICEF, etc.) y grupos de presión, que utilizan sus foros internacionales para promover la legalización irrestricta del aborto en todo el mundo. La UNICEF utiliza cerca de la mitad de sus fondos para llevar a cabo campañas de esterilización y abortos en todo el mundo. Desde 1960 al 2006 el número total de abortos quirúrgicos en todo el mundo equivale más o menos a la población de toda América, toda África y toda Australia, y este número sigue creciendo de manera poco menos que exponencial.
Ahora bien, ¿qué efectos físicos, emocionales, psíquicos, espirituales tiene el aborto sobre la mujer que lo realiza? ¿Acaso una mujer puede abortar y al día siguiente seguir con su vida como si no pasara nada? ¿Qué secuelas causan los millones de estrógenos que ingresan en su cuerpo con cada ‘píldora del día siguiente’? ¿Por qué no hablan de estos efectos –alteraciones nerviosas, quistes, miomas, cáncer, riesgo de derrames cerebrales, etc.- los fabricantes de estos productos o los centros que los comercializan o los centros abortistas? ¿Por qué no se habla de los efectos del incesto que ocurriría si una mujer tuviera un hijo de alguien que resulta que es su padre biológico quien fue un donante de esperma en un centro de fecundación artificial?[10]Detrás de todo esto hay billones de dólares que pequeños grupos ganan a un solo y altísimo precio: la destrucción física y moral de la mujer. Nunca como hoy se han visto tales índices de madres solteras, matrimonios destruidos, de mujeres ‘exitosas’ pero solitarias que viven de las compras, los gimnasios y las fiestas, de mujeres prostituidas, de niños abandonados, de enfermedades cancerígenas, de enfermedades venéreas,de sida, de depresión y de suicidios causados por esta ideología de género que en todo sentido de la palabra es una ‘cultura de muerte’.
Luego, ¿realmente está la felicidad de la mujer en ‘unirse’ sexualmente con otra mujer? ¿Está verdaderamente su realización en unirse con un hombre por el mero goce sexual? ¿Está realmente su plenitud en matar al hijo de sus entrañas, porque simplemente perturba su plan de éxito profesional para conseguir una mejor ‘calidad de vida’?. Para responder a estas cuestiones tendríamos que ir hacia una única interrogante, una pregunta primaria: ¿Qué es una mujer? ¿Cuál es la esencia fundamental que la define? ¿Dónde radica su feminidad? ¿Qué es lo específicamente femenino?¿Por qué la mujer de hoy, a pesar de todos sus “logros sociales”, simple y llanamente no es feliz? La filosofía ciertamente se ha acercado mucho a la respuesta, pero tiene un límite para una solución realmente satisfactoria. Un mundo que niega a Dios difícilmente podrá responder tan sólo a una de estas cuestiones. Y es que sólo la revelación nos ha legado el camino para responderlas. Es más, es Dios mismo el que ha hecho que esta respuesta se haga carne. Dios se hizo hombre para que el hombre –varón y mujer- se encuentre a sí mismo. Sólo Jesucristo muestra al hombre lo que es ser hombre[11]. Responder por tanto a qué es ser mujer está unido a responder qué es ser hombre. “Se trata de comprender la razón y las consecuencias de la decisión del creador que ha hecho que el ser humano pueda existir sólo como mujer o como varón. Solamente partiendo de estos fundamentos, que permiten descubrir la profundidad de la dignidad y vocación de la mujer, es posible hablar de la presencia activa que desempeña en la Iglesia y en la sociedad”.[12]



2.      Unión con Dios

En anteriores reflexiones hemos visto que el hombre vive dividido en su interior entre lo bueno que quiere hacer y no hace, y lo malo que le repugna y finalmente hace; vive radicalmente falto de salvación por aquello que llamamos el pecado de los orígenes.[13] Es significativo que el acontecimiento salvífico de la plenitud de los tiempos haya llegado con la humanización de Dios a través de una mujer: “Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Ga 4,4).Aquí San Pablo no utiliza el nombre propio de ‘María’, sino que estratégicamente ha querido ponerlo en concordancia con el protoevangelio (Cf. Gn 3, 15) para afirmar de manera rotunda que Cristo es el cumplimiento de la plenitud de los tiempos, es la descendencia de la mujer, de la Nueva Eva que aplastará la cabeza de la serpiente, que destruirá el pecado, que restituirá la dignidad de la mujer.
El hombre –varón y mujer- es creado a imagen y semejanza de Dios como comunión de personas, comunión que es espiritual y física a través de la entrega de los cuerpos que sólo es posible por la diferencia sexual. El varón y la mujer son física, psíquica, emocional y espiritualmente diferentes para que pueda darse justamente la complementariedad entre ambos. La imagen y semejanza con Dios no está en el varón y la mujer separados simplemente por ser seres espirituales sino por estar, gracias a su diferencia, indefectiblemente unidos. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás.[14]
El varón y la mujer son personas igualmente, su igualdad es en la dignidad propia de su humanidad. Cada hombre –varón y mujer- es un ser único e irrepetible, radicalmente distinto a criatura alguna sobre la tierra. Esta igualdad de dignidad se manifiesta en la creación de la mujer de la costilla de Adán, es decir, de su ‘costado’. La mujer no está ni por encima ni por debajo del hombre, es su igual, su hermana en la humanidad. Dicen los Santos Padres que al sacar a Eva del hueso de Adán, la saca de lo más profundo de su ser, de la profundidad de su interioridad, en este sentido Eva estaba dentro de Adán, era como su alma. Es puesta la mujer por tanto como otro ‘yo’, una compañera de la vida con la que el hombre se puede unir como esposa llegando a ser una sola carne (Cf. Gn 2, 24). Por eso es que el hombre la reconoce como “carne de su carne y hueso de sus huesos” (Cf. Gn 2, 25), ya que la carne y los huesos en el lenguaje semita expresan la esencia misma del ser humano (Cf. Sal 139), abarcan al hombre entero; y por eso es llamada iššah, ‘mujer.’
Las lenguas modernas lamentablemente no logran expresar esta relación inseparable y esencial con el varón.  “Esta será llamada mujer (iššah) porque del varón (iš) ha sido tomada” (Gn 2, 25). En el idioma hebreo se expresa algo así como si en español se quisiera decir a la letra: varón y varona. Esta expresión de profunda unidad manifiesta la intenciónde Dios de crear a la mujer para que sea de ‘ayuda’ al varón.
“Voy a hacerle una ayuda adecuada” (Gn 2, 18) “La ayuda y comunión no se refiere sólo a la atracción sexual […] Ayuda en el A.T. tiene un sentido marcadamente personalista. Por ello, no es extraño que el Eclesiástico, aludiendo a este texto del Génesis, dé al encuentro con la mujer un significado de ‘ayuda’ infinitamente amplio: ‘Mujer hermosa recrea la mirada y sobrepasa todo lo deseable; si además habla con ternura, su marido no es como los demás hombres; tomar mujer es una fortuna: ayuda y defensa, columna y apoyo. Viña sin tapia será saqueada, hombre sin mujer andará a la deriva’ (Ecco 36, 22-25). No se puede expresar mejor, ni con menos palabras, la intención profunda de Dios sobre la realidad sexual del hombre y la mujer. La llamada recíproca del hombre y la mujer queda orientada, desde sus comienzos, hacia esa doble finalidad de crear la unidad y la vida. Por una parte, es una relación personal, íntima, un encuentro en la unidad, una comunidad de amor, un diálogo afectivo pleno y totalizante, cuya palabra y expresión más significativa se encarna en la entrega corporal. Y, por otra parte, esta misma donación, fruto del amor, se abre hacia una fecundidad que brota como consecuencia”.[15]
Ahora se entiende que la expresión de Adán hacia Eva sea el primer canto de amor en la historia humana de un hombre hacia una mujer. Tal como dijimos, para la cultura semita los huesos indican lo más profundo de la interioridad del hombre y en su lenguaje carente de superlativos, cuando se quería recalcar algo, se duplicaba la expresión a ensalzar (Cantar de los cantares, rey de reyes, Amén amén, etc.); por tanto, nuevamente por problemas del idioma esta expresión de Adán pierde su sentido originario y profundo que se podría pensar en algo así como: “Tú sí que eres el alma de mi alma, la vida de mi vida, el ser de mi ser”.
Por tanto,es en esta igualdad de dignidad personal y en la diferencia específica entre  la masculinidad y la feminidad en que el varón y la mujer encontraban la felicidad en la entrega sincera de sí mismos del uno hacia el otro. En Eva se supera la ‘soledad original’ de Adán ya que la vida de él adquiere sentido porque en su comunión con Eva estaba su comunión con Dios. La felicidad de uno era por naturaleza la felicidad del otro.
El libro del “Cantar de los Cantares” expresa el canto de amor que celebra la dignidad del cuerpo como medio de comunión. Aquí se expresa de manera admirable la igualdad de la mujer en su dignidad cuando el esposo la llama “hermana y esposa mía”. Como dijimos anteriormente, la mujer es hermana, su igual en dignidad. “El hombre y la mujer antes de convertirse en marido y mujer […] surgen del misterio de la creación, ante todo como hermano y hermana en la misma humanidad[16]. La expresión: “eres jardín cerrado, fuente sellada” (Ct 4, 12) manifiesta la magnífica celebración de la dignidad de la mujer a través de la afirmación de la inviolabilidad de su espacio interior. La mujer es dueña de su propio misterio, un misterio que jamás será posible descubrir del todo. Este misterio es radicalmente incomunicable, imposible de descubrir en su totalidad, que ella sea “fuente sellada” implica que está más allá de todo lo que  el esposo conoce de ella, de todo lo que pueda decir de ella y de todo lo que ella pueda decir de sí misma.[17]


3.      El drama del pecado

“Luego del pecado, el varón y la mujer se encuentran entre ellos, en vez de unidos, más divididos e incluso contrapuestos, a causa  de su masculinidad y su feminidad”[18]. Antes incluso de esconderse de Dios, lo primero que hacen Adán y Eva luego del pecado es ocultar sus signos sexuales con hojas de higuera (Cf. Gn 3, 7). Con esto se expresa que lo primero que se rompe es la comunión entre ellos, ya que no sólo se ocultan los signos de la unión sexual -hasta ese entonces santa e imagen de la comunión de las personas divinas-, sino que se cierran radicalmente a la comunicación entre ellos: de sus cuerpos, de sus sentimientos, de sus emociones, anhelos, de su interioridad más profunda. Por ello se entiende que el pecado original sea, como dice Juan Pablo II, realmente un cataclismo ontológico monumental.[19]El pecado produce la vergüenza del cuerpo que introduce la incapacidad de comunicarse totalmente en su diferencia, la voluntad de dominio y la división de la concupiscencia.
La voluntad del dominio destruye el equilibrio de la igualdad originaria: “Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará” (Gn 3, 16). A lo largo de la historia se ha visto cómo esta sentencia se ha ido cumpliendo en todas las culturas, en algunas más que en otras, desde todas las formas de poligamia, la prostitución sagrada de las religiones, la prostitución en sí, etc., hasta el comercio sexual actual en todas sus formas: turismo sexual, trata de blancas, publicidad, modelaje, etc., así como también es muestra de ello la actual forma de vestir de la mujer, que busca llenar su carencia afectiva atrayendo la mirada masculina. La mujer pos moderna, a pesar de que cree que está en la era de su emancipación, jamás se había encontrado tan dominada por la ‘clientela’ masculina. La amenaza del dominio es más grave para la mujer y, al mismo tiempo, disminuye la verdadera dignidad del hombre: el hombre que actúa contra la dignidad de la mujer actúa contra su propia dignidad por ello la mujer no puede convertirse en “objeto” de “dominio” y de “posesión” masculina.[20]
La justa oposición de la mujer a “él te dominará” (Gn 3,16) no puede conducir de ninguna manera a la ‘masculinización’ de las mujeres. Este es el error más grave que la mujer de hoy está cometiendo. Esto va en contra de su ‘originalidad’ femenina. Por este camino la mujer no llegará a ‘realizarse’ y podría, en cambio, deformar y perder lo que constituye su riqueza esencial, una riqueza enorme ante la cual se dio la exclamación de gozo del hombre de todos los tiempos. Como dice Juan Pablo II: “Para la mujer la perfección no consiste en ser como el hombre, en masculinizarse hasta perder sus cualidades específicas de mujer: su perfección, que es también un secreto de afirmación y de relativa autonomía, consiste en ser mujer, igual al hombre pero diferente. En la sociedad civil, y también en la Iglesia, se deben reconocer la igualdad y la diversidad de las mujeres.[21] Y en otro lugar añade también:“Los recursos de la femineidad no son menores a los de la masculinidad, sólo son diferentes. La mujer debe entender su realización sobre la base de estos recursos, sólo así se superará la herencia del pecado de Gn 3, 16.”[22]Y como veremos más adelante, esta oposición entre varón y mujer como herencia del pecado se supera en el matrimonio, alianza nupcial entre el varón y la mujer, elevada a sacramento gracias a Jesucristo y su misterio pascual.


4.      Protoevangelio

Antes de la sentencia a la mujer sobre la consecuencia del pecado (Cf. Gn 3, 16), está el anuncio de la esperanza de la salvación junto con la maldición de la serpiente: “Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar” (Gn 3, 14s). Esta buena noticia es llamada por los Padres de la Iglesia como el protoevangelio (primera buena noticia). Por la traducción griega del artículo masculino (“él” te pisará la cabeza) los santos Padres han visto que la victoria de la humanidad sobre el demonio se dará por un descendiente de la mujer, por lo que se ha visto el anuncio del mesías, nacido de la nueva Eva, nacido de mujer. La traducción latina del mismo pasaje muestra un artículo femenino (“ella” te pisará la cabeza), que ha tenido dos posibles interpretaciones: la primera referida al sustantivo femenino “descendencia” y la otra referida a la mujer. Debido a ello, los Padres latinos lo han atribuido a María, por lo que hasta hoy se representa a la virgen pisando la cabeza de la serpiente. Estas dos versiones no se contraponen, sino que se complementan y enriquecen; es una victoria de la humanidad sobre Satanás que se cumple con un restablecimiento de la relación entre el varón y la mujer, nueva relación a la que quiso referirse Jesús con la expresión: “¿Qué tengo yo contigo mujer?” (Jn 2, 4) en las bodas de Caná y que equivocadamente se puede interpretar como una expresión despreciativa de Jesús hacia su madre cuando es todo lo contrario. Jesús se pregunta cuál es la nueva relación entre el hombre (él) y la “mujer” (su madre) y él mismo da la respuesta accediendo a su pedido  convirtiendo el agua en vino: él es el nuevo Adán y ella la nueva Eva, los dos vencerán a Satanás y restablecerán la grandeza de la vocación de la humanidad, la vocación del hombre y la mujer.
Para estipular su Alianza con la humanidad, Dios sólo se había dirigido a hombres: Adán, Noé, Abrahán, Moisés.Al comienzo de la nueva y definitiva Alianza se dirige a una mujer: la virgen de Nazaret.



5.      Las mujeres en el Antiguo Testamento[23]

Toda la historia de la salvación está plasmada de figuras femeninas que expresan la altísima dignidad y vocación de la mujer a la cual Dios ha confiado el hombre. Las mujeres estériles[24] que conciben un hijo por la fuerza de Dios son un signo singular del actuar gratuito de Dios, que es fiel a sus promesas de salvación. En la esterilidad humana, Dios muestra que el hijo es fruto únicamente de su designio y de su poder. Todas ellas prefiguran a María, ya que sólo Dios puede abrir el seno estéril a la maternidad y, más maravilloso aun, sólo Dios puede hacer que una virgen, sin dejar de ser virgen, sea madre. El hijo de estas mujeres estériles tendrá una misión importante en la historia de la salvación.
Mujeres que salvan a Israel son los casos de Débora, Judit y Ester. La juez y profeta Débora vence al ejército del enemigo y es llamada ‘madre de Israel’. Judit es la ‘judía’ por excelencia y, como Débora y Ester, es madre de Israel. Ella es la viuda defendida por Dios que destruye, aplastando la cabeza de su general Holofernes, a Nabucodonosor, encarnación del orgullo personificado. De este modo Judit es el prototipo de la debilidad que vence la violencia, el mal; ella es prefigura de María, cuyo Hijo aplastará realmente la cabeza del jefe de nuestros enemigos. Ester, “bella de aspecto y atractiva”, es el modelo de fe en Dios y signo de la esperanza; ella intercede ante el rey Asuero para que éste revoque un decreto por el cual se iba a exterminar a todos los judíos de su reino. En Ester, que confiando en Dios, salva a Israel con su intercesión, hallamos la imagen de María como ‘abogada’ nuestra.
En el evangelio según Mateo (Cf. Mt 1, 1ss), aparecen cuatro mujeres -Tamar, Rut, Rahab y Betsabé- que fueron instrumento del designio de salvación de Dios, aunque se caractericen por sus uniones matrimoniales irregulares (extranjeras o pecadoras). Estas son las mujeres que Mateo escogió y no otras quizá más significativas en la historia de Israel. La acción de Dios a través de modalidades humanamente ‘irregulares’ subraya la gratuidad de la elección divina. Jesús, hijo de David, es hijo de Tamar, de Rut, de Rahab y de Betsabé, las cuatro mujeres, además de María, que incluye Mateo en la genealogía. Cada una de ellas tiene un significado. Tamar es una mujer cananea que se fingió prostituta y sedujo a su suegro Judá de quien concibió dos hijos: Peres y Séraj; a través de Peres, Tamar quedó incorporada a los antepasados de Jesús (Cf. Gn, 38, 24). Rahab es una prostituta pagana (de Jericó), que llegó a ser ascendiente de Jesús, como madre del bisabuelo de David (Cf. Jos 2, 1-21; 6, 22-25). Rut es una extranjera, descendiente de Moab, uno de los pueblos surgidos de la relación incestuosa de Lot y sus hijas y, por ello, despreciado por los hebreos; pero de Rut nació Obed, abuelo de David, entrando así en la historia de la salvación, como ascendiente del Mesías. Betsabé, la mujer de Urías, el hitita, perpetró el adulterio con David (Cf. 2Sam11), pero se hizo ascendiente de Jesús, dando a luz a Salomón.
Son los designios misteriosos de Dios, que salva y lleva adelante su obra por vías insondables, por encima de los pecados del hombre. Con tales uniones irregulares cumplió Dios su promesa y llevó adelante su plan de salvación. Tamar fue instrumento de la gracia divina para que Judá engendrase la estirpe mesiánica; Israel entró en la tierra prometida ayudado por Rahab; merced a la iniciativa de Rut, ésta y Booz se convirtieron en progenitores de David; y el trono davídico pasó a Salomón a través de Betsabé. Las cuatro mujeres comparten con María lo irregular y extraordinario de su unión conyugal. Nombrándolas Mateo en la genealogía, llama la atención sobre María, instrumento del plan mesiánico de Dios, pues fue “de María de quien nació Jesús, llamado Cristo” (Cf Mt 1, 16). Esto sucede, dice Lutero, porque Cristo debía ser salvador de los extranjeros, de los paganos, de los pecadores. Dios da la vuelta a las cosas. Como dice Benedicto XVI: “Dios deja una medida grande –supergrande según nuestra impresión- de libertad al mal y a los malos; pero, no obstante, la historia no se le va de las manos.”[25]María, en el Magnificat, canta este triunfo de lo despreciable, que Dios toma para confundir lo que el mundo estima.


6.      Jesucristo

Toda la contraposición entre el hombre y la mujer, que describimos en el punto tercero como consecuencia del pecado de los orígenes, se supera en la Nueva Alianza, se supera en Jesucristo; de tal manera que, como dice San Pablo: “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3, 28).
En el protoevangelio se vislumbra que la redención del hombre estará íntimamente relacionada con la mujer. El redentor del mundo fue, ante sus contemporáneos, el promotor de la verdadera dignidad de la mujer.[26] Esto causaba cierto escándalo en los judíos de su tiempo y hasta en sus mismos discípulos que se sorprendían de que hablara con una mujer” (Jn 4, 27).
Otro caso de escándalo se dio cuando Jesús, ante la invitación de un fariseo, va a la casa de éste a comer. Una mujer entra de pronto, se arroja a sus pies y, mientras lloraba, se los lavaba con sus lágrimas, para luego secárselos con sus cabellos. El anfitrión, al ver esta escena, se dice para sí: “Si este fuera profeta sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora” (Lc 7, 39).  Otro caso lo vemos en la escena de la defensa de los derechos ‘masculinos’(sobre el divorcio en el matrimonio) por parte de los escribas, ante los cuales Jesús hace una referencia al ‘principio’ (Cf. Mt 19, 8; Lc 16, 18) sobre el cual hablamos en el segundo punto de nuestra reflexión.


7.      Las mujeres del Evangelio

Jesús, que pasó por este mundo haciendo el bien (Cf. Hch 10,38), curó e hizo favores a muchas mujeres. Curó a una mujer encorvada que, por poseer un demonio, no podía en modo alguno enderezarse (Cf. Lc 13, 11). A la suegra de Simón le toca la mano y se le quita la fiebre (Cf. Mt 1, 30). A una mujer que padecía flujos de sangre y, por tanto, no podía tocar a nadie porque pensaba que su contacto hacía al hombre “impuro” (Cf. Mc 5, 25-34), no sólo la cura, sino que alaba su fe. A la hija de Jairo, que ya estaba muerta, la restablece diciéndole: “¡Talitá kum!” (‘¡Niña, a ti te lo digo, levántate!’) (Cf. Mc 5, 41). De igual modo se compadece de una viuda en Naím y resucita a su único hijo al cual ya estaban yendo a enterrar junto con un cortejo fúnebre (Cf Lc 7, 13). También accede ante la insistencia de una mujer cananea que le pide que cure a su hija malamente endemoniada; y, al igual que a la hemorroísa, alaba su fe: “Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas” (Mt 15, 28).
El evangelista Lucas nos cuenta que eran muchas las mujeres que seguían a Jesús y le servían con sus bienes; sobre ellas volveremos a tratar más adelante. Lo importante ahora es recalcar, como hemos visto líneas arriba, que las palabras y obras de Jesús expresan siempre el respeto y el honor debido a la mujer.[27] A la mujer encorvada la llama ‘hija de Abrahán’ (Lc 13,16), que era un título hasta ese entonces dirigido sólo a los hombres. Camino al Gólgota se detiene ante algunas mujeres que lloraban al verlo pasar y las llama ‘hijas de Jerusalén’ (Lc 23, 28).
Hay mujeres a las que la opinión pública señala siempre despectivamente, tales como aquella que siempre anda cambiando de  marido, la prostituta o la mujer adúltera. En los tres casos vemos en el Evangelio cómo Jesús las trata siempre con respeto a su dignidad de mujeres. La samaritana había tenido, tal y como se lo dijo Jesús, cinco maridos; sin embargo, es justo a ella a la que le revela los secretos del Reino de Dios (Jn 4, 7-27). A una pecadora pública no la juzga y perdona todos sus pecados: “Quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor” (Lc 7,  37-47). A una mujer adúltera la salva de morir apedreada y le dice: “Mujer, ¿dónde están [tus acusadores]? ¿Nadie te ha condenado? […] yo tampoco te condeno, vete y en adelante no peques más.” (Jn 8, 10s).
Es significativo que Jesús revele los misterios más profundos del Reino precisamente a las mujeres. Con la Samaritana dialoga sobre los más profundos misterios de Dios: el don infinito de su amor que es el Espíritu Santo (Jn 4, 14), la verdadera adoración en espíritu y en verdad (Jn 4, 24) y le revela además que Él es el Mesías (Jn 4, 26). Éste es un acontecimiento sin precedentes y es uno de los relatos más bellos y conmovedores de toda la Biblia. La samaritana pasa de ser una pecadora a ser discípula de Jesús; ella lo anuncia ante sus paisanos, quienes luego creen ya no por sus palabras, sino porque lo han visto y oído.  A Marta, hermana de su amigo Lázaro, le revela el gran misterio de que Él es la resurrección (Cf. Jn 11, 21-27). El coloquio con Marta es también uno de los más importantes de todo el Evangelio.


Una mujer sorprendida en adulterio

En el episodio de la mujer adúltera, se sintetizan todas las costumbres en donde la mujer es ‘objetivada’ como instrumento de placer del varón. Nunca antes se ha visto tanto como hoy que la mujer sea un objeto de consumo; su desnudez está presente en revistas y películas pornográficas, telenovelas, periódicos, cine, afiches publicitarios (negocios, licores, cervezas, autos, repuestos mecánicos, celulares, pinturas, etc.), calendarios, eventos deportivos, como impulsadoras de productos de consumo, ‘clubes nocturnos’, ‘saunas’ (prostíbulos asolapados), discotecas, etc.; en fin, también en todos los ámbitos a los que Benedicto XVI ha llamado el ‘turismo sexual’. Hoy más que en ningún otro tiempo la mujer no escapa al: “él te dominará” (Gn 3, 16) y lo más sorprendente es que la mujer se ha creído que ella es ‘libre’.
Pero estas transgresiones, ¿no son acaso también abusos ‘masculinos’? En el episodio que nos cuenta el Evangelista Juan, son los fariseos y escribas (al fin y al cabo varones) los que presentan a Jesús una mujer “sorprendida en flagrante adulterio” (Cf. Jn 8,4), pero son ellos mismos, empezando por los más viejos, los que comienzan a retirarse una vez que Jesús les dice que aquél que esté sin pecado le arroje la primera piedra (Cf Jn 8, 7). Detrás de estos pecados de la mujer se oculta también un hombre pecador, corresponsable del mismo pecado y que, como hemos visto en esta perícopa, ¡se convierte a veces en el propio acusador! Convendría entonces preguntarnos como Sor Juan Inés de la Cruz: ¿quién peca más: quien peca por la paga o quien paga por pecar?
¡Cuántas veces queda la mujer de hoy abandonada con su maternidad por culpa de un hombre infantil que no quiere aceptar su responsabilidad! “¡Cuántas veces este hombre y la sociedad la presionan para que “se libre” del niño!, y “se libran” pero ¡a qué precio! La conciencia de la mujer no consigue nunca olvidar el haber quitado la vida a su propio hijo, porque ella no logra cancelar su disponibilidad a acoger la vida inscrita en su “esencia” desde el ‘principio’”.[28] Es en referencia a este principio que se entiende la serenidad con la que actúa Jesús, quien conoce profundamente este principio, quien conoce que tanto el varón como la mujer han sido confiados el uno al otro como un don y, por tanto, ambos son llamados a la responsabilidad de preservar su unidad originaria. Se entiende entonces que sólo Cristo, ante su conocimiento profundo de la verdad de la mujer, la vea más allá de como la ve la sociedad y esto se manifiesta en su perdón, tal y como vimos líneas arriba. Por tanto, en toda situación, Jesús coloca la dignidad de la mujer como sagrada, tanto así que dirá en el discurso sobre las bienaventuranzas: “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5, 28).


8.      Las mujeres que seguían a Jesús[29]

Volviendo ahora al tema de las mujeres que le seguían, quisiera compartir una interesante reflexión del P. Raniero Cantalamessa sobre este tema. Veremos que serán precisamente ellas las que le seguirán hasta la cruz. Dice el evangelista Juan: “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena” (Jn 19, 25). Nos cuestionaremos ahora por qué son las mujeres las que le siguieron hasta el final. Lo de María es comprensible, simple y llanamente era su madre. La madre es la madre y está al lado del hijo aunque éste sea un delincuente o esté condenado a muerte. Pero, y las otras mujeres, ¿por qué estaban allí? El evangelista san Lucas nos habla además de que allí estaban Salomé, Juana y una tal Susana.
Los evangelistas nos cuentan que, tanto en el juicio como en el veredicto final de la condena a muerte de Jesús, estuvieron presentesPilato y los judíos (sacerdotes, fariseos y escribas), pero al fin de cuenta se podría decir que históricamente los culpables de la muerte de Jesús fueron los varones: uno lo traicionó, otro lo negó tres veces, muchos lo apresaron, otros tantos lo juzgaron dando falso testimonio (la mujer carecía de voz y voto en un juicio por lo que su testimonio no era válido), un varón dio el veredicto final de condenado a muerte, otros varones lo flagelaron, otro lo coronó de espinas; y, finalmente, otros tantos lo crucificaron repartiéndose sus vestidos y atravesándole el costado con una lanza. En cambio, son las mujeres las que lo habían seguido por él mismo, por gratitud del bien que habían recibido de él; no lo habían seguido –a la manera de los varones- por la esperanza de hacer carrera después. A ellas no se les prometió ‘doce tronos’ ni habían pedido sentarse a su derecha e izquierda en su reino, ni reclamaron el ciento por uno por haber dejado todo por seguirlo. Ellas ¡habían seguido las razones del corazón! ¡Simplemente le servían por amor! Le servían en la nueva dimensión de la redención, donde servir quiere decir reinar. Ellas ya se sentían redimidas.
A lo largo de la pasión de Cristo, son las mujeres las que suplen la crueldad masculina con la compasión. Incluso una pagana, Claudia Prócula, esposa de Pilato, le ruega a su esposo que no se meta con ese justo. Otra mujer, a la que la tradición recuerda como la Verónica, enjuga su rostro ensangrentado con un sudario; otras, a lo largo de la vía crucis, lloran y se lamentan por él.
La crisis de fe en el mundo de hoy radica en que no se escuchan las razones del corazón, sino solamente las razones retorcidas de la mente. Hoy se busca conocer y no amar. Las mujeres que seguían a Jesús son las únicas que no se escandalizaron de Él, ¿por qué? Porque simplemente habían “amado mucho” (Cf. Lc 7, 47) y es por ello que se entiende que sean ellas, las mujeres, las primeras en verle resucitado. Ellas fueron las primeras testigos de la resurrección simple y llanamente porque tuvieron el coraje de ser las últimas en verle muerto. Ellas, el primer día de la semana, cuando los varones estaban escondidos por miedo a los judíos, le llevaron “aromas”; a ellas se las recuerda como las “miróforas” (portadoras de aromas) y la liturgia bizantina les honra en el 2º Domingo de Pascua como el “domingo de las miróforas”.[30]


9.      Maternidad y virginidad

Ahora trataremos brevemente sobre los dos aspectos que llevan a la realización plena de lo que constituye la esencia de lo específicamente femenino. Hemos visto en la introducción cómo los engaños del demonio se ensañan en este tiempo moderno contra estos dos caminos, únicas vías de la felicidad de una mujer.

Maternidad

He adquirido un varón con el favor de Yahvé” (Gn 4,1). Respecto de la maternidad, vemos cómo los esposos participan del poder creador de Dios; pero está en la mujer el ‘papel’ de la apertura especial hacia la nueva persona. Muchos grupos feministas critican, por ejemplo, que a Dios se lo vea sólo como Padre, es decir, como un hombre y no como una mujer; sin embargo, esta concepción no es cierta. En primer lugar, Dios es espíritu, carece de cuerpo, en este sentido, todo lo que conozcamos de él será siempre en relación a semejanzas con lo que nosotros podamos conocer, pero con una diferencia infinita. El amor de Dios según la Escritura es comparado con el amor de un padre, de un esposo, y también con el amor de una madre. Veamos cómo nos dice el profeta Isaías: “Decía Sión: ‘Me ha dejado Yahvé, el Señor se ha olvidado de mí’ […] ¿Acaso olvida una mujer a su niño, sin dolerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque esas personas se olvidasen, yo jamás te olvidaría” (Is 49, 14s) Veamos, también, cómo los salmos hacen referencia al amor maternal de Dios cuando se dice: “No, me mantengo en paz y silencio, como niño en el regazo materno […] ¡Espera, Israel, en Yahvé desde ahora y por siempre! (Sal 130, 2s). En otro pasaje de Isaías también se dice: “Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (Is 66, 13). Vemos, pues, que el amor de Dios también es comparado con el amor de una madre de una manera incomparablemente conmovedora y tierna, muy distinto sobre todo en este tiempo donde ocurren situaciones que antes eran casi impensables, tales como el abandono de una madre o incluso el asesinato del hijo de sus entrañas a través del aborto. Pero aunque esas situaciones ocurran, Dios deja claro que Él jamás abandonaría a sus hijos sea cual sea la situación en la que se encuentren, es él nuestro verdadero Padre, él, nuestra verdadera madre.
Annalisa Borghese nos comenta que Juan Pablo II, a lo largo de su larga vida sin su madre –ya que la perdió cuando él tenía tan sólo ocho años de edad-, la recordará siempre como “el alma de la casa”, “la artífice de la vida religiosa de la familia Wojtyla”. Para él, la mujer –lo veremos también enseguida- es sobre todo esposa y madre. “Ser mujer y madre responde a una vocación específica, porque le esperan los papeles esenciales de la transmisión de la vida no sólo en sentido biológico, sino también educativo y espiritual”.[31] No pocas mujeres[32]consiguieron la santidad creyéndose esta gran verdad: la labor que tiene una madre de transmitir la vida, la fe, los valores de la propia cultura y la educación moral de los hijos ¡es insustituible!; como nos enseña Juan Pablo II, esta labor está ligada estrechamente a la mujer y a su capacidad específica de donación de sí. No hay oración que sea tan atentamente escuchada por Dios como la oración de una madre que pide por sus hijos, como la oración de un niño que pide por sus padres; éste es el valor maravilloso de la familia que reza unida.
A las madres dice Juan Pablo II: “La experiencia de la maternidad favorece en vosotras una aguda sensibilidad hacia las demás personas y, al mismo tiempo, os confiere una misión particular […]. En efecto, la madre acoge y lleva consigo a otro ser, le permite crecer en su seno, le ofrece el espacio necesario, respetándolo en su alteridad. Así, la mujer percibe y enseña que las relaciones humanas son auténticas si se abren a la acogida de la otra persona, reconocida y amada por la dignidad que tiene por el hecho de ser persona y no de otros factores, como la utilidad, la fuerza, la inteligencia, la belleza o la salud. Esta es la aportación fundamental que la Iglesia y la humanidad esperan de las mujeres. Y es la premisa insustituible para un auténtico cambio cultural”.[33]
Ahora, la maternidad hace que tengamos que tocar aunque sea sólo someramente el tema de la anti-maternidad que se manifiesta en los actos del aborto por un extremo y por el otro, con el tema de la concepción del hijo “a toda costa” a través de los métodos artificiales como la unión de las células reproductivas “in vitro”.[34] La justificación que se suele escuchar es: “Yo tengo “derecho” a hacer con mi vida y con mi cuerpo lo que quiera”. Para empezar, la vida no es un derecho sino un don, siempre será algo “dado”, algo “recibido”. Nosotros no decidimos nunca nacer, pasamos del “no ser” al “ser” en un instante sin ninguna participación nuestra. Para entender esto no hay que ser creyente, basta la filosofía para darse cuenta que el ser humano es un ser “relacional”, si no hay “otro” a su lado, simplemente se muere. El ser humano, a diferencia incluso de muchos animales, en el momento de nacer, es un ser total y radicalmente indigente. Hubo alguien que nos abrigó, nos bañó, nos curó, nos alimentó, nos cogió de la mano para caminar, nos protegió en el peligro, etc. Es irracional por tanto decir que yo tengo derecho sobre una vida que nunca me di o con un cuerpo que tengo gracias a que otro me lo cuidó. La vida es un don de Dios, es él quien la da, él quien la quita. A pesar de todas las aberraciones en contra de esta verdad, la Iglesia como defensora del hombre y de la vida siempre estará al lado de la mujer para llevarla por el camino de la verdad y para ayudarla si es que ha caído en el aborto, en la anticoncepción, etc., a salir del abismo de la tristeza que todo ello le produce, ya que, por ejemplo en el caso del aborto, podrá sacar al niño de su vientre pero nunca de su mente ni de su corazón. A estas mujeres, el Papa Juan Pablo II les dice:
“Una reflexión especial quisiera tener para vosotras, mujeres que habéis recurrido al aborto. La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática […]. Comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad […]. Ayudadas por el consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida.”[35]
El paradigma bíblico de la “mujer” culmina en la maternidad de la madre de Dios. Sí, es en la plenitud de los tiempos donde se ha manifestado la dignidad extraordinaria de la Mujer, que llegaría a ser la Madre de Dios. Es gracias al “sí” de María que el “Hijo del Altísimo” puede decir al Padre: “Me has formado un cuerpo. He aquí que vengo, Padre, para hacer tu voluntad” (Hb 10, 5.7). Juan Pablo II nos ilumina en este sentido: “Es en la mujer donde se realiza la elevación sobrenatural a la unión con Dios en Jesucristo, por lo tanto, aquella “plenitud de gracia” concedida a la Virgen de Nazaret, en previsión de que llegaría a ser “Theotókos” (madre de Dios), significa al mismo tiempo la plenitud de la perfección de ‘lo que es característico de la mujer’, de ‘lo que es femenino’. Nos encontramos aquí, en cierto sentido, en el punto culminante, el arquetipo de la dignidad personal de la mujer”.[36]


Virginidad

Hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los cielos” (Mt 19, 12). La virginidad no sólo es fruto de una opción libre, sino, también, es fruto de una gracia especial otorgada por parte de Dios. La virginidad es la respuesta a una llamada. Esta llamada dirigida a hombres vale también para la mujer como un signo de la esperanza escatológica. La virginidad o - más generalmente dicho- la vida célibe es el adelanto del cielo en la tierra para quien acepte este llamado libremente. A su vez, la virginidad por el Reino implica vivir la maternidad espiritual de manera inseparable y profunda como fruto del amor esponsal con Cristo Esposo (Cf. 1Co 6, 17) por el Espíritu Santo.
El paradigma de las mujeres consagradas al Señor es el de aquellas que lo vieron resucitado, las cuales se arrojan a sus pies y lo adoran. Este caer a sus pies es la imagen de la oración contemplativa. Este es el modelo de una religiosa de clausura; es ella la que, a los pies de Jesucristo, clama por la salvación del mundo. Se podría decir que el mundo, el universo entero, se sostiene por la intercesión de estas mujeres de oración.
Vemos, pues, que quien opta por la virginidad por el Reino de los Cielos no se priva en absoluto de vivir también la dimensión de la maternidad, sino por el contrario, toda religiosa está llamada a ser la madre de muchos: “Cuanto hicisteis a uno de éstos…a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). Creo que un gran ejemplo de ello fue la beata Teresa de Calcuta, la santa de Juan Pablo II: “Yo estaba unido a ella por una gran estima y un sincero afecto. […] No cabe duda de que la nueva beata fue una de las más grandes misioneras del siglo XX. […] Misionera con el lenguaje más universal: el de la caridad sin límites ni exclusiones […] Teresa de Calcuta fue realmente madre”.[37]
Respecto a lo anterior, vemos, por ejemplo, cómo el apóstol San Pablo se dirige a las comunidades de Galacia: “Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto” (Ga 14, 19); si esto lo dice el apóstol siendo él un varón, ¡con cuánto mayor sentir y convicción lo dirá una mujer! Es por ello que muchos son testigos (y me incluyo) de que estas mujeres de clausura son las personas más felices del mundo. Faltaría espacio para nombrar ejemplos de mujeres santas en la vida religiosa; baste tan sólo mencionar a Santa Teresa de Jesús, Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Lisieux, Santa Clara de Asís, Santa Teresa Benedicta de la cruz (Edith Stein), Santa Rosa de Lima, Beata Teresa de Calcuta (recordada por la mayoría como ‘Madre’ Teresa), Santa Teresita de los andes, Santa Gemma Galgani, Santa Beatriz de Silva, Santa Kateri Tekakwitha, Santa Josefina Bakhita, las dos últimas canonizadas por Juan Pablo II, etc.; y, aunque no fue religiosa, pero murió defendiendo su virginidad, tenemos a la niña Santa María Goretti.
Todo cristiano está llamado a ser un ‘contemplativo’, pero un consagrado y, sobre todo, una mujer consagrada a Jesucristo Esposo tiene la inmensa gracia, la oportunidad maravillosa de experimentar que Jesús es más amigo que cualquier amigo, más hermano que cualquier hermano, más amante…que ningún amante.


10.  La Iglesia-Esposa de Cristo

Aunque tal vez el matrimonio sea un tema de reflexión que toquemos posteriormente, esta vez no podemos evitar tocar el tema al menos superficialmente desde la perspectiva del papel de la mujer en él. Está por demás decir que nos referiremos al verdadero concepto del matrimonio, es decir, al matrimonio cristiano, unión en Jesucristo de un hombre y una mujer. Y tal vez en este sentido convenga citar textualmente un texto que nos será muy útil para mostrar el verdadero sentido del matrimonio y del papel tanto del varón como de la mujer en él y me refiero a la carta a los Efesios.

“Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo: las mujeres a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, el salvador del cuerpo. Como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo.
Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que a ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque nadie aborrece jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su cuerpo. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una carne (Gn2, 24). Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia. En todo caso, también vosotros, que cada uno ame a su mujer como a sí mismo; y la mujer, que respete al marido.” (Ef 5,21-33)

Vemos, pues, en este texto, que el matrimonio no se entiende fuera de Cristo, fuera de Dios. Si Dios no existe es imposible el matrimonio porque lo que supone supera la capacidad humana. Para una mujer sin fe el texto anterior es machismo puro y para un hombre sin fe el texto anterior es una estupidez. Pero no, Dios existe, Dios es Padre pero Dios es también el Esposo, “porque tu Esposo es tu hacedor, se llama Yahvé Sebaot; él es tu redentor, el Santo de Israel, se llama Dios de toda la tierra. Como a esposa abandonada y desolada te ha llamado Yahvé; como a esposa de juventud repudiada-dice tu Dios- Por un breve instante te abandoné, pero con gran compasión te recogeré. En un arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero te quiero con amor eterno-dice Yahvé, tu Redentor-” (Is 54, 5-8)
La carta a los Efesios muestra la plenitud de la imagen del amor esponsal: Cristo es el Esposo y la Iglesia es la Esposa. De esta relación esponsal entre Cristo y la Iglesia participan el varón y la mujer en el matrimonio. Aclararemos que el término sumisión no se refiere a un servilismo irracional sino a una donación al otro por amor, un servicio desde la libertad propia de una persona movida por el amor de Cristo. Si la mujer debe ser sumisa a su marido es porque con el Espíritu Santo verá en él al mismo Cristo dando la vida por ella, porque así amó Cristo a la Iglesia: haciéndole el bien (Cf. Hch10,38), dándole de comer (Cf. Jn 6,1-15, etc.), curándola (Cf. Mc1,32-34, etc.), lavándole los pies (Cf. Jn13,5), soportando insultos, golpes, salivazos, flagelaciones y finalmente, muriendo por ella (Cf. Mt27, etc.). La sumisión, por tanto, no sólo es de la mujer hacia el marido; es también del marido hacia la mujer, es decir, es recíproca en el temor de Cristo. Como ya dijimos no es servilismo porque en Cristo no sólo ya no hay hombre ni mujer sino que no hay esclavo ni libre (Ga 3, 28). En este sentido, el matrimonio no es un “requisito” para estar “a buenas con Dios”, al contrario, es la ayuda de Dios para que con su Espíritu –que desciende sobre los esposos en el sacramento- les auxilie y puedan ser ambos sumisos el uno al otro, cosa que sería imposible sin el Espíritu Santo por la herida del pecado original tal y como ya vimos en el punto 3.
El amor de Cristo a la Iglesia es paradigma sobre todo en particular para el amor del varón hacia su mujer en el matrimonio porque Cristo amó a la Iglesia hasta el extremo (Cf. Jn 13,1). Como dice san Pablo: “Maridos, amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas” (Col 3,18)o, como vimos en la carta a los Efesios, amar a la mujer como al propio cuerpo, como a la propia carne, como a sí mismo. Cristo es el modelo del Esposo que “se ha dado a sí mismo” del modo más completo y radical porque “nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13), así, si el esposo es cabeza de la mujer, lo es para entregarse a sí mismo por ella.
Dice Juan Pablo II que es por medio de la Iglesia que “todos los seres humanos –hombres y mujeres- están llamados a ser la “Esposa” de Cristo, redentor del mundo. Por lo tanto, “ser esposa”, es decir, lo “femenino” se convierte en símbolo de “todo lo humano”[38]. ¿Se puede pedir mayor dignidad para el sexo femenino? Muy por el contrario de lo que afirman los grupos feministas, sólo la Iglesia lleva a plenitud la dignidad femenina. Sólo bajo esta luz puede entenderse -en contra de lo que quiere la postura feminista- que no es lógico el sacerdocio de la mujer por una razón muy simple. Es totalmente equivocado afirmar que Cristo llamó a varones por el contexto machista de su cultura. Cristo ha llamado a sus apóstoles (varones) de un modo totalmente libre y soberano, los llamó con la misma libertad con la que devolvió la dignidad de la mujer. Recuérdese que eran los mismos fariseos quienes notaban el actuar libre de Jesús: “porque no miras la condición de las personas” (Mt 22,16) El sacerdocio del N.T. es el sacerdocio de Cristo, el único, definitivo y Sumo Sacerdote. El único sacerdote es Jesucristo quien como Esposo se entregó a la Esposa Iglesia en el tálamo nupcial de la cruz. Los sacerdotes sólo participan de este único sacerdocio del Esposo. Él llamó a hombres y les dio la orden “haced esto en memoria mía” (Lc 22,19) y “a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20, 23) porque ellos actuarían en persona del Esposo (in persona Christi). Por lo que una mujer sacerdote va en contra de su naturaleza que le reclama ser la Esposa y no el Esposo.
La Eucaristía es el sacramento de nuestra redención. Es el sacramento del Esposo y de la Esposa. En este gran Misterio de Cristo y de la Iglesia se introduce la perenne “unidad de los dos” constituida desde el “principio” entre el hombre y la mujer. Por lo tanto, la santidad se mide según el “gran misterio” con que la Esposa responde al amor del Esposo en el Espíritu Santo.
El Concilio Vaticano II afirma que la “mujer” precede a todos (incluyendo al mismo Pedro y a los apóstoles) en el camino de la santidad: en María de Nazaret la Iglesia ha alcanzado ya la perfección. En este sentido la Iglesia es a la vez “mariana” y “apostólico petrina”. “María es ‘Reina de los Apóstoles’ sin pretender para ella los poderes apostólicos. Ella tiene otra cosa y más”.[39]


11.  La mujer en la sociedad de hoy

En el contexto de la mujer madre, de la mujer esposa –ya vistos anteriormente-, y además en el del papel de la mujer en la familia y en la sociedad –tal como veremos ahora-, concluye el libro de los proverbios con un bello poema alfabético (acróstico del alfabeto hebreo) que la Biblia de Jerusalén titula como la mujer ideal y que a manera de prosa dice como sigue:
¿Quién encontrará a una mujer ideal? Vale mucho más que las piedras preciosas. Su marido confía plenamente en ella, pues no carecerá de nada. Le da beneficios sin pérdidas todos los días de su vida. Adquiere lana y lino y los trabaja con finas manos. Es como un barco mercante que trae de lejos sus provisiones. Se levanta cuando aún es de noche para dar el sustento a su familia y las órdenes a las criadas. Examina y compra tierras, y con sus propias ganancias planta viñas. Se arremanga con decisión y trabaja con energía. Comprueba si sus asuntos van bien y ni de noche apaga su lámpara. Echa mano a la rueca y sus dedos manejan el huso. Tiende sus manos al necesitado y ofrece su ayuda al pobre. Su casa no le teme a la nieve, pues todos los suyos llevan vestidos forrados. Se confecciona sus mantas y viste de lino y púrpura. Su marido es reconocido en la plaza, cuando se sienta con los ancianos del lugar. Teje y vende prendas de lino y proporciona cinturones a los comerciantes. Se reviste de fuerza y dignidad y no le preocupa el mañana. Abre su boca con sabiduría y su lengua instruye con cariño. Vigila la marcha de su casa y no come el pan de balde. Sus hijos se apresuran en felicitarla y su marido hace su alabanza: ‘¡Hay muchas mujeres valiosas, pero tú las superas a todas!’. Engañosa es la gracia y fugaz la belleza; sólo la mujer que respeta a Yahvé es digna de alabanza. Agradecedle el fruto de su trabajo y que sus obras la alaben en la plaza.” (Pr 31, 10-31)
Vemos, pues, que ya la revelación nos da la pauta de la vocación de la mujer en la cual su dignidad está a tope. Es una mujer que dedicándose incluso a los negocios tiene claro que su papel en la familia es insustituible, es decir, conjuga con sabiduría ambos aspectos. Es una mujer que “instruye con cariño”, es decir, transmite la fe a los hijos, educa y transmite los valores de la propia cultura. Es una mujer que sirve y sin embargo “viste de lino y púrpura”, es decir, es una reina y es reconocida y alabada como tal, tanto por su esposo, sus hijos y “en la plaza”, es decir, por la sociedad. Tal como dijimos anteriormente, servir quiere decir reinar.
Era necesario poner una base desde la antropología filosófica y teológica para poder abordar aunque sólo sea someramente el tema ahora del papel de la mujer en la sociedad de hoy. Sin  lo anterior no se entendería nada de lo que ahora resumiremos brevemente, puesto que justamente comenzamos toda esta reflexión con ejemplos de lo que algunas mujeres supuestamente “creyentes” afirmaban de lo que debe ser el papel de la mujer en la sociedad de hoy. En la vida real lo que se sigue viendo en las noticias es que las mujeres “exitosas” (éxito meramente económico) se siguen suicidando.
Se pregona que ponerse un delantal es algo retrógrado y hemos visto en todo lo expuesto que el mismo Dios se puso un ceñidor para lavar los pies a sus discípulos. El hombre quiso hacerse Dios pero sólo Dios ha querido realmente ser hombre. Se ha confundido servicio con servilismo. Es por ello que ahora decimos junto con Juan Pablo II que el papel de la mujer en la familia es insustituible. Nunca se ha pretendido decir que la mujer de hoy no debe trabajar ni mucho menos. Al contrario, sólo ahora se entenderá lo esencial y necesario del papel de la mujer en el mundo laboral y cómo éste puede beneficiarse de ese “plus”, de ese “valor agregado” que sólo puede ser aportado por el genio femenino, por la sensibilidad femenina; pero, a su vez, su lugar en la familia no puede delegarse absolutamente a nadie. “El ‘papel del amor’ específicamente femenino nunca debe ser sacrificado. Lo recuerda [Juan Pablo II] en 1987, en su visita a Łódź, ciudad obrera de Polonia, en una fábrica textil donde trabajan sólo mujeres, obligadas a permanecer lejos de la familia; y todavía en el año 1991 en Matelica, provincia de Macerata, en un establecimiento de confección de grandes marcas italianas donde doscientas sesenta costureras de la firma cortan y cosen de la mañana a la tarde[40]
Si Mulieris dignitatem es un documento que sitúa nuevamente a la mujer en la dignidad que le es propia, la Carta a las mujeres subraya la necesidad, más aún, la urgencia de valorizar a las mujeres en los lugares donde se encuentran, en los contextos sociales más dispares, y al mismo tiempo tutelar el papel específicamente femenino, imprescindible dentro de la familia. No es verdad, pues, como afirman las feministas, que la Iglesia es un impedimento para el desarrollo de la mujer. No hay lugar en el mundo donde se haya dignificado tanto a la mujer como en la Iglesia, desde Jesucristo y sus inicios hasta hoy.
Son muchos los campos donde la mujer puede aportar a la sociedad su genio femenino y, a su vez, ella también puede realizarse sin perjudicar su ser mujer. La mujer posee, por cierto, indudables capacidades para realizar cualquier carrera al igual que el varón, pero el punto no es este, el punto es que en los lugares en donde esté se beneficie tanto ella como el ambiente que le rodea, por ejemplo, más que con  un fusil en el ejército, o como piloto o astronauta pueda elegir ser abogada, docente, médica, asistenta social o economista, que entre otros campos, son aquellos donde la genialidad femenina puede aportar una sensibilidad diferenciada que no la tendría el varón porque es propia de la mujer. Son en éstos y otros muchos campos donde habría que defender a la mujer de la discriminación masculina. Como afirma Juan Pablo II:
Ciertamente, aún queda mucho por hacer para que el ser mujer y madre no comporte una discriminación. Es urgente alcanzar en todas partes la efectiva igualdad de los derechos de la persona y por tanto igualdad de salario respecto a igualdad de trabajo, tutela de la trabajadora-madre, justas promociones en la carrera, igualdad de los esposos en el derecho de familia, reconocimiento de todo lo que va unido a los derechos y deberes del ciudadano en un régimen democrático.Se trata de un  acto de justicia, pero también de una necesidad. Los graves problemas sobre la mesa, en la política del futuro, verán a la mujer comprometida cada vez más: tiempo libre, calidad de la vida, migraciones, servicios sociales, eutanasia, droga, sanidad y asistencia, ecología, etc. Para todos estos campos será preciosa una mayor presencia social de la mujer, porque contribuirá a manifestar las contradicciones de una sociedad organizada sobre puros criterios de eficiencia y productividad, y obligará a replantear los sistemas a favor de los procesos de humanización que configuran la ‘civilización del amor’[41]
Notamos, pues, el gran interés que está poniendo la Iglesia en la defensa de la dignidad de la mujer en el mundo del trabajo en la sociedad actual. Otro ejemplo claro es la afirmación de la Doctrina Social de la Iglesia sobre el papel de la familia en la vida económica y el trabajo:
En la relación entre la familia y el trabajo, una atención especial se reserva al trabajo de la mujer en la familia, o labores de cuidado familiar, que implica también las responsabilidades del hombre como marido y padre. Las labores de cuidado familiar, comenzando por las de la madre, precisamente porque están orientadas y dedicadas al servicio de la calidad de la vida, constituyen un tipo de actividad laboral eminentemente personal y personalizante, que debe ser socialmente reconocida y valorada, incluso mediante una retribución económica al menos semejante a la de otras labores. Al mismo tiempo, es necesario que se eliminen todos los obstáculos que impiden a los esposos ejercer libremente su responsabilidad procreativa y, en especial, los que impiden a la mujer desarrollar plenamente sus funciones maternas”.[42]
A su vez, en el mismo manual acerca de las mujeres y el derecho al trabajo se indica:
El genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social; por ello se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral. El primer e indispensable paso en esta dirección esla posibilidad concreta de acceso a la formación profesional. El reconocimiento y la tutela de los derechos de las mujeres en este ámbito dependen, en general, de la organización del trabajo, que debe tener en cuenta la dignidad y la vocación de la mujer, cuya ‘verdaderapromoción… exige que el trabajo se estructure de manera que no deba pagar su promoción con el abandono del carácter específico propio y en perjuicio de la familia, en la que como madre tiene un papel insustituible[43]. Es una cuestión con la que se miden la cualidad de la sociedad y la efectiva tutela del derecho al trabajo de las mujeres. La persistencia de muchas formas de discriminación que ofenden la dignidad y vocación de la mujer en la esfera del trabajo, se debe a una larga serie de condicionamientos perniciosos para la mujer, que ha sido y es todavía ‘olvidada en sus prerrogativas, marginada frecuentemente e incluso reducida a esclavitud’.[44] Estas dificultades, desafortunadamente, no han sido superadas, como lo demuestran en todo el mundo las diversas situaciones que humilla a la mujer, sometiéndola a formas de verdadera y propia explotación. La urgencia de un efectivo reconocimiento de los derechos de la mujer en el trabajo se advierte especialmente en los aspectos de la retribución, la seguridad y la previsión social.”[45]
En contra de lo que afirman los grupos feministas, la Iglesia y su doctrina social, como ha quedado evidente líneas arriba, tiene un especial interés en la defensa de una verdadera promoción de la mujer en cuanto a su desarrollo no solamente económico sino integral.



12.  Una gran señal

La figura de la mujer está en toda la historia de la salvación. La mujer aparece en la Biblia de principio a fin, desde su creación en el Génesis hasta su exaltación en el Apocalipsis:
Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está en cinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz.” (Ap12, 1s)
En la “Mujer vestida del sol” se refleja la lucha fundamental a favor del hombre: Dios le confía a la mujer de un modo especial al hombre, a todo el hombre, varón y mujer, de todos los lugares, de todos los tiempos. Esta “señal de la mujer” no tiene solamente un significado escatológico y nada más, sino que también tiene un significado pragmático, así pues, la “señal de la mujer” remite a la mujer misma, a todas las mujeres en cuanto tales. La mujer existe entonces como ayuda adecuada para que el amor de Dios se derrame en los corazones (Cf. Rm 5, 5) de todos los hombres. Por tanto, la dignidad de la mujer es medida en razón del amor. Es más mujer no la más deseada como objeto sino la más amada como persona, no la que más desea sino la que más ama, en definitiva, la mujer no puede encontrarse a sí misma si no es dando amor a los demás. Como vimos, la carta a los Efesios expresa la verdad de la mujer como esposa; el Esposo es el que ama. La Esposa es amada; es la que recibe el amor, para amar a su vez.
El Concilio Vaticano II les dice a todas las mujeres, a las esposas, madres de familia, solteras, vírgenes consagradas, creyentes y no creyentes, que detengan la mano del hombre que en un momento de locura intentara destruir la civilización humana. “Mujeres del universo todo, cristianas o no creyentes, a vosotras que os está confiada la vida, en este momento tan grande de la historia, vosotras debéis salvar la paz del mundo”[46]. Al igual que a la samaritana, hoy más que nunca es tan válida y dramática la exclamación de Jesús a toda mujer: ¡Si conocieras el don de Dios!”, ¡te encontrarías a ti misma, te encontrarías con la verdad que es que Dios te ama, y harías que Dios se encuentre con los demás! La nueva evangelización se abre así paso para que todo esto se dé, para que ocurra un nuevo y decisivo encuentro entre la mujer moderna y Jesucristo, que es el mismo, ayer, hoy y siempre.
En la Biblia se encuentran de un extremo a otro los “¡ve!” o los “¡id!”, siempre sólo dirigido a hombres (Moisés, Abrahán, los profetas, los apóstoles, etc.). Sólo un único “id” es dirigido a las mujeres: el de las miróforas: “No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.” (Mt 28, 10). Ustedes, mujeres, deberán también ser hoy las maestras de los maestros, como María Magdalena fue la “apóstol de los apóstoles”[47] y al igual que ellas tienen un papel fundamental en la nueva evangelización que tanto reclama este gélido mundo pos moderno.
En nuestra civilización tan dominada por la técnica se necesita una  nueva era: la era del corazón. Después de tantas eras que han tomado nombre del hombre – homo erectus, homo faber, hasta el homo sapiens sapiens, es decir, el sapientísimo de hoy- es deseable que se abra por fin en la humanidad una era de la mujer: una era del corazón, de la compasión y así esta tierra deje de ser “el terruño que nos hace tan feroces[48]
Mujeres cristianas, sigan llevando a los sucesores de los apóstoles (obispos), a los sacerdotes y a todos los hombres, el gozoso anuncio en la nueva evangelización: “¡El Maestro está vivo! ¡Ha resucitado! Les precede en Galilea, o sea, ¡donde quiera que vayan! No tengan miedo”. Junto a todas las mujeres de buena voluntad, ustedes son la esperanza de un mundo más humano.
Doy gracias, junto con Juan Pablo II a todas las mujeres. Damos gracias junto con la Iglesia quien también “da gracias por todas las mujeres y por cada una: por las madres, las hermanas, las esposas; por las mujeres consagradas a Dios en la virginidad; por las mujeres dedicadas a tantos y tantos seres humanos que esperan el amor gratuito de otra persona; por las mujeres que velan por el ser humano en la familia, la cual es el signo fundamental de la comunidad humana, por las mujeres que trabajan profesionalmente, mujeres cargadas a veces con una gran responsabilidad social; por las mujeres “perfectas” y por las mujeres “débiles”. Por todas ellas, tal como salieron del corazón de Dios en toda la belleza y riqueza de su femineidad, tal como han sido abrazadas por su amor eterno […] La Iglesia expresa su agradecimiento por todas las manifestaciones del “genio” femenino aparecidas a lo largo de la historia, en medio de los pueblos y de las naciones; da gracias por todos los carismas que el Espíritu Santo otorga a las mujeres en la historia del Pueblo de Dios, por todas las victorias que debe a su fe, esperanza y caridad; manifiesta su gratitud por todos los frutos de santidad femenina.”[49]Comenzábamos esta reflexión preguntándonos:¿qué es lo específicamente femenino? ¿Qué es una mujer? Y es así, dándote gracias como finalmente quisiera junto con Juan Pablo II responder a esta cuestión inicial: gracias,mujer,porque tú eres… “la otra mitad del cielo”.

A la primera de las “piadosas mujeres” e incomparable modelo de éstas, la Madre de Jesús, la única virgen y madre a la vez, le repetimos una antigua plegaria de la Iglesia: “Santa María, socorre  a los pobres, sostén a los frágiles, conforta a los débiles: ruega por el pueblo, intervén por el clero, intercede por el devoto sexo femenino[50]



Gustavo Arriola
“Generación Juan Pablo II, comunidad para la Nueva Evangelización

Movimiento de retiros parroquiales Juan XXIII



[1] Cf. Entrevista a Reggie Littlejohn por Edward Pentin, Roma, lunes 6 de Junio de 2011 (Zenit.org)
[2] Ibid.
[3] Cf. ACI/EWTN Noticias, Roma, 18 de Julio de 2011
[4] Ibid.
[5] Ver publicación de la sección “Ellos y Ellas” de la Revista “Caretas”, Nº329, 27/07/11, p. 38
[6] Loc. cit. p. 40
[7] Ibid.
[8] Para la presente exposición seguiré el esquema de la carta apostólica de JUAN PABLO II (Cart. Ap. “Mulieris Dignitatem”, sobre la dignidad y la vocación de la mujer con ocasión del Año Mariano, Roma, 1988). Aunque se citará también alguna otra fuente que enriquezca la exposición, generalmente del Magisterio de la Iglesia.
[9]Cf. Marguerite A. Peeters, “La nueva ética mundial, retos para la Iglesia” (Institute for Intercultural Dialogue Dynamics, asbl) (iis@skynet.be)

[10] Ver la polémica causada por estos casos -o por los chicos que descubren que son medios hermanos por un donante de esperma que tendría al menos 150 hijos- en ACI/EWTN Noticias, 9 de Setiembre de 2011
[11]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 22.
[12] Cf. JUAN PABLO II, op. cit. n 1.
[13] Cf. Yves SEMEN, “La sexualidad según Juan Pablo II”, (DDB)4, Bilbao, 2007, p. 96ss
[14] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 24.
[15] Cf. Emiliano Jiménez, “Figuras Bíblicas”, (Merkabá), Bilbao, p.12
[16] Cf. JUAN PABLO II, “Hombre y mujer lo creó”, Audiencia general, 13 de febrero de 1980
[17] Cf. Yves Semen, op. cit, p. 91
[18] Cf. Juan Pablo II, Audiencia General, 18 de Junio del 1980, n5.
[19] Cf. Yves Semen, op. cit. p. 103
[20] Cf. JUAN PABLO II, Cart. Ap. “Mulieris Dignitatem”, n 10
[21] Cf. Juan Pablo II, Audiencia General, 22 de Junio de 1994, 3
[22] Cf. Juan Pablo II, “Mulieris Dignitatem”, n10
[23] Cf. Emiliano Jiménez, op. Cit. p. 135ss
[24]Tenemos los casos de Sara (Gn 18, 9-15), Rebeca (Gn 25, 21s), Raquel (Gn 29, 31; 30, 22-24), la madre de Sansón (Ju13, 2-7), Ana, madre de Samuel (1Sam 1,11), Isabel (Lc 1, 36)
[25]Cf. Joseph Ratzinger, BENEDICTO XVI, “Jesús de Nazaret, 2a parte”, (Encuentro), Madrid, 2011, p.45
[26]Cf. Juan Pablo II, op. cit. n12
[27] Cf. Juan Pablo II, op. cit., n13
[28] Cf. Juan Pablo II, op. cit., n 14.
[29] Cf. Raniero Cantalamessa, “La fuerza de la cruz”, (Monte Carmelo)8, Burgos, 2009, p 365ss
[30] Cf. Raniero Cantalamessa, op. cit,, p. 370
[31] Cf. Annalisa Borghese, “Las mujeres de Wojtyla”, (San Pablo), Bogotá, 2011, p.20s
[32] Como ejemplos de madres de familia que llegaron a ser santas podemos mencionar a: Santa Felicidad y Perpetua (año 203), Santa Mónica (Año 387, madre de San Agustín quien debe su conversión a los años de lágrimas y oración incesante de su madre), la reina Santa Isabel de Hungría (1207-1231), Santa Rita de Casia (1381-1457), Santa Luisa de Marillac (1591-1660), Beata Isabella Canori Mora (1774-1825), Beata Ana María Taigi (1769-1837), Santa Gianna Beretta Molla, patrona de la vida, (1922-1962) entre otras.
[33] Cf. Juan Pablo II, Cart. Enc. “Evangelium vitae”, n 99
[34] Sobre la moralidad de la fecundación artificial la bibliografía es extensa pero me he basado en: Emiliano Jiménez,  “Bioética”, (J.M.Caparrós), Madrid, 1991
[35]Cf. Juan Pablo II, Ibid.
[36] Cf. Juan Pablo II, Cart. Ap. Mulieris Dignitatem., n5
[37]Discurso a los peregrinos que habían participado en la beatificación de la Madre Teresa de Calcuta, 20 de Octubre de 2003, citado por Annalisa Borghese, op. cit., p. 87
[38] Cf. Juan Pablo II, Cart. Ap. Mulieris Dignitatem., n25
[39] Cf. H.U. Von Balthasar, Neue Klarstellungen, trad. Ital., Milano 1980, p181, citado por Juan Pablo II, op. cit. n27.
[40] Cf. Annalisa Borghese, op. cit., p.41
[41] Cf. Juan Pablo II, Carta a las mujeres, 29 de junio de 1995
[42] Cf. Pontificio Consejo Justicia y Paz, “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia”, n251
[43] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens, 19:  AAS 73 (1981) 628
[44] Juan Pablo II, Carta a las mujeres, (29 de junio de 1995), 3: AAS 87 (1995) 804.
[45]Cf. Pontificio Consejo Justicia y Paz, “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia”, n295
[46] Cf. Mensaje del Concilio Vaticano II a toda la humanidad, n4: a las mujeres.
[47]Cf. Santo Tomás de Aquino, com. al ev. de Jn, XX, 2519; citado porRaniero Cantalamessa, “La fuerza de la cruz”, p 372
[48] Cf. Dante Aliguieri, “Paraíso”, 22, v151; citado porRaniero Cantalamessa, op.cit., p 369

[49] Juan Pablo II, Carta Ap. “Mulieris dignitatem”, n31
[50] Cf. Antífona del Magnificat, común de las fiestas de la virgen;citado porRaniero Cantalamessa, op.cit., p 373