viernes, 14 de febrero de 2014

¡Feliz día de la amistad!

Queridos amigos:
La paz

   Hoy 14 de febrero, día en que toda la Iglesia celebra la memoria de estos dos hermanos de sangre: Cirilo y Metodio, celebración que tenemos en común con nuestros hermanos de la Iglesia Ortodoxa, quisiera enviarles un fuerte abrazo y compartir una brevísima reflexión.
   El mundo civil celebra el día de la amistad, del amor, etc. El Papa Francisco ha querido recuperar el origen cristiano de esta fiesta bendiciendo a 20 mil parejas que se preparan para el sacramento del matrimonio. 
   Estratégicamente, ayer los paganos declararon el día del condón, para hoy seguir haciendo estragos en este llamado día de los enamorados, un día de consumismo, de estrés, de búsqueda de placer, de felicidad...de Dios. Este día aumentan también los suicidios según datos del Hospital Honorio Delgado Nogushi. Esto debido a la depresión causado por quienes se sienten inferiores al no tener pareja.
  
Si supieran el origen de lo que se celebra. La gran obra de estos dos santos que son considerados iconos de la iglesia eslava, cultura también de nuestro futuro santo, Juan Pablo II. Estos santos se vieron transformados por una auténtica amistad:

"Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer." (Jn 15, 13-15)

La amistad tiene su fuente en Dios que se hizo hombre para estar más cerca que nunca del hombre. Desde Cristo ya nadie está solo. Dios está con él, siempre y en todo lugar. 
Que el amor de Dios nos transforme y que su misericordia nos siga considerando sus amigos a pesar de ser lo que somos y de traicionarlo día a día.

Feliz Día, amigos.

martes, 11 de febrero de 2014

¿Qué es ser "limpio de corazón"?

“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8)

Muchas veces pensamos que esta bienaventuranza se refiere a ser im-pecables (sin pecado), a ser “puros”. Esto al contrario de ser una buena noticia nos parece una exigencia tan grande que muchas de las veces preferimos no acercarnos a Dios, nos da miedo, nos supera. De hecho, de pensar que esto es así, estaríamos en una herejía muy antigua que se llama catarismo. Los cátaros pensaban que para ser cristiano hay que ser puro, no se tolera el error, no se tolera el pecado, si pecas te tienes que ir.
De hecho, este error se confunde también con el pasaje de Jesús y los niños, cuando éste dice que dejen que los niños se acerquen a él porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos. Entonces muchos dicen: “¡Ah ya! ¡Entonces hay que ser inocentes como los niños!”. No va tanto por ahí el tema. Jesús no se refiere a la inocencia en el sentido de ausencia de malicia. Recordemos que no hay quien no esté herido por la malicia del pecado. Dice el rey David en el salmo Miserere (Misericordia): “Mira [Señor] que en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 50, 7). Esto quiere decir que todo hombre es impuro desde que nace.[1] Por tanto, el ejemplo de los niños no se refiere tanto a la inocencia en ese sentido. Jesús se refiere a la confianza. Un niño confía ciegamente en su padre, jamás esperaría de él nada malo, por eso siente terror cuando experimenta que se pierde de su padre, que ya no está su madre a su lado.
Ser cristiano significa confiar en Dios como un niño en su padre. Esta confianza se mantiene aunque uno se haga adulto. En este sentido, crecer no tiene que implicar perder esta ‘inocencia’, esta confianza. Al contrario, dice el salmo 24:
“¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en su recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en lo ídolos, ni jura contra el prójimo  en falso” (v3s).
Aquí hay un maravilloso complemento. Para ver al Dios vivo se necesitan “manos inocentes y puro corazón”. Pero no entendamos esto como un puritanismo, ya que caeríamos en el error de los cátaros. Estoy de acuerdo con J. Ratzinger cuando medita sobre este tema en su libro “Jesús de Nazaret”. El hombre comienza en este “ascenso” cuando se ve libre de la idolatría (no confía en los ídolos), no confía en el dinero, la fama, el placer, el poder. El hombre, como un niño, sólo confía en Dios, su Padre. El salmo 15 añade que el corazón puro es el corazón que se “pregunta por Dios”. Por eso es que san Agustín llegó a “verlo”, porque a pesar de la vida que llevaba nunca dejó de preguntarse por Él, y así, su corazón se hacía cada vez más puro. Fue lo mismo que me pasó a mí.
            En boca de Jesús la palabra se profundiza aún más. Veremos a Dios cuando entremos en los mismos “sentimientos de Cristo” (Flp 2, 5). La purificación del corazón se produce al seguir a Cristo, al ser uno con Él. “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20). Y aquí está la novedad: el ascenso a Dios se produce en el descenso del servicio humilde, en el descenso del amor. Si Jesús siendo Dios descendió hasta la muerte de cruz, el ascenso a Dios se produce cuando se le acompaña en ese descenso.
En definitiva, el corazón puro, del que nos habla el salmo 24, -dice Joseph Ratzinger- es el corazón que ama, que entra en comunión de servicio y de obediencia con Jesucristo. El amor es el fuego que purifica y une razón, voluntad y sentimiento, que unifica al hombre en sí mismo gracias a la acción unificadora de Dios, de forma que se convierte en siervo de la unificación de quienes estaban divididos: así entra el hombre en la morada de Dios y puede verlo. Y eso significa precisamente ser bienaventurado. En este sentido, uno puede ir creciendo y no perder la inocencia, no porque no peque sino porque su corazón siga buscando a Dios, siga preguntándose por él, siga queriendo amar como él. Este hombre, aunque sea pobre de bondad, si lo reconoce con humildad y lo sigue buscando con rectitud de corazón, se acerca cada más a Dios y más todavía, Dios se deja encontrar por él.




[1] Cf. Jb 14, 4; Pr 20,9; Gn 8, 21, etc.

viernes, 31 de enero de 2014

Catequesis para jóvenes: Un signo de los tiempos


1.1    Una señal de los tiempos

La era de las ‘comunicaciones totales’ que supuestamente se vive hoy, nos lleva a pensar si en verdad hacen lo que dicen, si en verdad nos comunican. La generación de los jóvenes de hoy es la generación de los llamados ‘millenials’. Son los chicos nacidos desde los 90’s en adelante, bordeando ya el siglo XXI, es decir, los nacidos con el cambio de siglo, los que no perciben que hoy vivimos un tiempo de ‘cambio epocal’ porque ellos sólo han visto una sola época, la actual. Son jóvenes acostumbrados a la velocidad de los cambios, tanto así que han perdido el sentido de lo profundo, de lo que no cambia, de lo que permanece eternamente. Aunque su ser se lo reclama interiormente, han perdido el sentido de la eternidad.
El “selfing” marca una nueva era en las relaciones personales, o mejor, en las relaciones ‘des-personales’ o ‘im-personales’. Estamos ante la era del ‘yo’. Si recordamos que en latín o griego este primer pronombre personal se dice ‘ego’ (lat.), ‘εϒω’ (gr), diríamos que la era del ‘yo-ísmo’ actual es una era de ‘ego-ísmo’ puro y duro. El joven, y diría que en general el hombre, de hoy vive en una exaltación del ‘yo’, sumido en la esclavitud de su egoísmo. No quiere necesitar de nadie para nada comenzando por tomarse una fotografía. No necesita de nadie para mostrarse ‘él- mismo’ (self (ing.)) se autoretrata, fotografiándose mil veces para escoger su ‘mejor perfil’, es decir, escondiendo lo que no quiere mostrar, lo cual no quiere decir que lo elimino, sino que solamente no lo muestra. Facebook se convierte así en la exaltación de la mentira, donde se muestra lo que uno no es, donde se dice lo que uno no piensa verdaderamente, donde todo se ‘maquilla’ para ser ‘aceptado’, para conseguir muchos ‘me gusta’, y lograr así más ‘seguidores’, más ‘amigos’. La era de los ‘mass media’, la era de las grandes redes sociales, se convierte así en la era de la despersonalización del hombre, la era del aislamiento, de la des-hermandad. Como decía Benedicto XVI, este mundo de las comunicaciones nos hacen más cercanos pero no necesariamente más hermanos.[1]
Sólo en el momento de una desgracia alguien se daría cuenta quién verdaderamente su amigo, quién es verdaderamente su hermano, quién es capaz de renunciar a sus quehaceres, de salir de su puerta, ‘gastarse’ el tiempo con él, escuchándole, hablándole cara a cara, consolándole, animándole. Mil palabras escritas en una pantalla no podrán reemplazar nunca una mirada, una sonrisa, un abrazo.
Pero el ‘yo-ísmo’ es sumamente adictivo, es poderosamente atrayente. Cada vez se ven más y más las escenas de amigos reunidos en un pub, en un café, en una reunión familiar, en un restaurant, sin siquiera mirarse y conversar mutuamente, sino más bien, estando todos ensimismados, mirando las pantallas de sus celulares, tablets, Smart-phones, o lo que fuera, ‘comunicándose’ con ‘todo el mundo’. Esta actitud tiene un mensaje subliminal para quien se tiene al frente: “hablar contigo no me interesa, me interesa más mi pseudo-mundo”.
En xxx hicieron un experimento con 1500 jóvenes. La prueba consistía en pasar una semana sin ningún tipo de aparato o dispositivo electrónico, totalmente ‘desconectado’ del mundo. Sólo 5 terminaron la prueba. Los otros 1495 salieron corriendo diciendo que vivir así es in-humano, que se iban a morir. Es interesante notar que ésta es la misma sensación que tiene un dependiente al alcohol o a la cocaína, que si no la consume se muere. Es por ello que las clínicas psiquiátricas se están llenando de dinero. Ha surgido una nueva enfermedad que requiere nuevos especialistas. La adicción a los juegos electrónicos hace que finalmente uno pierda el sentido de qué es ficción y qué es realidad. De allí que un joven que se pasa horas jugando a lo que generalmente trata estos juegos, es decir, a matar ametrallando a medio mundo, no tenga luego ningún reparo en entrar verdaderamente a un colegio o aun cine y disparar a quemarropa a todo lo que se mueva. Un joven que hizo esto en EEUU empezó matando a su propia madre, antes de matar a muchos niños en un colegio.
En una charla de capacitación para renovar mi licencia de conducir, un psicólogo nos dijo en el verano de 2013 que según un estudio psicológico, si esta tendencia con el uso de las redes sociales sigue así, dentro de 10 años, el 90% de los jóvenes sufrirá ya un grado de autismo, es decir, difícilmente se podrá sacar a alguien de la cárcel de su ‘yo’, se perderá el sentido de quién es el otro, se dejará de percibir que hay otro frente a mí, aunque lo tenga a medio metro de distancia.
Un filósofo ateo dijo una vez: ‘El infierno es el otro’, a lo que un joven teólogo le contestó en una conferencia: ‘No, el infierno es estar solo’. Parece que el tiempo le dio la razón al joven teólogo -que se convirtió en el Papa Benedicto XVI- ya que la ola de suicidios en los jóvenes lo comprueba. El hombre del siglo XXI  no soporta finalmente la soledad profunda que vive aunque todos los días esté rodeado de mucha gente en un internet de la calle. Finalmente se suicida, dándose cuenta muy tarde de que lo que realmente buscaba en el mundo virtual era que alguien lo quiera. Sí, lamentablemente para él, el amor no es virtual sino que es personal, o mejor, el Amor es una Persona. De dar a conocer a esta Persona trataré en esta catequesis.




[1] Cf. BENEDICTO XVI, Carta Enc. “Caritas in veritate”, n 19.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Juan el Bautista (catequesis para jóvenes)

Los jóvenes en el Nuevo Testamento

Juan el Bautista

Si se pudiera resumir todo la historia del Antiguo Testamento en una sola persona, esa persona sería Juan Bautista. Si se pudiera resumir todo el Antiguo Testamento en una sola palabra, ésta sería “convertíos” (“¡Vuelvan!”), no como un mandato sino como el grito desgarrador de un Dios que ‘padece’ de amor por sus hijos, un grito del que ya hablaba Jeremías cuando decía de parte de Dios: “Vuelve, Israel apóstata (traidor), -oráculo del Señor-; no estará airado mi semblante contra vosotros, porque piadoso soy ni guardo rencor para siempre” (Jr 3,12)
Si hay una figura donde en algunos casos se escondan riquezas tal vez no del todo aprovechadas, creo que es la referida a la persona de Juan Bautista. Pienso que tal vez a Juan se lo ha desfigurado y malinterpretado en poco o mucho de su personalidad. Recuerdo algunas películas sobre Jesús, donde siempre se muestra a Juan como el ‘gritón’ del desierto, una especie de gruñón desadaptado, un desvariado o loco porque viste de piel y come langostas.
Para acercarnos al bautista, tendríamos que remontarnos al anuncio de su concepción. La alegría ha rodeado a Juan desde antes que éste naciera. El evangelista Lucas afirma que el ángel Gabriel al anunciar el nacimiento de su hijo a Zacarías, padre de Juan, le dijo que este nacimiento sería para él gozo y alegría y que muchos se alegrarán de su nacimiento (cf. Lc 1, 14). La primera en alegrarse fue su madre, Isabel, una anciana estéril. Para una mujer judía la esterilidad era la vergüenza más grande, la peor de las humillaciones, una maldición de Dios. Isabel forma parte de las mujeres que experimentaron que un hijo es puro don de Dios, obra y prodigio de sus manos (cf. Sal 138, 13s). Tanto Isabel como Zacarías eran los dos de avanzada edad (cf. Lc 1,7) pero para Dios nada es imposible.
Benedicto XVI nos ha hecho notar de forma muy interesante que antes que profeta, Juan era por sobretodo un sacerdote. El sacerdocio hebreo se transmitía por la sangre, por la pertenencia a la tribu de Leví. En efecto, dice el evangelista Lucas que Zacarías era sacerdote del grupo de Abías, e Isabel, su madre, era descendiente de Aarón (Cf. Lc 1, 5). Juan era, por tanto, un sacerdote. Puntualiza Benedicto XVI:
“Al decir que Juan no beberá vino ni licor (cf. Lc 1, 15), se le introduce también en la tradición sacerdotal. A los sacerdotes consagrados a Dios se aplica la norma: ‘cuando hayáis de entrar en la Tienda del Encuentro, no beberás vino ni bebida que pueda embriagar, ni tú ni tus hijos, no sea que muráis. Es ley perpetua para todas vuestras generaciones’ (Lv 10, 9). Juan, que se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno (cf. Lc 1, 15), vive siempre, por decirlo así, ‘en la Tienda del Encuentro’, es sacerdote no sólo en determinados momentos, sino con su existencia entera, anunciando así el nuevo sacerdocio que aparecerá con Jesús”[1]
Juan es prefigura, entonces, de un sacerdocio nuevo, el de Cristo, sumo y eterno sacerdote. El sacerdocio de Juan es como una bisagra que une el antiguo y el nuevo testamento. Un sacerdocio que comenzaba a ser distinto del acostumbrado hasta entonces, uno que empezaba a reconocer que los sacrificios  en el Templo no salvaban definitivamente al hombre, ya que el hombre no podía salvarse a sí mismo y que por tanto se abría a la esperanza de que vendría uno que sí pueda salvarnos y ese tendría que ser Dios mismo. Este sacerdocio,  por tanto, era un nuevo comienzo, el comienzo de un sacerdocio esencialmente humilde.
Juan es el primero en llenarse del Espíritu Santo antes de nacer, en el vientre de su madre (cf. Lc 1, 44). Cuando nació, la misma gente reconocía que ‘la mano del Señor estaba con él’ (Lc 1, 66), hecho que, según decíamos líneas arriba, era evidente ya que sus padres lo concibieron ancianos. Como dice Benedicto XVI:
“Juan está por tanto en la gran estela de los que han nacido de padres estériles gracias a una intervención prodigiosa de Dios, para quien nada es imposible. Puesto que proviene de Dios de un modo particular, pertenece totalmente a Dios y, por otro lado, precisamente por eso está enteramente a disposición de los hombres para conducirlos a Dios”[2]
Y siendo apenas un niño su espíritu se fortalecía y vivió en lugares desérticos (cf. Lc 1, 80). Juan, en consecuencia, es el primero que vuelve ‘al primer amor’, a la relación esponsal entre Dios y su pueblo en el desierto. Fue vuelto a enamorar por Dios en el desierto según lo anunciaban los profetas: “Por eso voy a seducirla; voy a llevarla al desierto y le hablaré al corazón” (Os 2, 16). En el desierto solamente se puede vivir de la gratuidad del amor de Dios. Allí no se puede sacrificar nada, no hay templos, no hay corderos ni becerros que ofrecer, no hay incienso, no hay cestos para colocar dinero (precisamente porque no hay dinero), etc. Allí se experimenta que Dios ama al hombre tal y como él es, sin que se le ofrezca nada para ser querido, sin que se le dé nada para obtener su favor.

Los evangelistas Marcos y Mateo nos cuentan un detalle que sería provechoso meditar y es que: “Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a su cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre” (Mt 3,4). El vestido de pieles y el ceñidor de piel eran generalmente el vestido de los profetas (cf. Za 13, 4) y sobretodo de Elías (cf. 2R 1, 8), profeta que se relaciona con Juan directamente puesto que estaba profetizado que antes que llegase el Mesías, Elías volvería. (Cf. Ml 3, 23; Mt 11, 14).
Pero Juan también es prefigura del que había de venir, del vástago del tronco de Jesé que menciona Isaías refiriéndose al Cristo, cuya ‘justicia será el ceñidor de su cintura, verdad el cinturón de sus lomos’. Si Dios al instituir la pascua pide comer el cordero con la cintura ceñida (cf. Ex 12), se puede decir que Juan vivía siempre esperando ‘el paso’ del Señor y podemos imaginar el gozo que debió experimentar cuando lo ‘vio’ en el Jordán acercándose hacia él. Lo que había esperado toda su vida había llegado. Juan es el precursor del Señor en justicia y verdad. Justicia porque ‘ajustó’ su vida a la voluntad de Dios y verdad porque la anunció sin miedo hasta el final, lo que le costó incluso la muerte.
Hay otro detalle más. El trozo de la piel de un animal con sus pelos es lo que se conoce como un ‘vellón’, por lo que quisiera detenerme ahora en estos dos aspectos: primero, que Juan viste con un vellón; y segundo, que este vellón es un vellón de camello. Para tratar de interpretar este detalle tal vez convenga recordar la figura del juez Gedeón. Como todo juez, Gedeón es escogido para ‘salvar’ al pueblo de Israel de la mano de sus enemigos. Pero ante la llamada de Dios Gedeón duda y pide a Dios un signo. Dios le concede ‘la prueba del vellón’ (cf. Jc 6, 36-40). La prueba consistió en que Gedeón dejaría un vellón sobre el suelo y que al amanecer debía quedar mojado por el rocío sólo el vellón y el suelo tenía que permanecer totalmente seco. Dios lo hizo así; el vellón quedó empapado de rocío –tanto que Gedeón, cuando lo exprimió, llenó una jarra- sobre un suelo completamente seco. Luego, Gedeón pidió una última prueba: que quede seco ahora el vellón y que todo el suelo quede empapado de rocío. Y Dios así lo hizo.
San Ireneo de Lyon ha interpretado este pasaje diciendo que el vellón representa al pueblo de Israel, quien como pueblo de la promesa estaba empapado primero del rocío del Espíritu Santo pero que al rechazar al Mesías, luego quedaba seco y a su alrededor quedaba empapado los gentiles, nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia. Otros Padres de la Iglesia han visto en el vellón la prefigura de María, sobre la que cae el rocío del Espíritu de Dios que es su Palabra que la fecunda y la hace concebir al Hijo del Altísimo (Cf. Is 55, 10s).
Pero también habría otro detalle. El vellón también es prefigura de Cristo. Cuenta el libro del Génesis que cuando Adán y Eva pecaron y se dieron cuenta de que estaban desnudos se cubrieron con hojas de higuera que simboliza la Ley, la cual, como dice san Pablo, lo único que realiza es hacer que nos demos cuenta que somos impotentes para combatir contra el pecado. Pero Dios hizo para ellos abrigos de ‘piel’, es decir, vellones. Es el primer signo de la gratuidad del amor de Dios, como figura de lo que haría más adelante. Sí, la ley sólo podría cubrir superficialmente, protegía de la intemperie pero o curaba de raíz. Sólo la piel, sólo el vellón del ‘Cordero de Dios’, perdida por completo en su Pasión (Cf. Sal 37,8), podía revestir al hombre de una nueva condición humana (Cf. Ef 4,23s; Rm 12, 12; etc.)
Juan Bautista es el último hombre vestido con un vellón. Es el último vestido con el vellón con que se vistió a Adán –que, según los rabinos, era blanco- como prefigura de los vestidos del Nuevo Adán que se volvieron de un blanco fulgurante en su transfiguración. Pero hay una diferencia entre Adán y el Bautista. En el Génesis no se especifica de qué animal era el vellón con que se vistió a Adán. En el caso de Juan, sí. Era el vellón de un camello. Dicen los santos Padres que el camello es el único animal que ‘se inclina’ naturalmente para ser montado y desmontado por su dueño. Esto es un signo de humildad. Como decíamos inicialmente, Juan es un sacerdote humilde. Es el sacerdote que sí reconoció a Cristo. Todos tenían expectativa en él, de que él fuera el Mesías. Hasta el mismo Jesús era, por decirlo así, discípulo suyo, porque iba ‘detrás’ de él (cf. Jn 1, 15.30), pero Juan reconoce que Jesús existía antes que él por lo que convenía que Jesús crezca y que él disminuya (cf. Jn 3, 30).
Jesús lanza una pregunta sobre el Bautista que es una pregunta muy actual para los jóvenes de hoy: “¿Qué salisteis a ver en el desierto?” (Lc 7, 24) ¿Qué veía la gente en Juan para seguirlo en masas?, ¿un hombre ‘elegantemente vestido’? ¡No!. Los que visten así –dice Jesús- no viven en el desierto sino en los palacios. Los artistas a los que tanto siguen los jóvenes –que visten con ‘jeans’ agujereados, como harapientos- no es que sean sencillos, viven esclavos y sedientos de más dinero, por tanto, su forma de vestir es una mentira más. Pero con Juan se muestra a un joven que en verdad valdría la pena imitar, porque se vestía con la verdad. La gente vio en Juan coherencia, verdad, humildad, radicalidad, libertad, verdadera libertad, y alegría. Juan decía la verdad a la gente, lo cual, en principio, no creo que les haya agradado, pero al fin y al cabo, la verdad, por más que no nos guste siempre hace que nuestro corazón descanse. Juan no era esclavo de sus afectos.
Juan se deleita en la ley del Señor. Come langostas porque no lo prohíbe la Ley (cf. Lv 11, 21s) pero las come con miel porque eso es para él la Ley (cf. Ez 3, 3). Por eso se deleita como el salmista (cf. Sal 1, 2; 118, 1) y así es realmente dichoso, realmente feliz. Reconociendo que la Ley sólo era un medio, vio colmada su esperanza al ‘conocer’ al Mesías. Su alegría se vio colmada al asistir y escuchar la voz del novio (cf. Jn 3, 29). Y al aceptar al Mesías como tal se hizo el más pequeño, incluso ofrendando su propia vida. Juan Bautista murió decapitado no sólo por decir la verdad, sino porque ‘vivía la verdad’. Haciéndose pequeño, ‘disminuyendo’ se convirtió en el ‘más grande entre los nacidos de mujer’ (cf. Lc 7, 28) como dice Jesús de él, pero añadiendo que el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que Juan; pero, eso ya es otra historia.



[1] Cf. Joseph RATZINGER, Benedicto XVI, “La infancia de Jesús”, (planeta), p29s
[2] Op. Cit. p29

lunes, 14 de octubre de 2013

Catequesis para jóvenes: Salomón

Salomón es el hijo de David y cuando sucede a su padre en el trono siente que esta misión le sobrepasa porque, como él mismo dice, es sólo un muchacho. Dios le dijo a Salomón que le pidiera lo que quisiese. Salomón responde con una de las oraciones más bellas que estén escritas en toda la Biblia: “Señor […] dame la sabiduría para gobernar a tu pueblo, porque soy apenas un joven muchacho que no sabe por dónde empezar y terminar” (1R 3, 7-9). El libro de la Sabiduría nos muestra un cántico atribuido a este pasaje que dice como sigue:
Dios de los padres y Señor de la misericordia, que con tu palabra hiciste todas las cosas, y en tu sabiduría formaste al hombre, para que dominase sobre tus creaturas, y para que rigiese el mundo con santidad y justicia y lo gobernase con rectitud de corazón.
Dame la sabiduría asistente de tu trono y no me excluyas del número de tus siervos, porque siervo tuyo soy, hijo de tu sierva, hombre débil y de pocos años, demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes.
Pues aunque uno sea perfecto entre los hijos de los hombres, sin la sabiduría, que procede de ti, será estimado en nada.
Contigo está la sabiduría conocedora de tus obras, que te asistió cuando hacías el mundo, y que sabe lo que es grato a tus ojos y lo que es recto según tus preceptos.
Mándala de tus santos cielos y de tu trono de gloria envíala para que me asista en mis trabajos y venga yo a saber lo que te es grato.
Porque ella conoce y entiende todas las cosas, y me guiará prudentemente en mis obras y me guardará en su esplendor. (Sb 9, 1-6.9-11)

Salomón no pidió riquezas ni lujos, no pidió nada para ostentar ni presumir, sólo pidió sabiduría para servir bien a su pueblo gobernándolo con rectitud de corazón, por lo que Dios le respondió: “Por no haberme pedido nada para ti […] te daré lo que me has pedido y la riqueza que no me has pedido” (1R 3, 11ss). El reinado de Salomón se considera como el reinado del “esplendor” de Israel. Todos iban a escuchar la sabiduría de Salomón, incluso del extranjero venían peregrinando para escuchar sus consejos y admirar la pompa y el esplendor de su corte. Jesús ciertamente dirá que “ni Salomón en su máximo esplendor se vistió como un lirio del campo” a quien Dios lo viste. Esto lo dijo Jesús para enseñar que no debe preocuparse el hombre sobre con qué va a vestirse o qué va a comer mañana, sino de hacer la voluntad de Dios hoy. Porque si así viste Dios a la hierba del campo que hoy es y mañana se quema, con cuánta mayor razón vestirá Dios a sus propios hijos sin que se lo pidan (Cf. Mt 6, 28-30) tan sólo porque han querido hoy hacer su voluntad y sólo han pedido la fuerza de Dios para realizarla, sin cuya ayuda es imposible. Esta fuerza, esta gracia es el Santo Espíritu de Dios que Él da a quien le obedece. (Cf. Hch 5, 32). Este es el cumplimiento de la promesa de Jesús: “Os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente […] ningún adversario vuestro” (Lc 21, 15).

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El Rey David

El rey David fue el rey más grande de Israel, pueblo que alcanzó durante su reinado su mayor apogeo geopolítico. Pero conviene saber que toda gran hazaña tiene un inicio. Cuando tan sólo era un muchacho, David vence al gran guerrero filisteo Goliat, quien tenía atemorizado a todo el ejército de Israel. David le venció tan sólo armado de una honda y cinco piedras (símbolo de los cinco libros de la Toráh: el camino guía del Señor, la Ley santa de Dios). Pero, ¿de dónde le vino a David esta gran confianza? Esta confianza le vino de haber tenido aquello que se suele llamar ‘experiencia de Dios’, incluso siendo sólo un niño. En efecto, al escuchar David a Goliat humillar desafiante al ejército de Israel, dijo: “¿Quién se cree este incircunciso para insultar al pueblo elegido de Dios?(1Sm 17, 26). Lo que indigna a David no es tanto que hayan insultado a su pueblo en sí, sino que al ser este pueblo propiedad de Dios, insultaban a Dios. Quien defiende a Dios, Dios lo defiende a él (Cf. Mt 10, 32). Pero sucedió que al no creerlo capaz su propia gente, incluso el rey Saúl, se negaban a que vaya a pelear con el gigante Goliat. Ante esto David apelará, como se dijo líneas arriba, a pruebas concretas donde Dios ya había estado con él: “Cuando un oso o un león arrebataba una de mis ovejas, yo se la arrancaba de la boca” (1Sm 17, 34ss).
Estas mismas pruebas de su poder quiere darle Dios a todo joven que se ponga de su lado y salga fiado en su Nombre a arrebatarle una oveja (tal vez un drogadicto, un violador, etc.) de las fauces de Satanás, quien como león rugiente anda buscando a quien devorar (Cf. 1Pe 5, 8s). La fuerza de David se llama fe: “Yahvé, que me ha librado de las garras del león y del oso, me librará de la mano de ese filisteo” (1Sm 17, 37). La fe no es un salto al vacío, es el reconocimiento del poder de Dios a lo largo de todas las vivencias de nuestra historia, de tal manera que en cada vicisitud nueva, miremos hacia atrás y digamos: “Dios, que me ayudó en tal o cual acontecimiento, me ayudará ahora.” Esto se llama fe.

David derribó a Goliat con una honda. Una piedra se incrustó en la frente del filisteo. Esta roca es Cristo y si permanecemos unidos a él seremos capaces de derribar a cuanto demonio se nos cruce por el camino. David hace recordar a todo joven, a todos nosotros, que como dice el salmo: “No se salva el rey por su gran ejército, ni el guerrero escapa por su enorme fuerza. Vana cosa es el caballo para la victoria, ni con todo su vigor puede salvar.” (Cf. Sal 32, 16s), sino que vence el que pone toda su confianza en el Señor, porque como sigue diciendo el salmo en mención: “Los ojos del Señor están sobre sus adeptos, sobre los que esperan en su amor, para librar su vida de la muerte y mantenerlos en tiempo de penuria […] Que tu amor, Señor, nos acompañe, tal como lo esperamos de ti.”

lunes, 26 de agosto de 2013

Catequesis para jóvenes: Sansón

Sansón

El joven Sansón es escogido por Dios desde el vientre de su madre. Ya en una catequesis sobre la dignidad de la mujer decíamos que la elección de Dios se realizaba con la demostración de su poder para hacer que una mujer estéril conciba un hijo, como sucedió también en el caso de la madre de Sansón. Los hijos son un don de Dios y no un derecho del hombre. Sansón es elegido para ser juez de Israel y es bendecido por Dios con un carisma especial, las siete trenzas de su cabellera representaban el poder del Espíritu de Dios y sus siete dones; pero, de hecho, el carisma que más sobresalía en él era la fuerza física descomunal que tenía. Se cuenta en la Escritura que mató a mil filisteos armado tan sólo con la quijada de un burro.
El problema de Sansón, se podría decir en palabras simples, fue su inmadurez afectiva. En este sentido era un hombre de grandes contrastes, ‘es fuerte como un gigante y débil como un niño; seduce a las mujeres y éstas le engañan; odia a los filisteos, pero se enamora de las filisteas[1]. Con tanta fuerza física, necesitaba la ‘aceptación’ de los suyos para lo cual realizaba proezas para salvar (raíz etimológica en hebreo de ‘juez’) a su pueblo, pero también para alardear, incluso para divertir a sus paisanos. ¿No es éste el mismo problema de los jóvenes –y de muchos ‘adultos’- hoy en día? A veces impresiona todo lo que tienen que hacer los jóvenes para llamar la atención: las bandas y pandillas donde se creen superhombres que todo lo destrozan a su paso, como si fueran sansones actuales, pero no para salvar sino para destruir. Esto lo único que demuestra es que estos jóvenes son personas sumamente indigentes, débiles, carentes de afecto. Lo único que el joven está gritando al mundo con estas actitudes vandálicas es: “¡Por favor, quiéranme, porque mis padres no me quieren!” o lo que gritan subliminalmente los grupos de jovencitos ‘muertos en vida’ llamados ‘emos’, con sus ropas negras y sus rostros cubiertos por sus cabellos: “Por favor, dense cuenta de que yo existo, ya que mis padres están siempre fuera de casa, trabajando para que a mí ‘no me falte nada’”.
Pero volvamos a la historia de Sansón. El giro de esta historia se da de un modo algo dramático. Su desorden afectivo llevó a Sansón a enamorarse -luego de otras aventuras, cosa que no le estaba permitida ya que era un nazir de Dios, es decir, estaba consagrado a Dios-, de Dalila, una mujer cómplice de los filisteos, es decir, del pueblo enemigo. Ya su infidelidad a Dios había comenzado, pero con Dalila, esta infidelidad llegó a su culmen porque como dice la Escritura, Sansón ‘le abrió su corazón’ (Jc 16, 7).
El corazón es la sede de la interioridad humana. Ciertamente, como dice Jesús, es de donde nacen todas las bajas pasiones y malas intenciones (Cf. Mt 15, 19); pero, también es el ‘Sagrario’ del hombre, “el lugar santo donde Dios le habla”, como dice Juan Pablo II[2]. El corazón es el pesebre de Belén, donde a pesar de su inmundicia, Dios ha querido nacer; este corazón es la sede de la conciencia humana. Lo que hace Sansón es gravísimo. Él le cuenta el secreto del don que Dios le había regalado, le da así, como dice Jesús, sus perlas a los cerdos: “No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen(Mt 7, 6).
Algunos dicen que Sansón se perdió por la lujuria, pero no creo que eso haya sido lo esencial. Sansón puso su corazón, el ‘sagrario’ de Dios, en esta mujer, se lo entregó. En ese sentido, Sansón rechazó libremente a Dios. Dios no lo castigó porque no está en el ser de Dios hacer el mal sino que fue Sansón quien dejó a Dios. Y como bien dijo Jesús, Dalila, volviéndose contra él, textualmente lo despedazó, le rompió el corazón. Una débil mujer le quitó el poder al joven que había matado él solo a mil filisteos. Pero si la historia tuvo este giro dramático, su final es una de las partes más conmovedoras de toda la Biblia. Dalila, conocedora de su secreto, lo sedujo, lo embriagó, le cortó las trenzas y lo entregó a los filisteos. Estos le arrancaron los ojos y lo pusieron a girar empujando un molino, como un asno. Se burlaban de él y lo trataban como a un payaso, como a un mequetrefe; el admirado y temido juez de Israel era ahora el hazmerreír de toda esa gente ebria de vino y de triunfo. Así paga el mundo y el pecado. Así deja el diablo a todo hombre que cuando estaba con Dios tenía dones increíbles. El demonio lo reduce a un animal, le quita hasta su ser-hombre, tal como viven muchos jóvenes hoy en día.
Los filisteos estaban felices de haber vencido a su principal enemigo. Con Sansón aniquilado ahora sí podrían seguir oprimiendo  a todo Israel sin nadie que les mate mil hombres ni destruya sus sembrados, ni les aterrorice. Tamaña buena noticia quisieron celebrarla con una gran fiesta. Todos sus grandes generales estaban allí porque querían ver a Sansón hecho ahora un bufón. Y lo llamaron para divertirlos. En la fiesta había tres mil hombres y mujeres y estaban también todos los tiranos de los filisteos. Pidieron llevar a Sansón al centro de la terraza para que les divierta con sus juegos. Sucedió entonces que Sansón le dijo al niño que lo llevaba de la mano: “Ponme donde pueda tocar las columnas en las que descansa el edificio para que me apoye en ellas”. Sólo cuando no ponemos resistencia a la voluntad de Dios, podemos ser conducidos hacia nuestro destino dócilmente, como quien es llevado de la mano sólo por un muchacho. Para que Sansón llegue a ese estado ha tenido que quedarse sin fuerza y sin ojos. Dios, a pesar de todo el daño que le han hecho sigue llevando su historia, como lleva la de todo hombre, porque a Dios nunca la historia se le va de las manos.[3]
Se dice que la pérdida de los ojos de Sansón representa la pérdida de la visión del amor a Dios y el amor al prójimo. Ver el amor de Dios en nuestra historia y ver a Dios en el prójimo son la máxima expresión del discernimiento. Sansón ya hace mucho que había perdido esta visión. Es interesante notar en la Escritura que Sansón le abre el corazón a Dalila cuando ella ‘le asediaba con sus palabras y le importunaba’. Pero, no fue ésta la causa última para que él le revele su secreto sino lo que sucedió fue que Sansón ya estaba ‘aburrido de la vida(Jc 16, 16). La mayor pobreza del hombre pos moderno es ya no saber para qué vive. Cuando uno no ve que los dones que posee –trabajo, familia, dinero, profesión, carismas, etc.- son fruto del amor inmenso que Dios le tiene y se pone a usarlos como si fueran suyos y en función suya; cuando uno pierde la visión de que el objetivo de la vida es amar al otro como un don, que se manifiesta en el servicio –para el caso de Sansón, proteger a su pueblo- y sólo hace las cosas para buscarse a sí mismo, tarde o temprano llegará a este dramático desenlace: descubrir que su vida no tiene sentido.
Los ojos de Sansón sólo fueron un signo para que él se dé cuenta de la visión profunda, trascendente, que él ya hace mucho había perdido. No obstante, este acontecimiento fue para él providencial, signo –aunque la apariencia muestre lo contrario- del amor que Dios nunca dejó de tenerle; “en él brilla la bondad gratuita de Dios en favor de sus elegidos[4]. Allí, sin su pueblo, sin padre, sin madre, sin mujer, sin fuerzas, sin ojos, estaba desconsoladamente solo. No podía ver a nadie a su alrededor pero escuchaba sus burlas. En efecto, más de tres mil carcajadas a su alrededor debieron parecer a sus oídos y a su alma más taladrantes que el más afilado de los aceros. Pero de pronto, luego de reflexionar sobre cómo había estado llevando su vida, sobre su infidelidad a la misión para la que Dios le había escogido, descubrió que no estaba totalmente solo. Ya las risas no importaban porque dentro de su corazón, en el silencio interior, pudo ‘ver’ que Dios estuvo detrás de todos los acontecimientos de su vida, y que esta vez Él estaba también allí, a su lado, de modo que ya sólo estaban él y Dios. Sí, aunque uno abandone a Dios, Él nunca abandona al hombre. Y levantando el rostro al cielo, levantando su faz con los ojos  que ya no tenía, exclamó esta conmovedora oración: “Señor Yahvé, dígnate acordarte de mí, hazme fuerte aunque sea sólo esta vez, oh Dios, para que de un golpe me vengue de los filisteos por mis dos ojos” (Jc 16, 28). Dios, ante una oración así no puede menos que estremecerse de compasión y se le “convulsiona el corazón” (Cf. Os 11, 8), porque Él lo único que espera es ver un corazón arrepentido, ya que un corazón contrito y humillado Dios no lo desprecia jamás (Cf. Sal 50, 19).
Sansón apoyó sus manos en estas dos columnas y de un solo golpe y gritando fuertemente: “¡Muera yo con los filisteos!”, las derribó cayendo todo el edificio  sobre los tiranos, sobre los filisteos…y sobre él.
Sansón había redescubierto cuál era su misión y así su vida volvió a tener sentido aunque sea en ese estado aparentemente sin salida, porque si volvía a tener sentido su vida, entonces también tendría sentido su muerte. Sansón mató más filisteos con su muerte que los que mató en toda su vida. Él era figura de su mismo pueblo –figura de todos nosotros-, infiel a la alianza con Dios, por lo que le vienen todos sus males. Sin embargo, a pesar de sus infidelidades, Dios hace justicia a su pueblo con él. Dios realiza sus planes con él así como es.
El joven inmaduro y egocéntrico de Sansón, finalmente actuó como todo un hombre y realizó un acto de grandeza sin precedentes en toda la historia del A.T., y se convirtió así en figura de Jesucristo, quien al igual que Sansón, con sus brazos extendidos en la cruz, también dio un fuerte grito antes de morir, y destruyó así al demonio, es decir, al pecado y a la muerte para siempre. A pesar de la aparente derrota, el grito de Sansón y el grito de Jesucristo, fueron finalmente…un grito de victoria.



[1] Cf. Emiliano Jiménez H.; “Historia de la salvación”, (Grafite), p.140
[2] Juan Pablo II, carta encíclica “Veritatis Splendor”, n54ss
[3]Cf. Joseph Ratzinger, BENEDICTO XVI, “Jesús de Nazaret”, 2a parte, (Encuentro), p.45
[4] Cf. Emiliano Jiménez, op. cit.; p.141